agosto 27, 2026
El mapa y sus vacíos
Una lectura crítica del ecosistema del libro colombiano en el Boletín Cultural y Bibliográfico 110
I. La promesa del mapa
Todo mapa comienza antes de la primera línea. Comienza cuando alguien decide qué territorio existe, desde dónde será observado y cuáles de sus accidentes merecen un nombre. Antes de las fronteras, los caminos y las escalas hay una selección: esto será visible, esto ocupará el centro, esto quedará en los márgenes. Por eso un mapa nunca es solamente una representación del mundo. Es también una hipótesis sobre su forma, sus relaciones y sus jerarquías. Nos dice dónde estamos, pero al mismo tiempo nos propone una manera de comprender aquello que nos rodea.
El número 110 del Boletín Cultural y Bibliográfico emprende una tarea de esa naturaleza. Bajo el título general El ecosistema del libro en Colombia en el primer cuarto del siglo XXI, se propone reconstruir las transformaciones experimentadas por el sector entre 2000 y 2025, describir su estado actual e identificar algunos de los desafíos que aparecen en su horizonte. La ambición es considerable: no se trata de estudiar una institución, un género, una política o una industria específica, sino de ofrecer una imagen suficientemente amplia del territorio en el que se producen, circulan y leen los libros en Colombia.
La institución que realiza el ejercicio le concede un peso particular. Publicado por el Banco de la República y vinculado a la Biblioteca Luis Ángel Arango, el Boletín Cultural y Bibliográfico forma parte de una tradición iniciada en 1958. Durante décadas ha desempeñado funciones que el mercado editorial colombiano no siempre está en condiciones de sostener: conservar memoria, reseñar libros, documentar procesos culturales y poner en circulación discusiones que difícilmente encontrarían espacio en medios sometidos a la velocidad de la novedad. El número 110 no llega, por tanto, como una intervención ocasional. Se presenta desde una institución que ha participado directamente en la historia bibliotecaria, cultural y editorial que pretende narrar.
El volumen impresiona por su amplitud. El dossier central ocupa las primeras 128 páginas y reúne siete artículos dedicados a las librerías, la edición independiente, la exportación de derechos, la edición universitaria, las bibliotecas y los planes de lectura, la transformación digital y la literatura infantil y juvenil. A estos se suman dos poemas de Andrea Cote Botero, cuarenta reseñas bibliográficas, una sección de rescates, réplicas y contrarréplicas, dos textos en Varia, las viñetas de Henry González y un inserto sobre adquisiciones recientes de la Colección de Arte del Banco de la República. El resultado supera las 220 páginas y combina investigación, memoria, crítica, creación literaria e intervención visual.
No estamos ante un informe sectorial convencional. El número es, al mismo tiempo, revista cultural, archivo bibliográfico, objeto artístico y documento de interpretación histórica. Esa condición híbrida constituye una de sus mayores virtudes. Los artículos no quedan reducidos a una sucesión de estadísticas: dialogan con ilustraciones, fotografías, mapas, cronologías, nubes de nombres y gráficos diseñados para ofrecer una experiencia de lectura más amplia. El volumen no solo describe el mundo del libro; intenta representarlo mediante los mismos recursos materiales, visuales y editoriales que ese mundo ha aprendido a desplegar.
La selección de los siete temas centrales también resulta significativa. Las librerías permiten observar la circulación comercial y la mediación; la edición independiente revela la emergencia de nuevos catálogos y formas de asociación; la venta de derechos ofrece una medida de la proyección internacional; la edición universitaria muestra la relación entre conocimiento y publicación; las bibliotecas y los planes de lectura sitúan al Estado y al acceso público; la edición digital introduce las transformaciones tecnológicas, y la literatura infantil y juvenil permite examinar un campo creativo y comercial que ha crecido de manera visible durante las últimas décadas. En conjunto, los artículos cubren buena parte de las instituciones más reconocibles del sector formal.
Pero todo mapa depende de sus elecciones. Dedicar un artículo a un campo significa concederle existencia como unidad diferenciada. Dejar otro sin representación puede convertirlo en una presencia secundaria, incluso cuando resulta indispensable para comprender el conjunto. La selección editorial no es arbitraria: responde a procesos que efectivamente han marcado el periodo. Sin embargo, establece desde el comienzo una determinada idea del ecosistema, formada sobre todo por organizaciones, programas, empresas y actores capaces de producir información, conservar memoria y participar en los espacios institucionales del libro.
También importa quiénes realizan la cartografía. Los autores convocados son editores, investigadores, consultores, gestores culturales y antiguos o actuales responsables de instituciones y programas. Conocen desde dentro los procesos sobre los que escriben. Varios participaron directamente en la creación de asociaciones, el diseño de políticas, la gestión de editoriales, la expansión de redes bibliotecarias o el desarrollo de plataformas digitales. Su experiencia aporta datos, documentos, testimonios y recuerdos que difícilmente estarían disponibles para un observador externo. El volumen preserva así una memoria profesional de enorme valor.
Esa cercanía, sin embargo, modifica la naturaleza del resultado. El Boletín es menos una auditoría externa que una conversación del sector consigo mismo. Las personas que narran la expansión de determinados campos son, en varios casos, las mismas que contribuyeron a impulsarlos. Esto no invalida sus análisis ni los vuelve interesados en un sentido peyorativo. Todo conocimiento está situado y la experiencia directa puede revelar aspectos que las cifras no contienen. Pero exige leer los textos como posiciones dentro del campo, no como miradas desprendidas de él. Quien ha dedicado años a construir una institución tiende legítimamente a reconocer sus logros; puede resultarle más difícil evaluar aquello que la institución no consiguió transformar.
Nuestra lectura tampoco procede desde una neutralidad inexistente. Se escribe desde una editorial independiente que trabaja con literatura infantil y juvenil, participa en los problemas de distribución del sector y desarrolla una plataforma digital de lectura. Formamos parte del territorio que el número busca representar. Hemos experimentado algunos de sus avances, utilizado parte de su infraestructura y enfrentado varias de sus fragilidades. La crítica no llega desde fuera del ecosistema ni pretende adoptar la distancia de quien contempla un objeto ajeno. Es la lectura de uno de sus actores pequeños: una posición que también tiene intereses, límites y zonas ciegas.
Precisamente por eso este número importa. Ofrece una oportunidad poco frecuente para contrastar la imagen institucional del sector con la experiencia cotidiana de quienes intentan publicar, distribuir, pagar regalías, relacionarse con bibliotecas, negociar con librerías, desarrollar herramientas digitales y construir lectores. No se trata de enfrentar una supuesta verdad práctica contra un relato institucional falso. Se trata de preguntar qué ocurre cuando ambas perspectivas se colocan una junto a la otra, qué logros coinciden y en qué puntos las palabras empleadas para nombrarlos resultan demasiado amplias.
La palabra decisiva es “ecosistema”. Su uso supone que las diferentes partes están relacionadas y que sus acciones producen efectos sobre las demás. Es una superación importante de la idea del libro como objeto aislado o como producto exclusivo de la relación entre autor y editor. Sin autores, trabajadores editoriales, imprentas, distribuidores, librerías, bibliotecas, mediadores, plataformas y lectores no existe el libro como hecho social. Pensar en términos de ecosistema obliga a reconocer esa interdependencia.
Pero el concepto también contiene una promesa de totalidad. Llamar ecosistema al conjunto implica que podemos observar no solo sus componentes, sino las relaciones que los sostienen. También sugiere cierta capacidad de autorregulación y equilibrio: cada actor ocuparía una función dentro de un entorno cuya diversidad garantiza su continuidad. En la presentación del número esta idea deja de ser una metáfora tentativa y se convierte en diagnóstico.
El texto de apertura parte de varios indicadores considerados favorables: Colombia es el segundo país más poblado del mundo de habla hispana; su industria editorial ocupa el cuarto lugar de ese ámbito por volumen de ventas y facturación; los hábitos e índices de lectura habrían mejorado; existe un tejido productivo fuerte y el mercado editorial habría mostrado un buen desempeño. A estos factores se suma el crecimiento económico registrado antes de la pandemia y el inicio de la recuperación posterior. Gracias a ese “curso favorable”, sostiene la presentación, se habrían creado las condiciones para el “adecuado desarrollo” y la expansión del mercado, así como para la consolidación de un ecosistema cuyos actores desempeñan un papel valioso en la preservación de su “equilibrio”.
La secuencia parece razonable: más población, mejores hábitos de lectura, una industria activa, instituciones públicas, organizaciones gremiales y crecimiento económico deberían producir un mercado más amplio y un sistema más robusto. Sin embargo, en pocas líneas el texto pasa de enumerar factores a declarar un resultado. La existencia de actores diversos se convierte en evidencia de articulación; la actividad económica, en señal de buen desempeño; la permanencia de instituciones, en prueba de equilibrio. Aquello que el dossier debería investigar aparece parcialmente resuelto antes de que comiencen los artículos.
La contradicción surge en la misma presentación. Después de anunciar un ecosistema consolidado, el equipo editorial reconoce que durante la preparación del número fue difícil incorporar datos correspondientes a todo el primer cuarto de siglo. Los registros son discontinuos, no existen criterios estandarizados para conservar y organizar la información y varias instituciones han desarrollado iniciativas propias sin suficiente articulación. Por esa razón, buena parte de los gráficos ofrece aproximaciones parciales, concentradas principalmente en la última década.
No es una salvedad menor. Si el país no cuenta con series continuas ni con criterios compartidos para registrar la evolución de su sector editorial, resulta difícil afirmar con seguridad que este ha alcanzado equilibrio. La falta de información no demuestra que el ecosistema sea débil, pero sí obliga a moderar las conclusiones. Antes de declarar su consolidación habría que establecer cómo se distribuyen las ventas, qué tan sostenibles son las empresas, cuánto duran los proyectos, qué ocurre fuera de las principales ciudades, cómo circula el valor y qué relación existe entre producción editorial y prácticas lectoras.
El mérito del Boletín consiste en no ocultar completamente esa dificultad. Los artículos contienen dudas, desacuerdos, cifras incómodas y preguntas que resisten el encuadre optimista de la presentación. Allí donde el texto inicial observa consolidación, algunos autores encuentran precariedad. Donde la noción de ecosistema sugiere cooperación, aparecen disputas gremiales y posiciones profundamente desiguales. Donde los gráficos muestran crecimiento, las narraciones describen instituciones sostenidas por personas que han debido suplir con trabajo y perseverancia aquello que no proporcionaron las políticas.
Por eso esta lectura no buscará determinar si el mapa es verdadero o falso. Un mapa puede ser preciso y, al mismo tiempo, incompleto; puede orientarnos en unas zonas y extraviarnos en otras. Lo que interesa es observar cómo fue construido, qué relaciones logra representar y qué significado adquieren sus espacios en blanco. También preguntarnos si la leyenda que lo acompaña —consolidación, florecimiento, madurez, liderazgo, equilibrio— corresponde realmente al territorio que muestran sus caminos.
La mayor riqueza del número 110 comienza exactamente allí donde el mapa deja de coincidir con su leyenda. Su presentación anuncia un ecosistema consolidado; sus artículos documentan algo más complejo: un país editorial que ha crecido, se ha diversificado y ha aprendido a reconocerse, pero cuyas estructuras continúan siendo frágiles y desiguales. Hay más actores, más iniciativas y más visibilidad. Hay, sin duda, mucho movimiento. Lo que todavía no resulta evidente es que ese movimiento haya producido equilibrio.
II. Mucho movimiento, poco equilibrio
A primera vista, el número 110 del Boletín Cultural y Bibliográfico cuenta una historia convincente de expansión. Durante el primer cuarto del siglo XXI aparecieron nuevas editoriales independientes, se multiplicaron los títulos académicos, aumentó la circulación internacional de autores colombianos, se extendió la red de bibliotecas públicas y se fortalecieron campos como la literatura infantil y juvenil. Al mismo tiempo, las librerías comenzaron a reconocerse como espacios de mediación cultural y la edición digital dejó de ser una amenaza imaginaria para convertirse en una dimensión efectiva del mercado. Si se observan únicamente estas transformaciones, resulta comprensible que la presentación del volumen hable de consolidación y describa el momento actual como un contexto favorable para el libro en Colombia.
No se trata de una percepción inventada. El sector editorial colombiano de 2025 es más diverso, especializado y consciente de sí mismo que el de comienzos del siglo. Cuenta con asociaciones, observatorios, programas de formación, ferias regionales, redes de cooperación, instrumentos públicos y proyectos de internacionalización que antes no existían o tenían un alcance mucho menor. Algunos de sus actores han logrado construir reconocimiento fuera del país y ciertos segmentos han desarrollado capacidades técnicas y profesionales destacables. El Boletín tiene razón al registrar estos avances. El problema aparece cuando el movimiento se interpreta automáticamente como equilibrio y la acumulación de iniciativas se convierte en prueba suficiente de que existe una estructura consolidada.
Los propios artículos obligan a introducir esa diferencia. Cada vez que el volumen muestra una expansión, aparecen también las condiciones que la vuelven vulnerable. Hay más librerías identificadas, pero continúan concentradas en Bogotá y en unas pocas capitales. Existen más editoriales independientes, pero muchas sobreviven gracias a servicios que no corresponden a su actividad editorial principal. Circulan más autores colombianos fuera del país, pero esa circulación sigue dependiendo de mediaciones, conexiones y apoyos concentrados. Se publican más libros universitarios, aunque una parte considerable apenas logra salir del campus. Hay más bibliotecas, pero la cobertura no permite saber por sí sola qué tan continuos, pertinentes o transformadores son sus servicios. La actividad aumenta; la estabilidad no necesariamente lo hace al mismo ritmo.
El artículo de Juliana Barrero y Valentín Ortiz permite observar con claridad esta tensión en el tejido librero. Las sucesivas cartografías han hecho visibles cientos de establecimientos, han permitido establecer tipologías y han mostrado la diversidad de los espacios dedicados a la circulación comercial del libro. Ese conocimiento constituye un avance indudable: antes de fortalecer un sector es necesario saber quiénes lo integran, dónde se encuentran y qué funciones cumplen. Pero los autores reconocen que la información producida no siempre se ha traducido en políticas efectivas. Sabemos contar librerías mucho mejor de lo que sabemos sostenerlas.
La diferencia es decisiva. Un directorio actualizado puede registrar la apertura de un establecimiento, pero no revela cuánto tiempo podrá permanecer abierto, qué márgenes obtiene, con qué plazos le pagan los distribuidores, cuánto debe invertir en inventario o qué capacidad tiene para competir con cadenas, grandes superficies y plataformas transnacionales. La persistencia de la concentración territorial también muestra que la expansión del número de proyectos no ha corregido las brechas de acceso. Las librerías independientes producen bibliodiversidad, conversación y comunidad, pero lo hacen desde una posición económica frágil. Su valor cultural no les concede automáticamente capacidad financiera. El artículo termina, por eso, formulando preguntas mucho más inquietantes que las respuestas ofrecidas por las cartografías: ¿conocemos la salud financiera de estos negocios?, ¿sabemos cuáles son sus riesgos?, ¿existen mecanismos eficaces para abrir y sostener librerías fuera de los circuitos habituales?
La edición independiente presenta una contradicción semejante. Margarita Valencia reconstruye el surgimiento de un sector que, después de décadas de esfuerzos dispersos, ha adquirido identidad, representación y capacidad de interlocución. Las editoriales independientes han ampliado los géneros disponibles, recuperado autores, cuidado la materialidad del libro y construido catálogos que no responden únicamente a las tendencias dominantes. También han creado redes, participado colectivamente en ferias y disputado un lugar dentro de la formulación de las políticas públicas. Hay allí una consolidación cultural evidente: la edición independiente existe como posición dentro del campo y tiene una voz que puede ser reconocida.
Pero consolidar una posición cultural no equivale a consolidar empresas. La caracterización de 2019 citada por Valencia encontró que 38 de las 62 editoriales participantes sobrevivían mediante la prestación de servicios editoriales, por lo menos la mitad no tenía sede y apenas el 40% declaraba pagar regalías a sus autores. Hacían pocas reimpresiones y operaban con catálogos, equipos y capacidades económicas muy diferentes. El dato más importante no es que hayan publicado 612 títulos durante ese año, sino las condiciones bajo las cuales pudieron hacerlo. La producción demuestra vitalidad; la dependencia de servicios, la falta de infraestructura y el incumplimiento generalizado del pago de regalías revelan la fragilidad material que sostiene esa vitalidad.
Esta distinción permite comprender uno de los equívocos centrales del volumen. La palabra “consolidación” cambia de significado según el artículo y, a veces, dentro de un mismo texto. Puede referirse a la existencia reconocible de un campo, al aumento de agentes, a la aparición de asociaciones, al crecimiento de la producción o a la estabilidad económica. Pero estas condiciones no son intercambiables. Un sector puede consolidarse simbólicamente y seguir siendo precario en términos empresariales. Puede producir catálogos admirables sin desarrollar mecanismos de sucesión, reservas financieras o redes de distribución suficientes. Puede ganar prestigio mientras quienes realizan el trabajo editorial operan al límite.
La internacionalización de las letras colombianas ofrece otro ejemplo de esta doble lectura. El trabajo de Martín Gómez reúne información valiosa sobre 497 autores cuyas obras han circulado en 58 países y han sido traducidas a 45 lenguas. Programas como Reading Colombia han contribuido a que libros colombianos lleguen a mercados que difícilmente habrían podido alcanzar sin incentivos públicos para la traducción. Comparado con el panorama de finales del siglo XX —dominado casi por completo por la excepcionalidad de Gabriel García Márquez—, el cambio es significativo. Hay más autores, más lenguas, más países y una red más amplia de agentes, editores y traductores interesados en la producción colombiana.
Sin embargo, la publicación de una obra fuera del país no permite conocer por sí sola su alcance. Una traducción puede ser una conquista cultural y, al mismo tiempo, tener una circulación mínima. Tampoco sabemos si la ampliación internacional fortalece a las editoriales colombianas, mejora de manera duradera los ingresos de los autores o crea capacidades locales para negociar derechos. El número muestra que las letras colombianas viajan más, pero no establece con igual claridad cuánto valor económico y cultural regresa al lugar desde donde partieron. La internacionalización puede ampliar la proyección de ciertos autores sin transformar necesariamente la estructura del mercado nacional.
La edición universitaria parece ofrecer un panorama más sólido. El crecimiento es innegable: los registros ISBN de libros académicos pasaron de 178 en 1993 a 4.650 en 2014, y la producción universitaria llegó a representar cerca de una cuarta parte de la producción editorial colombiana. Las editoriales universitarias construyeron asociaciones, profesionalizaron procesos, realizaron coediciones y dieron forma a un patrimonio intelectual sin el cual sería imposible comprender el país. Además, cuentan con instituciones que pueden financiar libros destinados a públicos especializados y asumir riesgos que una editorial comercial difícilmente aceptaría.
Pero la misma expansión produjo una pregunta que el artículo de Nicolás Morales-Thomas reconoce: ¿para quién se publica? El aumento de títulos puede responder a la necesidad de divulgar conocimiento, pero también a los sistemas de evaluación y promoción docente. El libro académico adquiere prestigio como evidencia de productividad sin que su circulación efectiva sea siempre una prioridad. De nuevo, el volumen permite ver una estructura editorial institucionalmente fuerte, pero enfrentada a una conexión débil con públicos más amplios. La capacidad de publicar no garantiza la capacidad de intervenir en la conversación pública.
El artículo dedicado a las bibliotecas y los planes de lectura presenta quizás la narración más afirmativa del conjunto. Colombia cuenta con cerca de 1.500 bibliotecas públicas y una cobertura que alcanza el 99,9% de las cabeceras municipales. Más del 90% de estas bibliotecas llegó a tener conexión a internet y, durante las últimas décadas, se desarrollaron leyes, planes, colecciones, procesos de formación e iniciativas diferenciales. Es una infraestructura cultural de enorme importancia y uno de los logros públicos más consistentes documentados por el número.
Aun así, la existencia de una biblioteca no equivale a la existencia de un servicio estable, así como la entrega de libros no demuestra su lectura. El artículo habla de una profunda revolución y de un sistema robusto, pero los datos presentados describen sobre todo cobertura, dotación, conectividad y variedad de estrategias. Son condiciones necesarias; no son resultados finales. Entre la biblioteca instalada y la comunidad que se apropia de ella existe un espacio compuesto por presupuesto, personal, continuidad, mediación y pertinencia territorial. Ese espacio es justamente donde las políticas suelen volverse más vulnerables.
La edición digital completa la paradoja. David Roa reconstruye un proceso impulsado menos por una política pública sostenida que por la persistencia de unos pocos actores. El sector académico, las plataformas institucionales y empresas especializadas desarrollaron estándares, digitalizaron catálogos y experimentaron con suscripciones, licencias, impresión bajo demanda y audiolibros. La pandemia aceleró una transformación que llevaba años ocurriendo silenciosamente. Sin embargo, los testimonios reunidos coinciden en que Colombia no construyó una política coherente para acompañarla. La supuesta robustez digital es, en buena medida, el resultado de empresas y personas que “picaron piedra” mientras las instituciones actuaban de manera fragmentaria. Es difícil considerar consolidado un campo cuya evolución depende de la resistencia de actores aislados y de reglas tecnológicas definidas fuera del país.
La literatura infantil y juvenil también permite hablar legítimamente de florecimiento. Aumentaron las editoriales, se ampliaron los temas y lenguajes, aparecieron nuevas generaciones de ilustradores y varios proyectos colombianos recibieron reconocimientos internacionales. La novela gráfica, el libro álbum y las narrativas sobre memoria, diversidad y territorio enriquecieron el repertorio disponible. Pero Beatriz Helena Robledo también advierte que las ventas en librerías resultan insuficientes, que las editoriales independientes dependen de compras públicas y que buena parte de la producción de los grandes grupos está orientada al mercado escolar. El florecimiento creativo convive con una base comercial estrecha. Hay más obras valiosas, pero no necesariamente mejores condiciones para quienes las crean y publican.
Al poner estos campos en relación aparece una conclusión distinta de la sugerida por la presentación. Colombia ha acumulado logros, pero no siempre ha construido las estructuras necesarias para conservarlos. Una feria, un premio, una traducción, una biblioteca, una plataforma o una nueva editorial pueden modificar una trayectoria. Una estructura, en cambio, requiere continuidad, financiación, información, distribución y capacidad de aprendizaje. El logro depende muchas veces de una oportunidad; la estructura permite que esa oportunidad deje de ser excepcional.
El número 110 documenta un país editorial intensamente activo. Sus actores publican, traducen, abren librerías, sostienen bibliotecas, diseñan plataformas, crean asociaciones y buscan lectores dentro y fuera del país. Pero esa actividad ocurre sobre un terreno desigual. Algunos agentes cuentan con capital, infraestructura y acceso institucional; otros dependen de convocatorias, servicios complementarios, compras públicas o trabajo personal difícilmente reemplazable. No estamos ante un sector inmóvil ni ante una historia de fracaso. Estamos ante un campo donde la capacidad de crear ha crecido más rápido que la capacidad de sostener lo creado.
Por eso el problema no consiste en decidir si el ecosistema colombiano avanzó o no durante el primer cuarto del siglo XXI. Avanzó, y el Boletín reúne pruebas suficientes para afirmarlo. La pregunta más exigente es qué clase de avance produjo. Si después de veinticinco años muchas librerías siguen operando al límite, las editoriales independientes continúan dependiendo de servicios, las bibliotecas necesitan defender su continuidad, la política digital permanece fragmentada y la producción creciente no encuentra siempre circulación, entonces el movimiento no ha desembocado todavía en equilibrio.
El número permite celebrar el recorrido, pero no declarar terminada la construcción. Lo que aparece en sus páginas no es un ecosistema consolidado, sino un campo cultural que ha aprendido a crecer en medio de condiciones adversas. Su vitalidad es indudable. Su estabilidad, no. Y quizás la imagen más fiel del libro colombiano durante este primer cuarto de siglo sea precisamente esa: una enorme capacidad de movimiento sostenida por estructuras que todavía no alcanzan a acompañarla.
III. Lo que el mapa no alcanza a ver
Los mapas no solo se equivocan por aquello que representan de manera imprecisa. También pueden equivocarse por lo que no consiguen nombrar. Una frontera ausente, un camino interrumpido o una población borrada modifican la comprensión del territorio completo. No son simples faltantes que puedan agregarse posteriormente en una esquina. Determinan qué relaciones resultan visibles, dónde se localizan los centros y qué lugares quedan convertidos en periferia.
Ninguna publicación puede examinar todos los componentes del mundo del libro. Sería injusto reprocharle al número 110 del Boletín Cultural y Bibliográfico no haber producido una enciclopedia del sector editorial colombiano. La pregunta crítica debe ser otra: ¿las ausencias del volumen son asuntos secundarios o afectan directamente el diagnóstico de consolidación y equilibrio que propone? Cuando quedan fuera las condiciones de trabajo, la distribución del valor, las relaciones de poder y la experiencia de los lectores, lo que falta no es un capítulo adicional. Faltan las conexiones que permitirían comprender cómo funciona realmente el sistema.
La primera dificultad se encuentra en la propia palabra “ecosistema”. La metáfora resulta atractiva porque permite imaginar el libro como el resultado de múltiples interdependencias. Una editorial necesita autores, imprentas, distribuidores, librerías, bibliotecas, mediadores y lectores. Ninguno de estos actores puede comprenderse completamente por fuera de sus relaciones con los demás. Frente a la antigua imagen lineal de la “cadena del libro”, el ecosistema parece más flexible: admite cruces, transformaciones, circuitos alternativos y agentes que cumplen varias funciones simultáneamente.
Pero la metáfora también introduce una idea peligrosa: la de un equilibrio natural entre las partes. En un ecosistema biológico, cada organismo parece ocupar un lugar dentro de un orden que se regula a sí mismo. En el campo editorial, en cambio, las posiciones no son naturales ni equivalentes. Son el resultado de decisiones económicas, políticas, tecnológicas e históricas. Una editorial transnacional, una biblioteca municipal, una librería independiente y un corrector que trabaja por encargo pueden pertenecer al mismo entorno, pero no cuentan con la misma capacidad para fijar condiciones. Describirlos como componentes complementarios puede ocultar que unos controlan capital, datos y canales de circulación, mientras otros asumen la mayor parte del riesgo.
El número identifica actores, sectores e instituciones, pero analiza con menor profundidad las relaciones de poder entre ellos. Los siete artículos principales aparecen uno junto al otro como regiones de un mismo mapa: librerías, edición independiente, circulación internacional, edición académica, bibliotecas, transformación digital y literatura infantil y juvenil. La suma produce amplitud, pero no necesariamente integración. El volumen describe cada zona con cuidado, aunque rara vez sigue el recorrido completo de un libro: desde la creación y contratación de la obra hasta la edición, producción, distribución, compra, lectura y eventual conservación. Conocemos los nodos; conocemos mucho menos los flujos de dinero, decisiones y trabajo que los conectan.
El trabajo es uno de los grandes vacíos. En las páginas del Boletín aparecen editores visionarios, gestores persistentes, ilustradores premiados, libreros que forman comunidades y profesionales que impulsaron la transformación digital. Sin embargo, el trabajo editorial casi siempre se presenta como oficio, vocación, resistencia o compromiso cultural. Sabemos poco sobre sus condiciones materiales. No se examinan de manera sistemática las tarifas, los contratos, la estabilidad laboral, la protección social, las jornadas ni la concentración de funciones que caracteriza a muchas empresas pequeñas.
Autores, traductores, correctores, diseñadores, diagramadores, ilustradores, fotógrafos, lectores especializados y gestores de derechos hacen posible cada publicación. Algunos aparecen en los créditos o son reconocidos por sus logros, pero rara vez son estudiados como trabajadores. El dato citado por Margarita Valencia —según el cual apenas el 40% de las editoriales independientes caracterizadas declaraba pagar regalías— debería alterar la lectura completa del supuesto florecimiento editorial. Si el crecimiento de la producción descansa en trabajos mal remunerados, regalías inexistentes o labores asumidas por vocación, la pregunta ya no es únicamente cuántos libros produce el sector, sino quién está financiando realmente esa producción.
La retórica de la resistencia puede volver admirable una situación que debería resultar preocupante. Decir que editores, libreros y gestores han perseverado a pesar de la falta de apoyo reconoce justamente su esfuerzo, pero también puede normalizar la precariedad. La capacidad de resistir no debe convertirse en modelo empresarial ni en política cultural. Un ecosistema no está equilibrado porque sus actores más frágiles hayan aprendido a sobrevivir con menos recursos, más tareas y mayores riesgos. A veces la resistencia no demuestra fortaleza del sistema, sino el grado de sacrificio que este exige para seguir funcionando.
También queda fuera buena parte de la infraestructura material del libro. Las imprentas, los talleres, los proveedores de papel, los encuadernadores y los operadores logísticos apenas aparecen, aunque las variaciones en sus costos determinan tirajes, precios y posibilidades de reimpresión. Tampoco existe un análisis específico de la distribución, pese a que constituye uno de los mayores obstáculos para las editoriales pequeñas. Entre producir un libro y lograr que encuentre lectores existe una red de bodegas, transportes, consignaciones, devoluciones, descuentos y plazos de pago que puede decidir la supervivencia de un catálogo.
La distribución no es una tubería neutral por la que circulan todos los libros en igualdad de condiciones. Quien controla el acceso a los puntos de venta influye sobre lo que puede ser visto, cuánto tiempo permanece exhibido y qué descuentos debe conceder cada editorial. Las empresas con mayor escala distribuyen el riesgo entre cientos de títulos y cuentan con más capacidad para negociar. Una editorial pequeña puede inmovilizar buena parte de su capital durante meses mientras espera la liquidación de una librería. Ambas producen libros, pero no participan del mercado desde posiciones comparables. Sin estudiar esa asimetría, la bibliodiversidad puede parecer una característica estable cuando en realidad depende de proyectos que operan constantemente al borde de la iliquidez.
Algo semejante ocurre con la concentración empresarial. Los grandes grupos aparecen en varios artículos como parte del paisaje editorial, pero el volumen no analiza de manera central su propiedad, integración vertical ni capacidad para orientar el mercado. La diferencia entre una empresa transnacional y un sello dirigido por una sola persona no es simplemente de tamaño. Afecta el acceso a derechos, impresión, distribución, promoción, datos, crédito y compras institucionales. También modifica la capacidad para absorber pérdidas, imponer descuentos o trasladar decisiones hacia centros corporativos ubicados fuera del país.
En el ámbito digital, las plataformas son mencionadas como motores de transformación, pero su poder aparece débilmente problematizado. Amazon, Buscalibre, Audible, Storytel, Spotify, los agregadores académicos y las plataformas de préstamo o suscripción no solo ofrecen nuevos canales. También establecen reglas, controlan información sobre los usuarios, modifican la visibilidad de los catálogos y determinan las formas de remuneración. La digitalización puede ampliar el acceso mientras concentra la infraestructura. Puede llevar libros colombianos a lugares antes inaccesibles y, al mismo tiempo, aumentar la dependencia frente a empresas cuyas decisiones se toman fuera del campo cultural nacional.
El segundo gran límite del mapa es metodológico. La presentación reconoce la discontinuidad de los registros y la ausencia de criterios estandarizados para conservar y organizar la información sectorial. Esta confesión es fundamental: el país intenta reconstruir veinticinco años de transformaciones mediante datos parciales, producidos por instituciones distintas y, en muchos casos, concentrados en la última década. Sin embargo, el lenguaje de varios artículos no siempre conserva la prudencia que debería derivarse de esa limitación. Los datos aproximados terminan sosteniendo afirmaciones generales sobre consolidación, liderazgo, madurez o florecimiento.
El problema no reside en utilizar cifras incompletas. En un sector con poca información, una aproximación honesta puede ser más valiosa que el silencio. El problema aparece cuando los indicadores disponibles se convierten en sustitutos del fenómeno que se quiere comprender. Los ISBN permiten contar registros, pero no ventas ni lecturas. El número de bibliotecas informa sobre cobertura, pero no sobre horarios, personal, presupuesto, colecciones o apropiación comunitaria. Las traducciones permiten seguir la circulación internacional de una obra, pero no su recepción, permanencia o impacto económico. Los premios muestran reconocimiento especializado, pero no garantizan sostenibilidad para autores y editoriales.
La edición visual del Boletín refuerza involuntariamente esta dificultad. Mapas, líneas de tiempo, nubes de nombres, porcentajes y gráficos de barras producen una imagen ordenada y convincente. Hacen legibles procesos complejos y constituyen uno de los grandes méritos editoriales del volumen. Pero también pueden otorgar apariencia de totalidad a datos que siguen siendo fragmentarios. La representación gráfica no corrige las discontinuidades de la fuente. Un mapa puede ser impecable en su diseño y continuar incompleto en su conocimiento del territorio.
Aquello que una institución puede medir termina determinando lo que está en capacidad de ver. El número conoce especialmente bien el sistema formal: editoriales registradas, ISBN solicitados, librerías identificadas, bibliotecas pertenecientes a redes públicas, traducciones documentadas, programas estatales y premios reconocidos. Ese universo es real y merece ser estudiado. Pero no coincide con la totalidad de las prácticas mediante las cuales los colombianos acceden a textos, historias e información.
Quedan en los márgenes las librerías de segunda mano, los vendedores callejeros, las fotocopias universitarias, los PDF compartidos, las bibliotecas comunitarias no registradas, los préstamos familiares, la autopublicación y los circuitos digitales que no pasan por las plataformas editoriales. También quedan parcialmente por fuera las prácticas juveniles que mezclan texto, imagen, audio, videojuegos, fanfiction y redes sociales. Algunas de estas formas de circulación pueden plantear conflictos jurídicos o no responder a la idea tradicional de libro, pero ignorarlas no las vuelve periféricas. Para muchas personas constituyen la forma habitual —y a veces la única— de acceder a contenidos escritos.
El lector es, por ello, el vacío más importante. Todo el ecosistema parece orientarse hacia él, pero rara vez lo escucha. Sabemos cuántos títulos se registran, cuántas bibliotecas existen y a cuántos países llegan los autores colombianos. Sabemos mucho menos sobre cómo se elige un libro, por qué se abandona, qué condiciones permiten comprenderlo o qué lugar ocupa la lectura dentro de la vida cotidiana. El lector aparece como destinatario abstracto: alguien que debería beneficiarse de la producción, la circulación y las políticas, pero cuya experiencia concreta apenas interviene en el diagnóstico.
La ausencia resulta especialmente visible en los textos sobre edición digital y literatura infantil y juvenil. En el primero hablan profesionales que desarrollan plataformas, distribuyen contenidos y acompañan procesos de digitalización. Sus testimonios son valiosos, pero los estudiantes y usuarios sobre cuyos comportamientos se hacen afirmaciones no tienen voz propia. En el segundo conocemos las obras, las editoriales, los premios y la interpretación adulta de la infancia, pero no sabemos cómo leen los niños y jóvenes, qué reconocen en esos libros o qué relaciones establecen con ellos. El sector habla sobre sus lectores con mucha mayor frecuencia de la que habla con ellos.
El territorio también aparece de manera desigual. Las regiones son localizadas en mapas, cubiertas por redes o alcanzadas mediante estrategias de itinerancia. Con frecuencia son descritas como lugares a los que deben llegar libros, conectividad, colecciones o programas diseñados en los centros institucionales. Sabemos menos sobre las formas en que esos territorios producen sus propios catálogos, mediaciones, economías y conocimientos. La cobertura nacional puede conservar una dirección vertical: desde el centro que diseña hacia la comunidad que recibe.
Esta perspectiva está relacionada con la procedencia de las voces convocadas. El número reúne profesionales reconocidos que conocen profundamente los campos sobre los que escriben. Esa experiencia constituye una fortaleza. Pero también configura un autorretrato institucional. Directores de editoriales, responsables de programas, consultores, gestores y proveedores tecnológicos tienden a observar los procesos desde las organizaciones que los han protagonizado. Sus testimonios preservan una memoria imprescindible, aunque pueden confundir la continuidad de las instituciones con la experiencia completa de la sociedad.
El mapa del Boletín no es falso. Representa con considerable precisión la parte del territorio que sus fuentes, instituciones y autores están en capacidad de observar. Sus vacíos muestran, sin embargo, que el sistema formal del libro no coincide con el sistema real de lectura. Entre ambos existen trabajos invisibles, intercambios informales, desigualdades económicas, prácticas culturales y experiencias que no dejan ISBN, no pertenecen a una red y no aparecen en los informes gremiales.
Por eso las ausencias del número 110 no deben leerse como una lista de asuntos pendientes para una futura edición. Su importancia es más profunda. Sin conocer cómo se distribuyen el trabajo, el riesgo, el poder y el valor, no podemos afirmar que exista equilibrio. Sin escuchar a los lectores, no podemos confundir disponibilidad con apropiación. Sin observar los circuitos informales, no podemos convertir el sistema institucional en representación de todo el país. Los vacíos del mapa no se encuentran fuera del ecosistema. Son precisamente los lugares donde se hacen visibles sus límites.
IV. Un ecosistema todavía por construir
Leer críticamente un libro no consiste en restarle valor. A veces significa exigirle que llegue hasta las consecuencias de aquello que ha conseguido mostrar. El número 110 del Boletín Cultural y Bibliográfico reúne una cantidad extraordinaria de información, memoria y experiencia sobre el mundo del libro en Colombia. Sus límites no borran ese aporte. Al contrario: hacen posible una conclusión más compleja que la propuesta en su presentación. Si el volumen no demuestra la existencia de un ecosistema consolidado, sí permite reconocer las capacidades, contradicciones y fragilidades a partir de las cuales ese ecosistema podría construirse.
Sería equivocado concluir que Colombia carece de un sector editorial o que los avances del último cuarto de siglo son únicamente retóricos. El país cuenta con editoriales capaces de desarrollar catálogos reconocibles, redes de bibliotecas extendidas por casi todo el territorio, instituciones universitarias con una producción importante, librerías que funcionan como espacios culturales, programas de traducción, asociaciones profesionales, ferias regionales y proyectos digitales que han encontrado lectores dentro y fuera del país. También posee una literatura infantil y juvenil diversa, ilustradores con reconocimiento internacional y una memoria editorial que empieza a ser investigada con mayor rigor.
Estas capacidades no aparecieron espontáneamente. Son el resultado de décadas de trabajo público, privado, comunitario y gremial. Detrás de cada red, catálogo o programa existen personas que defendieron presupuestos, organizaron colecciones, editaron libros, formaron mediadores, construyeron bases de datos y sostuvieron proyectos cuando las condiciones parecían adversas. El número 110 preserva buena parte de esa memoria. Su lectura permite comprender que el campo editorial colombiano no parte de cero cada vez que enfrenta una nueva crisis, aunque con frecuencia sus políticas y discursos produzcan esa impresión.
El problema es que la acumulación de capacidades no constituye por sí sola un sistema. Las instituciones pueden coexistir sin coordinarse; los programas pueden sucederse sin construir continuidad; las editoriales pueden multiplicarse sin lograr estabilidad; las bibliotecas pueden extenderse sin integrarse suficientemente con la producción local. Un ecosistema no surge únicamente porque existan muchos actores. Requiere relaciones capaces de distribuir información, recursos, responsabilidades y valor de una manera que permita la continuidad del conjunto.
Tal vez una imagen más fiel del presente sea la de un archipiélago. Colombia posee islas de enorme vitalidad: una red bibliotecaria reconocida internacionalmente, editoriales universitarias consolidadas, proyectos independientes de gran calidad, librerías que han creado comunidades y plataformas digitales con capacidad de circulación regional. Algunas de estas islas se conectan durante ferias, compras públicas, convocatorias, coediciones o programas de traducción. Pero las conexiones suelen ser intermitentes. Dependen de proyectos específicos, funcionarios, presupuestos temporales o relaciones personales que pueden desaparecer sin dejar una estructura equivalente.
El archipiélago no es un desierto. Contiene vida, conocimiento y experiencia. Su fragilidad se encuentra en los puentes. Cuando una editorial cierra, buena parte de su catálogo puede quedar sin circulación. Cuando cambia una administración, los programas deben reconstruir interlocuciones y explicar nuevamente las necesidades del sector. Cuando una biblioteca pierde personal o presupuesto, la infraestructura permanece, pero el servicio se debilita. Cuando una plataforma modifica sus condiciones, editores y lectores descubren que el acceso dependía de una tecnología que no controlaban. El problema no es la inexistencia de capacidades, sino la dificultad para conectarlas y protegerlas.
El propio Boletín representa una de esas capacidades. No es solamente el lugar desde el cual se observa el ecosistema; forma parte de él. Selecciona temas, conserva documentos, concede visibilidad a autores y convierte determinados procesos en memoria pública. Al dedicar un número completo al mundo del libro, crea un espacio de discusión que ninguna de las instituciones examinadas podría producir por sí sola. Su autoridad no proviene únicamente del Banco de la República, sino de una continuidad editorial que ha permitido registrar transformaciones culturales durante más de seis décadas.
La sección de reseñas vuelve especialmente visible esta función. Después de las 128 páginas del dossier, el volumen publica cuarenta comentarios críticos sobre libros de historia, literatura, arte, ciencias sociales, poesía, cómic y pensamiento. Son cerca de ochenta páginas dedicadas a leer, valorar, contextualizar y poner en circulación obras recientes. En un entorno mediático donde los espacios para la crítica bibliográfica se han reducido, esa decisión constituye una forma de infraestructura cultural. Una reseña no reemplaza la distribución ni garantiza ventas, pero ayuda a que un libro ingrese en la conversación pública, encuentre mediadores y deje una huella documental.
Allí aparece una de las paradojas más fértiles del número. El Boletín ejerce la crítica como parte esencial de su identidad, pero el dossier no estudia de manera específica a los críticos, las revistas culturales, los suplementos, los medios ni las comunidades de recomendación como actores del ecosistema. El volumen realiza materialmente una función que no alcanza a teorizar. Su propia estructura demuestra que entre la publicación y la lectura existe un territorio de mediaciones sin el cual los libros pueden estar disponibles y, aun así, permanecer invisibles.
Los poemas, ilustraciones, viñetas e insertos refuerzan esa condición. El número no se limita a hablar de la producción cultural: produce cultura. Encarga imágenes, publica creación, organiza información y convierte datos dispersos en una experiencia editorial. Su factura visual constituye un argumento sobre el cuidado del libro como objeto. Incluso cuando las infografías parecen conceder demasiada estabilidad a cifras parciales, el esfuerzo por hacer legible el conocimiento sectorial merece ser reconocido. Hay una concepción del lector detrás de esa edición: alguien que no solo recibe información, sino que recorre imágenes, establece relaciones y participa de una conversación cultural.
¿Qué significaría, entonces, construir el ecosistema que el Boletín anuncia? En primer lugar, dejar de tratar la información como un resultado ocasional de estudios, consultorías y caracterizaciones. Los vacíos de datos reconocidos por el propio volumen revelan la necesidad de una infraestructura permanente de conocimiento. No basta con contar editoriales, librerías, títulos o bibliotecas de manera intermitente. Hace falta seguir trayectorias: saber cuántos proyectos sobreviven, cómo circulan los libros, cuáles son los plazos de pago, dónde se concentra el mercado, cuánto reciben los creadores y qué ocurre con los catálogos después de su publicación.
Esa información no debería pertenecer exclusivamente a una organización gremial ni depender de la voluntad de una administración. Tendría que funcionar como un bien público, construido con criterios compartidos y accesible para todos los actores. Un ecosistema que no puede observarse a sí mismo queda condenado a discutir mediante impresiones, defender intereses particulares y comenzar cada diagnóstico como si fuera el primero. La memoria institucional no es un lujo académico: es una condición para diseñar políticas, evaluar resultados y corregir desigualdades.
Construir el ecosistema también implica pasar de las políticas episódicas a una arquitectura de Estado. Colombia ha tenido leyes, planes, colecciones, redes y programas valiosos. El problema no es la ausencia absoluta de intervención pública, sino su dificultad para acumular aprendizajes y garantizar continuidad. Cada gobierno introduce lenguajes, prioridades y convocatorias; con menor frecuencia explica qué conserva, qué modifica y cómo evalúa aquello que recibió. El sector termina adaptándose a una lógica de ciclos, esperando el siguiente programa o defendiendo nuevamente acuerdos que parecían alcanzados.
Una política estructural no tendría que congelar el campo ni impedir la innovación. Tendría que asegurar un suelo común: información continua, financiación predecible, equipos técnicos capaces de conservar experiencia y mecanismos estables de interlocución. También debería reconocer que producción, circulación y lectura no son compartimentos separados. Comprar libros para bibliotecas puede ampliar el acceso y sostener editoriales, pero solo si las colecciones responden a necesidades territoriales, llegan acompañadas de mediación y se integran a políticas de largo plazo. Apoyar una feria puede aumentar la visibilidad, pero no sustituye una red de distribución que funcione durante el resto del año.
La distribución del valor constituye otra condición ineludible. No puede hablarse de equilibrio mientras quienes escriben, traducen, corrigen, ilustran, diseñan, editan y venden los libros reciben pagos insuficientes, tardíos o inexistentes. La bibliodiversidad no se sostiene solamente con reconocimiento simbólico. Requiere empresas capaces de pagar regalías, tarifas profesionales, seguridad social e impuestos sin que cada obligación ponga en riesgo su supervivencia. También exige contratos comprensibles, información transparente y reglas que impidan que los actores con mayor escala trasladen todo el riesgo hacia los más pequeños.
El territorio debe dejar de ser concebido únicamente como destino. Llevar libros a municipios apartados es indispensable, pero no suficiente. Un ecosistema nacional debería hacer posible que esos territorios también produzcan, seleccionen, editen y hagan circular sus propias voces. Esto implica fortalecer bibliotecas y mediadores, pero también imprentas, librerías, ferias, editoriales y redes regionales. La descentralización no consiste solo en trasladar una programación diseñada en Bogotá. Consiste en reconocer capacidad de decisión y producción cultural fuera de los centros habituales.
Algo semejante ocurre con los lectores. Construir un ecosistema exige abandonar la comodidad de tratarlos como destinatarios abstractos. No basta con saber cuántos libros se publican o cuántas personas ingresan a una biblioteca. Es necesario conocer cómo leen, qué barreras enfrentan, qué abandonan, qué comparten y qué formas de mediación hacen posible una relación duradera con los textos. La experiencia lectora debe formar parte de la evaluación del sistema, no aparecer únicamente como consecuencia esperada de la oferta.
Esto resulta decisivo frente a la transformación digital. Las plataformas pueden ampliar el acceso, reducir barreras territoriales y permitir nuevas formas de lectura, pero también pueden concentrar datos, imponer modelos de remuneración y crear dependencias difíciles de revertir. Una política digital para el libro tendría que ocuparse de accesibilidad, interoperabilidad, preservación, derechos, privacidad y capacidad tecnológica local. Digitalizar no es trasladar archivos a una pantalla. Es decidir qué infraestructura cultural queremos controlar colectivamente y cuál estamos dispuestos a entregar a empresas externas.
Nada de esto supone eliminar el conflicto. Un ecosistema equilibrado no es aquel donde todos los actores tienen los mismos intereses ni donde las diferencias desaparecen. Editores, autores, libreros, bibliotecas, distribuidores, plataformas y lectores ocupan posiciones distintas. La tarea de una arquitectura común es hacer visibles esas diferencias y crear reglas para negociarlas. El conflicto gremial documentado por el volumen no demuestra que el ecosistema haya fracasado; demuestra que existen disputas sobre quién puede representarlo y qué intereses deben orientar sus políticas. Silenciar esas tensiones en nombre del equilibrio sería menos saludable que reconocerlas.
El número 110 debe leerse, en consecuencia, como un documento esencial, pero no definitivo. Su mayor aporte no consiste en certificar que el ecosistema del libro colombiano esté consolidado. Consiste en reunir suficientes piezas para comprender por qué todavía no lo está. Sus artículos muestran capacidades acumuladas, logros reales y procesos de profesionalización. También permiten ver que demasiadas de esas conquistas continúan dependiendo de voluntades individuales, coyunturas públicas, trabajo precarizado y conexiones institucionales inestables.
Quizás esa sea una conclusión más valiosa que la celebración de un supuesto equilibrio. Colombia no es un país sin libros, sin editores, sin bibliotecas ni sin lectores. Tampoco es un territorio inmóvil esperando que alguien inaugure su vida cultural. Es un país que ha producido una enorme intensidad editorial, pero todavía no ha construido todas las condiciones necesarias para convertirla en continuidad compartida. El reto no consiste en inventar el ecosistema desde cero, sino en conectar, sostener y democratizar aquello que ya existe.
Los vacíos de un mapa no son territorios inexistentes. Son lugares que la mirada del cartógrafo no pudo ver, no supo nombrar o decidió dejar fuera. El número 110 del Boletín Cultural y Bibliográfico nos entrega un mapa imprescindible del libro colombiano. Pero su lección más profunda no está solamente en aquello que representa. Está en las zonas donde las líneas se interrumpen: los lectores que todavía no conocemos, los trabajos que no medimos, los proyectos que sobreviven al límite y las políticas que vuelven a comenzar. El mapa ya está sobre la mesa. Lo que falta es construir los puentes que permitan habitarlo como un territorio común.
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