julio 17, 2026
La feria que no cabe dentro de sí misma
Tumulto, inflación programática y pérdida de la experiencia cultural en la FILBo
Nota metodológica Este ensayo distingue tres tipos de evidencia. Los balances institucionales permiten reconstruir la escala declarada de la feria; las encuestas y respuestas a derechos de petición permiten examinar qué se mide y qué se desconoce; las columnas y crónicas permiten reconocer experiencias individuales, pero no estimar su frecuencia. Los cálculos derivados de cifras oficiales se identifican como propios. Cuando las fuentes ofrecen datos incompatibles, la discrepancia se expone sin atribuir intención y sin escoger silenciosamente la cifra más conveniente.
I. La promesa de no volver
La promesa suele formularse al final del día. No en la fila de entrada, cuando todavía hay expectativa; tampoco frente al primer estand, cuando el visitante despliega el mapa o consulta en el teléfono los eventos que ha marcado. Aparece más tarde, después de caminar varios kilómetros entre pabellones, de abrirse paso entre grupos detenidos en los corredores, de llegar tarde a una conversación porque el auditorio estaba en el otro extremo del recinto, de renunciar a otra porque la fila ya superaba el tiempo disponible. Entonces alguien dice: no vuelvo. Lo dice mientras carga una bolsa de libros. Esa contradicción importa. El cansancio no elimina el deseo que lo llevó hasta allí; revela que la experiencia organizada alrededor de ese deseo puede terminar volviéndose contra él.
En mayo de 2017, Adriana Rojas Espitia relató en Las2orillas una visita sabatina a la FILBo. Había viajado desde Medellín y encontró una fila de dos cuadras para comprar la entrada, otra para el cajero, otra para el baño y dificultades para obtener información. Su frase más precisa no necesita adornos: «el solo ver el gentío uno ya se cansa»[1]. El texto tenía el tono exasperado de una nota ciudadana, no el de una investigación sistemática. Incluso incluía una descalificación hacia los «curiosos» que no parecían dispuestos a comprar libros, juicio que conviene no repetir: una feria pública no debería exigir una credencial de consumo ni dividir a sus visitantes entre lectores legítimos e intrusos. Pero sería un error desechar por ese clasismo toda la escena que describe. Filas, fatiga, falta de lugares de descanso, congestión e información difícil de consultar eran problemas verificables.
De hecho, ese mismo año el Observatorio de Turismo de Bogotá realizó una encuesta probabilística a 2.505 asistentes. Entre los residentes consultados, 14,3 % señaló falta de espacio, aglomeración en los estands y escasez de sillas; 6,6 % mencionó congestión y largas filas; 6,5 % criticó la organización y la distribución del espacio, y 4,7 % encontró información o señalización insuficiente. El precio elevado de libros y comida fue el reparo más frecuente, con 21,3 %[2]. Las categorías podían superponerse, de modo que no deben sumarse como si describieran una sola proporción de inconformes. Lo importante es otra cosa: la irritación que apareció en la columna no era enteramente idiosincrática. La medición institucional registró, con otro lenguaje, los mismos puntos de fricción.
Cinco años después, la feria regresó a la presencialidad tras las ediciones atravesadas por la pandemia. El balance de Infobae celebró el interés por las editoriales independientes, las ventas, la agenda y la expansión de FILBo Ciudad, pero también registró «poca atención en el control de aforos» en los pabellones más concurridos[3]. La consecuencia no era abstracta. Madres con niños de brazos, personas mayores y visitantes con discapacidad aparecían como quienes menos podían disfrutar el recorrido cuando la densidad crecía. El tumulto no afectaba a todos del mismo modo: quien podía cambiar de horario, volver otro día o desplazarse con facilidad tenía más posibilidades de corregir una mala experiencia. Quien llegaba en una excursión escolar, viajaba desde otra ciudad o necesitaba condiciones de accesibilidad debía aceptar la feria que encontrara.
En 2025, David Sáenz volvió sobre la misma promesa en El Espectador. Contó que el año anterior había salido diciendo «no vuelvo a la Feria» y, como ocurre con las promesas hechas después de una borrachera, regresó. Fue entre semana para evitar el ruido; no lo consiguió. Describió la FILBo como un continente imposible de recorrer en un día y decidió renunciar al recorrido completo[4]. La columna no es un alegato contra el evento. Sáenz observa estudiantes con bolsas, celebra su entusiasmo y desea que esos libros conduzcan a otros libros. Precisamente por eso resulta valiosa: el malestar ya no puede atribuirse únicamente al enemigo caricaturesco de la feria, al visitante impaciente que no ama la lectura. También aparece en quienes quieren estar allí, vuelven y encuentran razones para alegrarse.
Separadas, estas tres escenas podrían parecer quejas habituales en cualquier acontecimiento masivo. Juntas, y leídas al lado de la encuesta de 2017, dibujan una continuidad de casi una década. Cambian las ediciones, los países invitados y los lemas; persisten el agotamiento, la desorientación, el ruido y la dificultad de convertir la abundancia en un itinerario posible. La continuidad no demuestra que toda la feria sea un fracaso. Cientos de miles de personas regresan; algunas compran libros decisivos, escuchan a un autor que admiraban o descubren un catálogo que no habrían encontrado en otra parte. Tampoco demuestra que la experiencia haya empeorado linealmente. Para afirmarlo se necesitaría una serie comparable de encuestas que hoy no está publicada.
Lo que sí demuestra es que «no vuelvo» cumple una función crítica. Nombra el momento en que la convocatoria exitosa empieza a erosionar las condiciones del encuentro. Es menos un veredicto definitivo que una alarma repetida. Muchos de quienes la pronuncian vuelven porque la feria concentra algo que el resto del año escasea: libros, autores, conversación pública y la sensación de pertenecer a una comunidad cultural visible. La pregunta no es por qué incumplen su promesa. Es por qué una institución capaz de producir ese deseo acepta que el precio de realizarlo sea, con tanta frecuencia, la extenuación.
Quizá la primera enfermedad de la FILBo no sea el rechazo sino una forma de amor mal administrado. La gente quiere entrar; el espacio recibe ese deseo como flujo. Quiere descubrir; la programación responde con acumulación. Quiere detenerse; la feria la obliga a circular. Quiere conversar; el ruido multiplica voces hasta volverlas indistinguibles. Por eso la promesa de no volver no anuncia todavía la muerte del acontecimiento. Anuncia algo más incómodo: una feria tan necesaria para sus públicos que puede permitirse fatigarlos, confiada en que al año siguiente el deseo será otra vez más fuerte que el recuerdo del cansancio.
II. La aritmética del éxito
Toda feria necesita cifras. Debe saber cuántas personas ingresaron, cuánto espacio ocupó, cuántos expositores participaron, cuántas actividades realizó y qué movimiento económico produjo. Sin esa información no podría planear seguridad, asignar salas, negociar patrocinios ni rendir cuentas a los aliados públicos y privados. El problema de la FILBo no es que cuente. Es que sus balances convierten una clase de conteo —el volumen— en una teoría casi completa del éxito. Visitantes, metros cuadrados, invitados, eventos y expectativas de negocio aparecen dispuestos en una misma dirección: si cada cifra es grande, la feria funcionó.
La serie reciente permite observar esa gramática. En 2019, la edición número 32 reportó 605.000 visitantes durante trece días y 1.850 eventos. También informó un aumento de 10 % en las ventas de libros respecto del año anterior. En el balance divulgado entonces, el presidente ejecutivo de la Cámara Colombiana del Libro interpretó la asistencia masiva como apropiación pública de la feria y celebró el esfuerzo por ofrecer un evento «más impactante cada año»[5]. Después de la interrupción presencial de la pandemia, la edición de 2022 cerró con 517.000 visitantes y más de 1.600 eventos durante catorce días. El portal de la Alcaldía de Bogotá presentó el regreso como un reencuentro y afirmó que los lectores habían sido sus protagonistas[6].
En 2025, la duración aumentó a diecisiete días. El balance de la Cámara anunció 570.000 visitantes, 2.300 actividades, 600 expositores, 500 invitados nacionales e internacionales, 22 salas y 60.000 metros cuadrados de exhibición. Atribuyó a 250.000 personas asistencia a la programación cultural y académica[7]. En 2026, con una duración de catorce días, la organización volvió a reportar 2.300 actividades, ahora para 563.000 visitantes, además de 22 salas, 23 pabellones, 718 estands y los mismos 60.000 metros cuadrados[8]. La cifra total de público se mantuvo cerca de la de 2025 aunque el calendario fue tres días más corto, circunstancia que pudo elevar la densidad cotidiana dentro del recinto.
La comparación requiere cautela. Los balances no siempre definen del mismo modo «actividad», «visitante» o «asistente», y no sabemos si los sistemas de registro permanecieron idénticos. Aun así, la tendencia declarada es reveladora. Entre 2019 y 2026, el número de actividades creció 24,3 %, de 1.850 a 2.300, mientras las visitas reportadas disminuyeron 6,9 %, de 605.000 a 563.000. Son cálculos propios sobre las cifras de los organizadores, no una medición de calidad. Lo que muestran es que la programación se expandió mucho más rápido que el público disponible para atenderla.
Otra manera de verlo es calcular actividades por cada mil visitas: aproximadamente 3,1 en 2019 y 4,1 en 2026. O, a la inversa, dividir las visitas totales entre los eventos: la relación baja de unas 327 visitas por actividad a 245. Nadie debería interpretar esos cocientes como aforos reales. La mayoría de quienes entran no asiste necesariamente a una actividad, una persona puede asistir a varias y los eventos tienen capacidades muy distintas. Precisamente por eso sirven: no para describir ocupación, sino para mostrar la presión creciente que la oferta programática ejerce sobre una atención que no se multiplica al mismo ritmo.
El lenguaje institucional rara vez contempla que el crecimiento pueda tener rendimientos decrecientes. Más programación significa mayor diversidad; más expositores, mayor representación; más visitantes, mayor interés; más citas, mayor dinamismo. Cada elemento es plausible por separado. Sin embargo, la experiencia cultural no funciona como una suma sin límites. A partir de cierto punto, una nueva actividad no amplía las opciones efectivas de un visitante: compite con otras por el mismo horario, la misma capacidad de difusión y el mismo cuerpo cansado. Un pabellón adicional puede incorporar oferta y, al mismo tiempo, alargar los recorridos. Una audiencia más numerosa puede expresar interés y también saturar los corredores que deberían permitir el encuentro.
La propia edición de 2025 ofrece una pista. La Cámara celebró que 250.000 personas asistieran a 2.300 actividades. Si se toma esa cifra solo como ejercicio aritmético, produce un promedio de 109 asistencias por actividad. En 2026, los 220.000 asistentes anunciados en el encabezado del balance producirían un promedio cercano a 96. Pero los promedios ocultan justamente el problema que necesitamos comprender: una conversación con una figura internacional puede desbordar un auditorio mientras, a pocos metros, tres presentaciones de autores nuevos compiten por una decena de oyentes. El promedio puede ser razonable y la distribución, desastrosa.
No se trata, entonces, de sustituir la celebración automática por una condena automática. Que más de medio millón de visitas se concentren alrededor del libro sigue siendo un hecho cultural extraordinario. La escala permite ventas, descubrimientos y conversaciones que probablemente no existirían de otro modo. Pero la cifra de entrada solo demuestra que la feria convoca. No demuestra que orienta bien, que distribuye sus públicos, que cuida el tiempo de quienes asisten o que convierte el movimiento en experiencia.
La aritmética del éxito confunde capacidad de atracción con calidad de relación. Cuenta cuántas personas cruzan la puerta, no cuánto pueden detenerse; cuántas actividades comienzan, no cuántas encuentran su público; cuántos metros se ocupan, no cuánta legibilidad produce el espacio. La pregunta ausente no es si la FILBo debe dejar de crecer. Es una pregunta elemental: ¿en qué punto el crecimiento deja de ampliar la feria y comienza a impedir que la feria quepa dentro de sí misma?
III. Dos mil trescientas cosas por hacer
Dos mil trescientas actividades son, antes que una cifra, un problema de tiempo. La FILBo 2026 duró catorce días, pero el instructivo para registrar eventos aclaraba que el martes de apertura no tendría programación cultural ni académica[9]. Si se distribuyera el total de manera uniforme entre los trece días restantes, el resultado sería cercano a 177 actividades diarias. La distribución real, por supuesto, no fue uniforme: los fines de semana, las franjas familiares, las jornadas profesionales y los eventos externos obedecen a ritmos distintos. Cada mañana, un visitante se enfrentaba a una cantidad de opciones que ninguna persona podía leer, comparar y recordar completamente.
La organización ofrecía filtros por fecha, público, temática y ubicación. La agenda digital distinguía primera infancia, niños, jóvenes, adultos, personas mayores y profesionales del libro; desplegaba categorías que iban de literatura, ciencia y poesía a cómic, música, periodismo, diversidad, inclusión, raíces, medioambiente y reconciliación; enumeraba auditorios, grandes salones, carpas, talleres, zonas de firmas y espacios de los invitados de honor[10]. Ese esfuerzo de clasificación es necesario y desmiente la idea de una agenda enteramente abandonada al azar. Pero un sistema de filtros no equivale todavía a una experiencia curada. Permite buscar cuando el visitante ya sabe qué desea. Ayuda menos a quien necesita comprender qué conversaciones propone la feria, qué recorridos tienen continuidad o por qué una actividad importa entre cientos que empiezan el mismo día.
El instructivo de registro permite observar la arquitectura que alimenta esa abundancia. Al contratar un estand con Corferias, el expositor recibe usuario y contraseña para acceder a la plataforma. Debe escoger un solo público, una temática, un lugar disponible, una fecha y una franja. Para la mayoría de los eventos se ofrecen siete turnos diarios: 10:00, 11:30, 1:00, 2:30, 4:00, 5:30 y 7:00, todos con duración única de sesenta minutos y pausas de media hora[9]. El documento explica cómo ingresar una actividad; no publica criterios editoriales para aceptarla, jerarquizarla, coordinarla con otras o asegurar que encuentre audiencia. La ausencia de esos criterios en el instructivo no prueba que no existan. Sí muestra que la interfaz visible para el expositor está diseñada, ante todo, para ocupar franjas disponibles.
La capacidad teórica ayuda a entender el resultado. Veintidós salas multiplicadas por siete franjas y trece días arrojan 2.002 turnos posibles. No todos operan con ese patrón: hay seminarios de varias horas, salas con horarios diferentes y actividades realizadas en estands, pabellones, librerías, bibliotecas, colegios y otras ciudades. Tampoco sabemos cuántos turnos quedaron sin usar. Pero la proximidad entre esa capacidad y el total anunciado sugiere una lógica de alta ocupación programática. A ella se agregan las agendas propias de instituciones: solo el Ministerio de las Culturas reportó cerca de 300 eventos en sus espacios; McDonald’s, patrocinador de la franja infantil y juvenil, alrededor de 300; Boyacá, 117; el Pabellón LEO, más de cien[8]. Las cifras pueden incluir actividades dentro del total general y no deben sumarse de nuevo. Lo que revelan es cuántos centros de programación conviven dentro de la misma feria.
La distinción crucial es entre pluralidad y agregación. Una programación plural permite que voces diferentes participen de una conversación común. Una programación agregada reúne las propuestas de muchos actores sin construir necesariamente relaciones legibles entre ellas. La primera requiere selección, secuencia, mediación y renuncia; la segunda puede crecer cada vez que aparece un nuevo estand, aliado, efeméride, patrocinador o programa institucional. Desde fuera, ambas producen la misma fotografía: una agenda extensa. Desde la experiencia del visitante son muy distintas. En una se reconocen caminos. En la otra se navega un inventario.
Esto no significa que una autoridad central deba decidir qué merece existir y qué debe desaparecer. Una feria del libro tiene razones democráticas y sectoriales para abrir espacio a editoriales pequeñas, instituciones regionales, autores sin celebridad, proyectos comunitarios y conversaciones especializadas que nunca llenarían el auditorio principal. Medir su valor solo por asistencia reproduciría las jerarquías que la bibliodiversidad intenta corregir. El problema no es que haya eventos minoritarios. Es programarlos sin garantizar condiciones mínimas de descubrimiento, diferenciación y encuentro; hacerlos competir simultáneamente con decenas de opciones y luego contar su mera realización como cumplimiento.
La inflación programática también afecta a quienes producen los eventos. Un autor emergente puede preparar durante meses una presentación que la plataforma sitúa en una hora técnicamente disponible pero culturalmente invisible. Una editorial pequeña puede haber pagado viaje, estand y ejemplares y descubrir que su conversación coincide con una figura mediática. Un moderador puede recibir público de paso que entra buscando una silla, mientras un lector interesado no consigue atravesar el recinto a tiempo. Nada de esto convierte una sala poco ocupada en prueba de irrelevancia. Puede ser el resultado previsible de una agenda que distribuye turnos con mayor precisión de la que distribuye atención.
La feria parece haber confundido durante años el derecho a participar con el deber de programar. Participar podría significar estar en una librería colectiva, formar parte de una ruta temática, intervenir en una conversación compartida, disponer de mediación editorial o encontrar una ventana digital posterior. No todo libro necesita un lanzamiento de sesenta minutos; no todo autor se beneficia de una mesa aislada; no toda institución debe demostrar presencia mediante una agenda propia. A veces curar consiste en combinar, desplazar, repetir en otro formato o decir no. La renuncia no empobrece necesariamente una programación. Puede hacerla legible.
Dos mil trescientas actividades prometen que siempre habrá algo por hacer. También producen el temor de estar perdiéndose algo mejor. El visitante acelera, consulta, cambia de rumbo, llega tarde, abandona. La abundancia, que debería ampliar su libertad, termina administrando su ansiedad. Una feria cultural no cumple su tarea cuando llena todas las franjas, sino cuando hace posible que alguien elija sin sentirse derrotado por aquello a lo que tuvo que renunciar. La pregunta, por tanto, no es cuántas cosas caben en el calendario. Es cuántas pueden convertirse, dentro de la atención limitada de un cuerpo, en una experiencia que permanezca.
IV. Auditorios llenos, auditorios vacíos
En toda FILBo conviven dos imágenes que parecen contradecirse. En una, cientos de personas esperan para escuchar a un autor conocido y el personal cierra la puerta porque el auditorio alcanzó su capacidad. En la otra, una escritora, un editor y un moderador conversan frente a filas de sillas vacías. Ambas pueden ocurrir a la misma hora y a pocos metros de distancia. Por eso la pregunta relevante no es si los auditorios estuvieron llenos o vacíos. Es cómo se distribuyó el público entre ellos, qué factores explicaron esa distribución y qué hizo la organización para corregir los extremos. Sobre esas preguntas, los balances públicos ofrecen muy poco.
El comunicado de cierre de 2026 comienza con una cifra: 563.000 visitantes, «de los cuales 220.000 asistieron» a 2.300 actividades realizadas en 22 salas. Ocho líneas después, el mismo texto habla de «más de 225.000 personas» en esas actividades e incluye también eventos de Bogotá y ocho ciudades[8]. La diferencia de cinco mil representa apenas 0,9 % del total de visitas a la feria, pero no es irrelevante. No sabemos si la segunda cifra incorpora actividades externas, si una proviene de un corte anterior, si ambas son redondeos o si se trata de un error editorial. El documento no lo explica.
Más importante que la discrepancia es la ausencia de definición. «Asistieron» podría significar personas únicas, ingresos acumulados, conteos manuales por sala, registros producidos por organizadores, estimaciones de ocupación o una combinación de métodos. Si una persona acudió a cuatro conversaciones, ¿cuenta una vez o cuatro? Si alguien entró a un pabellón donde se desarrollaban actividades abiertas, ¿su paso se convierte en asistencia? ¿Las firmas, los talleres y los eventos en estands usan la misma unidad? ¿Los 220.000 se refieren solo a las 22 salas o a toda la programación que el balance describe? Sin metodología pública, el número comunica magnitud, pero no permite interpretar la experiencia.
El promedio aritmético sería de 96 asistencias por actividad si se usa 220.000, o de 98 si se usa 225.000. Ninguno autoriza a imaginar una sala típica con ese número de personas. Las capacidades varían; las actividades pueden repetirse; unas duran todo el día y otras una hora; el total mezcla programación profesional, cultural, infantil y externa. Además, la media borra la desigualdad. Diez eventos de quinientas personas y cuarenta de ninguna producirían el mismo total que cincuenta eventos de cien. Para evaluar la feria necesitaríamos, al menos, mediana de ocupación, distribución por rangos, capacidad ofrecida, eventos desbordados, actividades canceladas y proporción sin público o con asistencia mínima.
Hoy no existe evidencia pública suficiente para afirmar, como suele hacerse en conversaciones sectoriales, que «cientos» de eventos quedaron vacíos. La escena es verosímil y muchos editores la reconocen (incluyéndonos), pero convertirla en magnitud exige observación sistemática. Una próxima fase de esta investigación debería seleccionar franjas, salas y tipos de organizador; registrar aforo disponible y ocupado; distinguir público que permanece de quien entra y sale; anotar retrasos, cancelaciones y conflictos de horario. También debería entrevistar a autores, mediadores y asistentes. La crítica gana fuerza cuando admite qué no sabe.
Hay, sin embargo, un reconocimiento institucional decisivo. En respuesta a un derecho de petición de Chibalete Editores, la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte escribió que la FILBo, por ser un escenario «masivo, abierto y con poco control sobre muestreos», representa un desafío para las mediciones de acceso, percepción, impacto, barreras, formación de públicos y apropiación cultural. Añadió que el problema sería abordado a partir de otros instrumentos y que en 2024 se había realizado un piloto, no en la FILBo, sino con editoriales participantes en La Vuelta[11]. La respuesta es valiosa porque no pretende resolver con retórica una dificultad metodológica real.
También revela un desfase. La relación institucional con la feria está amparada en un convenio que considera la inversión cultural gasto público social; la Secretaría afirma que la masividad potencia «de manera exponencial» los objetivos de la política de lectura y que el contacto entre creadores y lectores produce vínculos duraderos[11]. Pero la entidad todavía no dispone de una medición capaz de demostrar, para este escenario, acceso efectivo, barreras, percepción o impacto. La promesa causal es más robusta que el instrumento que debería verificarla.
La solución no consiste en instalar torniquetes dentro de cada auditorio hasta volver policial una experiencia cultural. Existen métodos menos invasivos: sensores de aforo con protección de datos, muestras manuales, reservas voluntarias, encuestas breves, observadores rotativos, información de capacidad en tiempo real y análisis diferenciado por tipo de evento. Tampoco todo debe reducirse a ocupación. Una conversación de veinte personas puede ser extraordinaria; una de quinientas, superficial. Pero incluso esa defensa de lo pequeño exige saber si las veinte llegaron porque eligieron el evento o si fueron las únicas que lograron encontrarlo.
Mientras no se publique la distribución, «220.000 asistentes» funciona como una cortina estadística: ilumina el total y deja en sombra sus desigualdades. Los auditorios llenos justifican el éxito; los vacíos se privatizan como fracaso del autor o de la editorial. La organización se atribuye la suma, pero cada participante carga con la dispersión. Una feria responsable debería hacer lo contrario: celebrar la convocatoria colectiva y asumir pública e institucionalmente la tarea de que la atención no se concentre hasta el desborde en unos pocos nombres mientras el resto de la programación desaparece en el ruido que ella misma produjo.
V. Los estudiantes como cifra
En el balance de 2026, los estudiantes aparecen con una precisión que contrasta con otras cifras: 52.550 provenientes de colegios públicos y privados asistieron a actividades de programación infantil y juvenil. Más adelante, el mismo documento redondea el dato a 52.500[8]. Son cerca de 3.750 estudiantes por cada uno de los catorce días y equivalen, si se comparan unidades que quizá no sean idénticas, a poco más de 9 % del total de visitas. La imagen es poderosa: buses frente a Corferias, grupos con uniformes distintos, docentes contando alumnos antes de cambiar de pabellón, jóvenes que por unas horas ocupan el centro del acontecimiento editorial más visible del país.
Llevarlos importa. Para algunos, la visita puede ser la primera ocasión de recorrer una librería de esa escala, escuchar a un escritor, descubrir una novela gráfica, recibir un libro o comprender que detrás de una portada existe una cadena de trabajos. En 2026, la ruta infantil incluyó sala de primera infancia, Pabellón Rafael Pombo, talleres, actividades lúdicas y programación de literatura infantil y juvenil. La feria sí dispone de una oferta dirigida a ellos; reducir la salida escolar a una excursión inútil sería tan simplista como declararla formativa solo porque ocurrió.
La diferencia se encuentra en la mediación. Una visita pedagógica comienza antes de cruzar la puerta. Supone que docentes y estudiantes conozcan algunas opciones, formulen preguntas, elijan recorridos acordes con sus intereses y entiendan qué pueden encontrar. Durante la feria requiere tiempos posibles, puntos de orientación, grupos de tamaño manejable, oportunidades de conversación y alguna autonomía para desviarse del itinerario. Después necesita una forma de regreso: hablar de lo visto, leer un libro descubierto, discutir qué incomodó, reconocer qué quedó por fuera. Sin esas tres etapas, transportar estudiantes produce asistencia escolar, no necesariamente experiencia lectora.
Los balances no permiten saber cuántos colegios prepararon la salida de ese modo. No informan duración promedio de la visita, actividades escogidas, libros consultados o comprados, conversaciones con autores, disponibilidad de bonos, rutas seguidas, valoración de docentes ni trabajo posterior en el aula. Tampoco sabemos cuántos jóvenes fueron por elección, cuántos podían separarse del grupo, cuántos encontraron una actividad relacionada con sus lecturas y cuántos pasaron buena parte del día esperando a que el curso se reorganizara. La cifra de entrada trata como equivalentes experiencias que pudieron ser radicalmente distintas.
La propia programación muestra otro problema. El Pabellón Rafael Pombo recibió 83.248 personas, pero el balance mezcla allí estudiantes y «público itinerante». McDonald’s, patrocinador oficial de la franja infantil y juvenil, informó más de 50.000 personas en alrededor de 300 actividades. Fundalectura reportó más de 8.000 en 62 eventos, y la sala de primera infancia, 2.500[8]. No sabemos cuánto se superponen esos conteos ni qué proporción corresponde a los 52.550 estudiantes. No hay nada irregular en que una misma persona pase por varios espacios; eso es precisamente una visita. El problema aparece cuando las cifras se presentan juntas sin explicar su relación y producen una impresión de impacto acumulativo que no puede verificarse.
Además, la experiencia escolar está atravesada por desigualdades materiales que la feria no crea, pero puede reproducir. Algunos estudiantes llegan con una lista, dinero, acompañamiento familiar previo y familiaridad con librerías; otros dependen por completo de lo que la institución haya organizado. Para unos, el precio de entrada y el transporte son apenas el comienzo de una jornada de compra; para otros, los libros permanecen como objetos que pueden mirar pero no llevar. La entrega de colecciones públicas y los espacios gratuitos corrigen parcialmente esa brecha, pero no la eliminan. La pregunta «¿qué compraste?» puede convertir una visita cultural en una pedagogía involuntaria de la diferencia económica.
El contexto educativo obliga a no trivializar esa distancia. En una respuesta de julio de 2026, el Ministerio de Educación reportó que, dentro de la población de educación inicial seguida por el Sistema de Seguimiento al Desarrollo Integral, 60,2 % accedía a ambientes pedagógicos lectores y culturalmente enriquecidos[12]. El dato corresponde a primera infancia atendida en servicios específicos; no describe a los estudiantes de colegio que visitaron la FILBo y no debe compararse directamente con ellos. Sirve como contexto: el acceso cotidiano a ambientes lectores no está garantizado ni siquiera dentro de una población institucionalmente acompañada. Para muchos niños, una feria masiva puede ser una excepción luminosa en una trayectoria con pocas oportunidades de contacto sostenido.
Precisamente por eso no basta con contarlos. Si la FILBo y las entidades públicas invocan formación de públicos, deberían diseñar una evaluación proporcional a esa promesa. Podrían seleccionar una muestra de colegios; preguntar antes qué esperan los estudiantes; registrar las rutas; recoger diarios breves, dibujos o audios; entrevistar a docentes; volver semanas después para saber si algún libro entró al aula. No se trataría de examinar a los jóvenes ni de convertir el placer en indicador escolar. Se trataría de escuchar su experiencia en lugar de usarlos como prueba visual de masividad.
La Secretaría Distrital afirma que programas de mediación, laboratorios de creación y estrategias para primera infancia buscan producir vínculos duraderos con la cultura escrita. Al mismo tiempo, admite que todavía debe desarrollar instrumentos para medir acceso, percepción, barreras e impacto en la FILBo[11]. Entre ambas afirmaciones se abre una tarea pública concreta. Un vínculo duradero no puede inferirse de un torniquete. Requiere saber qué encontró el estudiante, qué pudo elegir, qué conversación continuó y qué condiciones permitieron —o impidieron— que la salida se transformara en lectura.
Los 52.550 estudiantes no son un resultado; son una responsabilidad. Cada uno llegó con una historia lectora distinta y salió con una experiencia que la feria no ha hecho visible. Mientras solo conozcamos el tamaño del contingente, la institución podrá decir que los llevó hasta los libros, pero no que construyó un encuentro entre ellos. La diferencia es la misma que atraviesa toda la FILBo: mover cuerpos hacia un espacio cultural es necesario; producir condiciones para que algo significativo ocurra dentro de ese espacio es el trabajo verdadero.
VI. Una multitud no es una comunidad lectora
En el cierre de 2026, Tatiana Rudd, jefe de proyecto de la FILBo por Corferias, formuló la conclusión más ambiciosa del balance: «este sí es un país lector»[8]. La prueba eran «los resultados» de la feria: 563.000 visitas, miles de actividades, ventas satisfactorias según las editoriales, autores, firmas y negocios. La frase resulta comprensible como celebración. En un país donde se repite con facilidad que nadie lee, ver pabellones llenos permite oponer una imagen distinta. El problema comienza cuando una imagen producida durante dos semanas se usa para establecer una propiedad del país entero.
Asistencia, consumo, circulación y lectura son fenómenos relacionados, pero no equivalentes. Asistir significa ingresar a un acontecimiento. Consumir puede consistir en comprar un libro, comida, una entrada o cualquier otro bien. Circular significa que los libros se desplazan y encuentran disponibilidad. Leer supone prácticas muy diversas: detenerse en un texto, terminarlo o no, comentarlo, estudiarlo, volver a él, hacerlo parte de una relación sostenida. Una feria puede favorecer todas esas cosas sin que el número de entradas demuestre por sí mismo cuántas ocurrieron.
La diferencia no busca expulsar a nadie. Una persona puede ir a acompañar a sus hijos, encontrarse con amigos, ver una exposición, asistir a un concierto, comprar un regalo, comer, buscar una firma o simplemente recorrer. Su visita es legítima aunque no compre ni lea un libro ese día. La feria es un espacio público y cultural, no un examen de pureza lectora. Lo que debe evitarse es el movimiento inverso: convertir administrativamente toda presencia legítima en evidencia automática de formación o hábito lector.
La encuesta del Observatorio de Turismo de 2017 ayuda a precisar el límite. Fue un ejercicio probabilístico robusto para su universo: 2.505 encuestas, diseño aleatorio estratificado por días y selección de asistentes en las filas de ingreso[12]. Podía caracterizar a quienes estaban entrando a la FILBo; no a la población colombiana. Entre los visitantes nacionales no residentes consultados, 83,9 % dijo que la feria era el principal motivo de su viaje a Bogotá, y 71,8 % había asistido a más de diez ediciones. Esos datos muestran capacidad de atracción y una comunidad fiel. También muestran autoselección: una encuesta en la puerta de la feria encuentra, como es natural, personas más vinculadas al evento que quienes nunca pudieron o quisieron llegar.
El salto lógico puede formularse con sencillez. De «muchas personas visitaron una feria del libro» no se sigue «Colombia es un país lector», del mismo modo que la asistencia masiva a un estadio no permite describir la práctica deportiva cotidiana de toda la población. Para sostener la afirmación nacional se necesitarían encuestas representativas sobre frecuencia, diversidad de lecturas, acceso, compra, uso de bibliotecas, mediación y continuidad; y aun esas mediciones tendrían límites. La FILBo puede dialogar con ellas, ofrecer indicios cualitativos y crear oportunidades. No puede sustituirlas.
En Sopa de letras ya habíamos descrito la feria como una concentración temporal de la vida cultural que Colombia quisiera sostener durante todo el año. El ensayo Un país lector… de solo dos semanas distinguía intensidad de continuidad: una feria produce un momento excepcional; un ecosistema lector depende de librerías, bibliotecas, escuelas, distribución, mediadores y comunidades capaces de mantener relaciones con el libro cuando termina el acontecimiento[13]. La multitud no es falsa. La inferencia estructural es la que resulta excesiva.
Esta distinción protege a la propia feria de una carga imposible. Si cada edición debe demostrar que Colombia lee, cualquier crítica a su funcionamiento parece un ataque a la lectura nacional. Los organizadores quedan tentados a defender cada aumento de público como una victoria cultural; los visitantes son transformados en símbolos; los problemas de acceso, circulación y sostenibilidad del resto del año desaparecen detrás de la fotografía del pabellón lleno. La FILBo pasa de ser una institución concreta, perfectible y evaluable, a funcionar como plebiscito anual sobre el valor del libro.
También se pierde la posibilidad de reconocer comunidades lectoras que no pasan por Corferias. Bibliotecas comunitarias, clubes barriales, escuelas rurales, librerías de otras ciudades, lecturas digitales, oralidades y prácticas familiares no se vuelven menos reales porque no produzcan medio millón de entradas. Al identificar país lector con multitud ferial, se privilegia lo visible, concentrado y contabilizable. Una cultura lectora distribuida suele ser menos fotogénica: ocurre en tiempos lentos, grupos pequeños y espacios que no tienen torniquetes.
Decir que la multitud no es una comunidad lectora no significa que no pueda contener muchas. Dentro de la feria se reúnen lectores de poesía, cómic, ensayo, romance, textos académicos, literatura infantil, ciencia y religión; algunos regresan durante años, otros llegan por primera vez. El reto institucional es permitir que esas afinidades se reconozcan, conversen y continúen después. Para ello habría que medir no solo cuántos entraron, sino qué descubrieron, qué relaciones iniciaron, si regresaron a una librería o biblioteca, y qué barreras encontraron.
La frase «este sí es un país lector» quiere corregir un prejuicio, pero termina reemplazándolo por una simplificación inversa. Colombia no es un desierto sin lectores ni una nación cuya densidad lectora pueda probarse con catorce días de feria. Es un país con prácticas intensas y desiguales, infraestructuras frágiles, comunidades persistentes y enormes brechas de acceso. La FILBo hace visible una parte valiosa de esa realidad. Su importancia no necesita una conclusión estadística que sus propios datos no pueden sostener. Puede convocar esa realidad, interrogarla y cuidarla; no convertir una concurrencia excepcional en certificado nacional permanente.
VII. Lo que la feria no sabe sobre sí misma
Una institución puede producir muchas cifras y saber poco sobre sí misma. No porque los datos sean falsos, sino porque se encuentran dispersos, carecen de definiciones estables o responden mejor a las necesidades de comunicación que a las preguntas de evaluación. La FILBo sabe cuántas entradas registra, cuántos metros comercializa, cuántas actividades anuncia y cuántas citas organiza. Sabe menos —o al menos publica mucho menos— sobre recorridos, tiempos de permanencia, distribución de públicos, barreras, ocupación de salas, repetición de asistentes y efectos posteriores. La diferencia entre ambos conocimientos explica por qué sus balances resultan impresionantes y, al mismo tiempo, insuficientes.
El comunicado de 2026 es un buen ejemplo, no una excepción que deba explotarse como escándalo. En el encabezado atribuye 220.000 asistentes a las actividades; en el cuerpo, más de 225.000. Primero informa 566 expositores en 23 pabellones; después habla de 573 nacionales y 29 internacionales, que sumarían 602; al final ofrece 537 nacionales y 29 internacionales, que vuelven a sumar 566. Afirma que de 433 autores participantes, 191 fueron mujeres y 149 hombres: esos dos grupos suman 340, no 433, aunque los porcentajes publicados —57 y 43— sí se aproximan a la distribución dentro de esos 340[8]. Quizá los 93 restantes pertenecían a categorías no desagregadas o quizá «433» incluía participantes que no eran autores. El texto no lo aclara.
La precisión crítica consiste en no convertir esas diferencias en una acusación de manipulación. Pueden surgir de cortes temporales, universos distintos, redondeos, errores de edición o cambios entre la apertura y el cierre. Una feria de esta escala reúne información de decenas de operadores y aliados. Es razonable que consolidarla sea difícil. Lo que no resulta razonable es publicar cifras incompatibles sin nota metodológica y esperar que todas funcionen simultáneamente como prueba de éxito. La trazabilidad no es un lujo académico: permite saber qué se está celebrando.
La inconsistencia no se limita a una edición. El balance público de mayo de 2025 señaló que 250.000 personas asistieron a las 2.300 actividades y visitaron 22 salas[7]. Las Memorias y estados financieros 2025 de la Cámara Colombiana del Libro, publicadas en 2026, mantuvieron las 570.000 visitas totales pero elevaron a 280.000 la asistencia a la programación académica y cultural[14]. Treinta mil registros de diferencia no cambian el reconocimiento general de que hubo una participación masiva. Sí cambian cualquier análisis de tasa de asistencia, ocupación media o comparación con 2026. Sin definición y versión de cada indicador, la serie histórica se vuelve aparente: los números están allí, pero no necesariamente miden lo mismo.
Los derechos de petición que enviamos para obtener la mirada de las instituciones sobre este tema muestran que el problema no es solo editorial. En mayo de 2026, Corferias respondió una solicitud de planos, series de ocupación, bases de expositores y evolución espacial. Explicó que la geografía cambia por crecimiento o contracción del sector, necesidades comerciales, reglamentación y condiciones del recinto. Luego reconoció: «no tenemos sistematizado[s] los cambios que año tras año ha tenido la geografía de la FILBo»[15]. La respuesta es reveladora porque el espacio no es un aspecto periférico de la experiencia. Determina qué editoriales se encuentran, qué recorridos son posibles, dónde se forman cuellos de botella y qué zonas concentran visibilidad.
La Cámara Colombiana del Libro, por su parte, respondió que tiene a cargo «la coordinación y ejecución de la programación cultural» y que no produce, administra, consolida ni custodia información técnica, comercial, logística, estadística o documental sobre expositores, estands, distribución espacial, infraestructura, ocupación o bases comerciales[16]. Corferias remitió preguntas sectoriales a la Cámara; la Cámara remitió la solicitud técnica a Corferias. Cada entidad puede tener una delimitación contractual legítima. El resultado, visto desde el interés público, es una feria sin un custodio evidente de su memoria integral.
Esa fragmentación ayuda a explicar por qué la organización puede anunciar un balance, pero no reconstruir fácilmente la transformación que lo produjo. Para saber si aumentaron los objetos no editoriales, si las independientes ganaron o perdieron superficie, si la programación se desplazó, si los recorridos se hicieron más largos o si la densidad cambió, se necesitarían planos comparables, categorías estables y bases versionadas. Corferias admite que no sistematizó esa geografía. La Secretaría Distrital reconoce que aún debe construir instrumentos para medir barreras, acceso e impacto en un escenario masivo[11]. La feria cuenta su presente promocional mejor de lo que conserva su pasado analítico.
Sin memoria, cada edición comienza casi desde cero. Las quejas sobre aglomeración pueden repetirse durante una década sin convertirse en indicador; la inflación de actividades puede presentarse como novedad anual sin evaluar su efecto acumulado; un cambio espacial puede justificarse por contingencias sin quedar disponible para comparación posterior. La organización aprende operativamente —sería absurdo pensar lo contrario—, pero ese aprendizaje no se transforma en conocimiento público verificable. Y cuando participan recursos, políticas y entidades públicas, la evaluación no debería depender de lo que cada operador recuerde o decida divulgar.
Lo que falta no es una montaña de datos personales. Bastaría comenzar por una infraestructura sobria: diccionario de indicadores; metodología de conteo; series de visitas y asistencias; agenda descargable con horarios, capacidades, ubicaciones y organizadores; ocupación agregada por rangos; cancelaciones; encuesta comparable de experiencia; planos anuales sin información contractual; y un informe que separe resultados culturales, comerciales, educativos y territoriales. Ninguna de esas piezas exige vigilar a cada lector. Exige que la feria se mire con la misma seriedad con la que se anuncia.
La ignorancia institucional no consiste en no tener todas las respuestas. Consiste en no preservar las preguntas. La FILBo sabe que recibió 563.000 visitas; no puede explicar públicamente cómo se distribuyeron 220.000 o 225.000 asistencias, por qué sus totales de expositores divergen o qué cambió en la experiencia espacial durante diez años. Puede ser la feria editorial más importante del país y, al mismo tiempo, carecer de una arquitectura estadística a la altura de su influencia. Reconocerlo no disminuye su éxito. Permite, por primera vez, preguntarse qué clase de éxito está produciendo.
Epílogo. Una feria demasiado exitosa para preguntarse si funciona
Vuelve la promesa. «No vuelvo», dice el visitante mientras busca la salida, acomoda las bolsas y calcula cuánto tardará en encontrar transporte. Lo dijo alguien en 2017 después de las filas, alguien en 2025 después del ruido y probablemente muchos otros cuyas experiencias nunca llegaron a una columna. La mayoría no está anunciando un boicot. Está intentando recuperar, mediante una frase definitiva, algo de control sobre un día que se volvió demasiado grande. Algunos regresarán. El año siguiente traerá otro invitado, otros libros, la expectativa de un encuentro irrepetible.
La FILBo puede interpretar ese regreso como absolución. Si las personas vuelven y la cifra supera el medio millón, el tumulto parecerá apenas el costo inevitable de la popularidad. Pero una institución cultural no debería medir su responsabilidad por el límite de fatiga que su público está dispuesto a soportar. La demanda no corrige por sí sola una mala experiencia; a veces la encubre. Hay bienes culturales escasos —un autor, una comunidad, una concentración de catálogos— por los que la gente acepta condiciones que criticaría en cualquier otro servicio. La lealtad del visitante no libera a la feria de cuidarlo. La obliga más.
Este ensayo no ha mostrado una feria vacía ni moribunda. Ha mostrado algo más paradójico: una feria cuya potencia de convocatoria amenaza con devorar las condiciones que dan sentido a esa convocatoria. El éxito atrae más actores; los actores producen más programación; la programación exige más recorridos, señales y decisiones; la diversidad se vuelve simultaneidad; la simultaneidad dispersa públicos; la dispersión se compensa anunciando todavía más oferta. El acontecimiento crece, pero la atención humana conserva el mismo tamaño. No hay expansión de metros cuadrados que modifique ese límite.
Por eso la salida no es reducir la FILBo a una feria pequeña, exclusiva y confortable para quienes ya conocen el mundo editorial. El tumulto tampoco puede resolverse expulsando estudiantes, familias, visitantes ocasionales o personas que no compran. Esa sería una cura clasista: salvar la experiencia de unos restringiendo el derecho cultural de otros. La pregunta correcta es cómo diseñar masividad sin tratar al público como una masa. Una feria democrática no es aquella donde todos logran entrar a la vez, sino aquella donde públicos distintos pueden orientarse, descansar, elegir y encontrar condiciones reales de participación.
Eso exige desacelerar. No necesariamente hacer menos en todos los frentes, sino dejar de usar la cantidad de actividades como unidad principal de ambición. Algunas conversaciones podrían repetirse; otras integrarse en ciclos; ciertos lanzamientos transformarse en rutas de descubrimiento; los eventos de autores emergentes recibir mediación y franjas protegidas; los auditorios de alta demanda usar reserva parcial sin cerrar el acceso espontáneo; la agenda debería explicar relaciones y no solo ofrecer filtros. Curar también es organizar el tiempo para que una voz pueda ser escuchada antes de añadir la siguiente.
Exige, además, tratar el espacio como contenido cultural. Los mapas no deberían servir únicamente para localizar pabellones, sino para anticipar tiempos, densidades, accesibilidad, zonas de descanso y alternativas cuando un lugar se llena. La señalización puede contar rutas según intereses y disponibilidad; la información en tiempo real puede evitar desplazamientos inútiles; los corredores necesitan permanecer transitables; los cuerpos requieren agua, baños, sillas y momentos de silencio. Nada de eso es infraestructura secundaria frente a los libros. Es la condición material que permite detenerse ante ellos.
Para los estudiantes, funcionar debería significar algo más que llegar. Habría que articular rutas con docentes, ofrecer materiales previos, permitir elecciones, garantizar mediación y escuchar después. Para los expositores, debería significar algo más que obtener una franja: conocer el público posible, evitar choques evidentes, recibir información de desempeño y participar en una conversación curada. Para los autores, algo más que figurar en una agenda. Para los visitantes, algo más que convertirse en una unidad de asistencia.
Y para las instituciones, funcionar debe significar aprender. Publicar metodología, conservar planos, comparar encuestas, reconocer cancelaciones y mostrar distribuciones no debilitaría la imagen de la FILBo. La haría adulta. Una feria que recibe apoyo público, representa al sector y organiza buena parte de la conversación anual sobre el libro no puede depender exclusivamente de comunicados de cierre. Necesita una memoria crítica que le permita distinguir entre convocar, ocupar, vender, formar, incluir y transformar. Son logros diferentes; medir uno no autoriza a declarar cumplidos los demás.
Nada de esto niega la alegría real que ocurre en Corferias. Allí un niño puede escoger por primera vez un libro sin la instrucción de un adulto. Una editora puede encontrar a la lectora para quien trabajó durante años. Un profesor puede escuchar una idea que regresa al aula. Una persona puede descubrir una voz que cambia su manera de mirar. Esos encuentros no aparecen completos en una estadística, pero tampoco nacen por generación espontánea. La organización puede favorecerlos o volverlos improbables. La experiencia cultural es frágil: necesita atención, tiempo, mediación y un espacio donde algo pueda interrumpir el ruido.
La FILBo no está enferma porque tenga demasiada gente. Está en riesgo cuando convierte esa gente en su argumento final y deja de preguntarse qué le ocurre dentro. Tampoco está enferma porque ofrezca demasiado. Lo está cuando la oferta pierde jerarquía, continuidad y sentido, y la imposibilidad de abarcarla se presenta como riqueza suficiente. Una multitud puede ser una promesa cultural enorme. Pero una promesa no se cumple contando cuántos cuerpos reunió; se cumple construyendo las condiciones para que esos cuerpos dejen de ser multitud y puedan convertirse, siquiera por un momento, en lectores, interlocutores y comunidad.
Tal vez entonces «no vuelvo» deje de ser el estribillo inevitable de quienes aman la feria a pesar de la feria. No porque desaparezcan las filas ni porque toda actividad encuentre el auditorio perfecto. Un evento vivo siempre tendrá fricciones, elecciones perdidas y días difíciles. La diferencia sería que el cansancio dejara de sentirse como abandono institucional y empezara a parecer el resultado razonable de una jornada intensa pero habitable. La FILBo ya demostró que puede llenar el recinto. Su desafío más difícil es otro: hacer espacio dentro de esa plenitud.
Notas y fuentes
Las fuentes institucionales no enlazadas corresponden al archivo de investigación de Chibalete Editores y se identifican por entidad, fecha y radicado.
[1] Adriana Rojas Espitia, «Cinco razones por las que no vuelvo a la Feria del libro de Bogotá», Las2orillas, 8 de mayo de 2017. https://www.las2orillas.co/cinco-razones-las-no-vuelvo-la-feria-del-libro-bogota/
[2] Instituto Distrital de Turismo, Observatorio de Turismo, Resultados encuesta Feria Internacional del Libro de Bogotá 2017, 2017, pp. 2 y 18–21. https://observatorio.idt.gov.co/sites/default/files/2024-12/Resultados_filbo_2017.pdf
[3] «Lo bueno, lo malo y lo feo de la FILBo 2022», Infobae, 3 de mayo de 2022. https://www.infobae.com/america/colombia/2022/05/03/lo-bueno-lo-malo-y-lo-feo-de-la-filbo-2022/
[4] David Sáenz, «FILBo 2025 (Opinión)», El Espectador, 3 de mayo de 2025. https://www.elespectador.com/el-magazin-cultural/filbo-2025-opinion-feria-del-libro-en-bogota/
[5] «Tras 13 días y más de 1.850 eventos, finaliza la Feria Internacional del Libro de Bogotá, FILBo», Gestión Solidaria, 7 de mayo de 2019. El texto reproduce declaraciones de los organizadores y el balance de cierre. https://gestionsolidaria.com/2019/05/07/tras-13-dias-y-mas-de-1-850-eventos-finaliza-la-feria-internacional-del-libro-de-bogota-filbo/
[6] Alcaldía Mayor de Bogotá, «Más de 50 mil personas visitaron el Pabellón Leer Para la Vida en la FILBo», 1 de mayo de 2022. La nota incorpora el balance general de cierre: 517.000 visitantes y más de 1.600 eventos. https://bogota.gov.co/mi-ciudad/cultura-recreacion-y-deporte/balance-y-cifras-de-la-feria-internacional-de-libro-2022-en-bogota
[7] Cámara Colombiana del Libro, «FILBo 2025 cierra con 570 mil asistentes y consolida su papel como epicentro cultural del país», 12 de mayo de 2025. https://camlibro.com.co/filbo-2025-cierra-con-570-mil-asistentes-y-consolida-su-papel-como-epicentro-cultural-del-pais/
[8] Cámara Colombiana del Libro, «La FILBo recibió 563.000 visitantes durante 14 días», 5 de mayo de 2026. https://camlibro.com.co/la-filbo-recibio-563-000-visitantes-durante-14-dias/
[9] Feria Internacional del Libro de Bogotá, Paso a paso formulario de registro de eventos 2026, pp. 1–5. https://www.feriadellibro.com/pdf/PASO-A-PASO-FORMULARIO-DE-REGISTRO-DE-EVENTOS-2026.pdf
[10] Feria Internacional del Libro de Bogotá, «Programación — Agenda FILBo 2026». Consulta realizada el 15 de julio de 2026. https://www.feriadellibro.com/es/programacion/
[11] Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte, respuesta al derecho de petición de Chibalete Editores, radicado 20268000099291, 16 de junio de 2026, especialmente pp. 1, 5–6 y 9. Archivo de investigación de Chibalete Editores.
[12] Ministerio de Educación Nacional, respuesta al derecho de petición, radicado 2026-EE-243404, 1 de julio de 2026, pp. 3–5. El 60,2 % se refiere a niños y niñas en educación inicial dentro de la población seguida por el SSDI, con corte a septiembre de 2025. Archivo de investigación de Chibalete Editores.
[13] Chibalete Editores, «Un país lector… de solo dos semanas: la distancia entre la feria del libro y la infraestructura real de lectura en Colombia», Sopa de letras, 7 de mayo de 2026. https://chibaleteeditores.com/un-pais-lector-de-solo-dos-semanas/
[14] Cámara Colombiana del Libro, Memorias y estados financieros 2025, 2026, p. 14 del informe del presidente ejecutivo (p. 13 del archivo digital). https://camlibro.com.co/wp-content/uploads/2026/03/MEF2025-PC.pdf
[15] Corferias, respuesta al derecho de petición de Chibalete Editores sobre participación editorial, distribución espacial y estructura de expositores de la FILBo 2016–2025, 14 de mayo de 2026, pp. 1–3. Archivo de investigación de Chibalete Editores.
[16] Cámara Colombiana del Libro, respuesta al derecho de petición de Chibalete Editores sobre participación editorial, distribución espacial y estructura de expositores de la FILBo 2016–2025, 26 de mayo de 2026, p. 1. Archivo de investigación de Chibalete Editores.