julio 31, 2026
¿Todavía es una feria del libro?
Plantas, pegatinas, pabellones y la disputa por el centro de la FILBo
Nota metodológica
Este ensayo distingue observación, evidencia documental e inferencia. La presencia de plantas, pegatinas, juguetes u objetos decorativos se formula inicialmente como una escena de campo y una hipótesis que requiere inventarios comparables; no se le atribuyen proporciones que las fuentes no permiten calcular. La distribución de 2026 se reconstruye con el plano general de la edición y materiales de los expositores. Los modelos internacionales se usan como comparación, no como recetas. «Centro» designa aquí un principio de organización cultural, espacial y económica, no una exigencia de pureza estética.
I. La planta junto al libro
En un corredor de la FILBo, el libro ilustrado comparte el campo visual con una libreta, una pegatina, una camiseta, un juguete, un objeto decorativo y una planta. La escena no necesita ser idéntica en todos los pabellones para resultar reconocible. A un lado, una persona hojea una novela; al otro, alguien escoge un pin; más adelante, una familia se detiene frente a una mesa que podría estar en una feria de diseño. El recorrido no anuncia una frontera clara. Todo aparece bajo la misma promesa general de la Feria Internacional del Libro de Bogotá.
Para muchos visitantes, esa convivencia es una virtud. La variedad permite descansar de la lectura intensiva, encontrar un regalo, acercar a un niño mediante el juego o descubrir que una narración puede prolongarse en imágenes, ropa, sonido y objetos. Una feria popular no tiene por qué parecerse a una biblioteca silenciosa ni a una reunión exclusiva de editores. El libro nunca ha vivido aislado: depende del papel, la ilustración, la tipografía, la encuadernación, la publicidad, la conversación y el comercio. Exigir que nada más cruce la puerta sería fabricar una pureza que no existe ni en la historia del libro ni en la experiencia contemporánea de leer.
Para un editor, sin embargo, la misma escena puede producir otra lectura. El estand se pagó para vender libros en el acontecimiento editorial más importante del país. Cada objeto que compite por la mirada participa también en la distribución de un recurso escaso: la atención. Una pegatina de compra rápida puede resolver mejor el impulso de gasto que un libro cuyo precio y tiempo de lectura exigen deliberación. Una planta puede ofrecer una pausa visual dentro de un recinto saturado; también puede ocupar metros y tráfico que la feria legitima por su relación con la edición. La inquietud no nace necesariamente del desprecio hacia el objeto, sino de una pregunta por las condiciones de competencia.
Conviene resistir dos atajos. El primero es moralizar el consumo: suponer que quien compra una libreta o una camiseta es un visitante inferior al que compra una novela. No lo es. Puede haber leído antes, comprar después o encontrar en ese objeto una relación afectiva con una obra. El segundo es convertir una impresión reiterada en una estadística. Hoy no contamos con una serie histórica que indique qué superficie corresponde a libros, qué porcentaje ocupan productos relacionados y cuánto ha crecido el comercio genérico. Las observaciones directas y los testimonios pueden justificar la investigación, pero todavía no autorizan a afirmar que las plantas o las pegatinas «se tomaron» la FILBo. [1]
La propia oferta distrital muestra por qué el objeto no basta para clasificar la relación. En 2025, Idartes anunció dentro de su Zona de Arte y Emprendimiento agendas plantables elaboradas con papel orgánico y semillas, junto con cuadernos de dibujo, pigmentos naturales, pines, serigrafías y prendas ilustradas. [2] Una agenda plantable puede parecer, según el ángulo, papelería, diseño sostenible, soporte de escritura o pequeña planta futura. Su ambigüedad es productiva: obliga a preguntar por el proceso, la mediación y el contexto en lugar de condenarla por su apariencia.
También obliga a separar dos debates que suelen confundirse. Uno pregunta por la calidad, la belleza o la utilidad de un producto; el otro, por la función que cumple dentro de una infraestructura editorial. Un objeto puede ser excelente y no pertenecer al núcleo de la feria. Puede ser modesto y, sin embargo, revelar un oficio esencial del libro.
Una clasificación razonable podría considerar si el objeto nace de una obra o un catálogo; si participa en la producción, circulación o mediación de lectura y escritura; si hace visible un oficio del libro; o si simplemente aprovecha el caudal de visitantes. Las respuestas no siempre serán binarias. Un juego puede adaptar una narración y enseñar a construir historias; otro puede carecer de cualquier vínculo editorial. Una lámina puede ser obra de un ilustrador publicado; otra, decoración genérica. Un juguete puede prolongar un universo narrativo o haber llegado porque se vende bien entre familias. El criterio no debería ser el material del producto, sino la relación que la organización puede explicar.
Esa relación importa porque la FILBo no es solo un edificio alquilado a vendedores independientes. Su nombre, sus alianzas públicas, su programación y su reputación crean una confianza específica. El visitante no entra a un bazar indiferenciado; entra a una feria que se presenta como reunión de la cadena del libro. [3] El editor tampoco contrata únicamente unos metros: compra presencia dentro de una promesa sectorial. Si esa promesa se amplía, quienes organizan deben poder decir cómo, con qué límites y para beneficio de qué ecosistema.
La planta junto al libro no constituye todavía la prueba de una decadencia. Es una pregunta material puesta sobre la mesa. ¿Está allí porque dialoga con la escritura, la ilustración o la sostenibilidad editorial? ¿Porque forma parte de una zona diferenciada de artes? ¿Porque un reglamento abierto considera suficiente que cualquier emprendimiento sea cultural? ¿O porque quinientas mil visitas representan una oportunidad comercial demasiado atractiva para reservarla al mundo del libro? Sin reglas visibles, el visitante solo puede adivinar y el editor solo puede sospechar.
Por eso el conflicto no se resuelve expulsando la planta. Se resuelve haciendo legible su lugar. Una feria puede ser hospitalaria con formas culturales distintas y conservar un centro si las relaciones están curadas, las zonas diferenciadas y la proporción es discutible públicamente. Cuando todo entra bajo la palabra cultura, esa palabra deja de orientar. La escena inicial no pregunta si la planta merece existir. Pregunta por qué está aquí, junto al libro, y quién asumió la responsabilidad de responder.
II. «Trascender» la feria convencional
En abril de 2024, Radio Nacional publicó una nota sobre los emprendimientos sostenibles, de arte y de cómic presentes en la FILBo. Describió las Zonas de Arte y Emprendimiento de Idartes, los artistas de Arte a la KY, las estatuas humanas, los fanzines y la impresión en risografía. El cierre condensó el sentido institucional de esa expansión: la FILBo sería un espacio para arte, emprendimiento y sostenibilidad, «trascendiendo su papel como una feria del libro convencional». [4] Idartes utilizó una formulación casi idéntica en su propia comunicación. [5]
«Trascender» no es un verbo inocente. Nombra un movimiento ascendente: se deja atrás una forma limitada para alcanzar otra más amplia, contemporánea o valiosa. Si la feria trasciende su condición convencional al incorporar arte y emprendimiento, una feria centrada en libros queda insinuada como insuficiente. La frase no dice que el libro desaparezca; lo convierte en punto de partida que debe ser superado. Allí se instala, antes que en los estands, la disputa por el centro.
Hay buenas razones para ampliar. La edición es una práctica interartística: necesita ilustradores, diseñadores, fotógrafos, impresores y artistas gráficos. El cómic, el fanzine y la risografía han renovado lenguajes y canales que la industria tradicional dejó en los márgenes. Las artes del espacio público encuentran en la feria audiencias nuevas. La sostenibilidad económica de los creadores es una política legítima, especialmente en una ciudad donde muchos trabajan sin circuitos estables de comercialización. Idartes explica que sus Zonas de Emprendimiento son plataformas destinadas a impulsar negocios de agentes artísticos y culturales. [6] No hay nada impropio en que una entidad pública use un escenario masivo para cumplir esa misión.
La pregunta es por qué ese escenario debe ser la feria del libro y bajo qué articulación. En 2026, la convocatoria de la ZAE invitó a emprendimientos artísticos y culturales a exhibir y comercializar «productos, obras o bienes» en uno de los encuentros editoriales más relevantes de América Latina. Su justificación fue la posibilidad de conectar con públicos, ampliar visibilidad y fortalecer procesos comerciales. [7] La relación con el libro aparece en el lugar —un encuentro editorial—, pero no en la descripción pública de los bienes. El tráfico es presentado como infraestructura disponible para la sostenibilidad de otro sector.
Eso puede ser una política razonable. También puede generar un subsidio cruzado que nadie ha discutido. La feria concentra visitantes gracias a décadas de prestigio literario, inversión editorial, programación, presencia institucional y trabajo de libreros y editores. Cuando esa multitud se ofrece a otros mercados culturales, el activo colectivo del libro produce valor para actividades distintas. Puede hacerlo con resultados fértiles; pero debería explicitar qué recibe a cambio la cadena editorial, qué proporción se destina a la expansión y cómo se evita que la rentabilidad rápida desplace a bienes de rotación más lenta.
La amplitud semántica de «cultura» no resuelve el problema. Una camiseta ilustrada, una maceta decorada, una pieza gráfica y una novela son objetos culturales en sentidos defendibles. Si esa condición basta, no existe un límite inteligible para una feria del libro: casi cualquier producto diseñado, narrado o consumido socialmente podría entrar. La cultura es el horizonte general; la curaduría debe formular la relación específica. De otro modo, la misión pública se vuelve incapaz de diferenciar entre integración del ecosistema y alquiler oportunista de audiencia.
El adjetivo «convencional» también merece sospecha. Las ferias de libros nunca fueron depósitos austeros. Desde sus orígenes modernos mezclan derechos, venta de ejemplares, representación nacional, espectáculo, pedagogía, tecnología y sociabilidad. Fráncfort negocia contenidos audiovisuales y juegos; Bolonia integra licencias, ilustración y narrativas digitales; Guadalajara combina encuentro profesional y festival cultural. [8] La alternativa no es una vieja feria de libros contra una nueva feria de experiencias. La cuestión es cómo las ferias que amplían sus fronteras nombran funciones, separan públicos y conservan una arquitectura orientada al negocio y la circulación editorial.
«Trascender» puede ocultar, además, una jerarquía entre el libro y lo que se supone más atractivo. En una economía de la atención, la exposición debe ser inmersiva, fotografiable, comprable y compartible. El libro parece exigir compensaciones: una tarima, una activación, un personaje, un café, un objeto. Algunas mediaciones abren la lectura; otras transmiten que el libro solo no basta para sostener interés. Si la feria adopta sin examen esa premisa, termina midiendo su modernidad por la cantidad de estímulos que añade y no por la calidad de relaciones que produce alrededor de los textos.
Nada de esto invalida a los artistas convocados. Sería injusto descargar sobre emprendimientos pequeños una decisión de arquitectura institucional. Ellos responden a invitaciones públicas y buscan ingresos en condiciones difíciles. Tampoco se trata de enfrentar editores precarios con artistas precarios para decidir quién merece el corredor. La responsabilidad corresponde a quienes diseñan la feria y sus convenios: deben evitar que una política de sostenibilidad para un sector se financie simbólicamente mediante la pérdida de legibilidad de otro.
Una formulación más exigente reemplazaría la trascendencia por la articulación. La FILBo no necesita superar su condición de feria del libro. Necesita demostrar cómo el arte, el emprendimiento y la sostenibilidad ayudan a producir, interpretar, circular o imaginar libros y lecturas; o, cuando no lo hacen, reconocerlos como un componente comercial complementario, limitado y diferenciado. La expansión deja entonces de ser una virtud automática y se convierte en una decisión evaluable.
El lenguaje importa porque prepara el plano. Si una feria convencional es aquello que debe dejarse atrás, cada incorporación parecerá progreso y cualquier límite, nostalgia. Si el libro conserva la función de principio organizador, la hospitalidad puede ser amplia sin ser indiferenciada. No preguntaremos si la FILBo ha logrado ser más que una feria del libro. Preguntaremos algo menos espectacular y más difícil: si todo lo que añadió fortaleció el mundo que le da nombre.
III. La geografía que nadie conserva
El 13 de mayo de 2026, Chibalete Editores solicitó a Corferias y a la Cámara Colombiana del Libro una serie histórica sobre la estructura espacial de la FILBo entre 2016 y 2025. La petición no preguntaba simplemente cuántas personas entraron. Solicitaba directorios de expositores, categorías, países, pabellones, números y áreas de estand, modalidades de participación, planos, nomenclaturas, superficies por tipo de actor, criterios de asignación y metodologías estadísticas. Explicaba que las denominaciones públicas —«fondos», «sellos», «expositores», «participantes»— habían variado hasta dificultar las comparaciones. [9]
La solicitud buscaba responder empíricamente la pregunta que anima este ensayo. ¿Cuánto espacio ocupan los libros? ¿Cuánto corresponde a edición, librerías, universidades, instituciones, ilustración, papelería, educación, gastronomía, emprendimiento artístico o comercio sin relación demostrable? ¿Qué categorías crecieron y cuáles se contrajeron? ¿Cómo cambiaron los recorridos? Sin una base así, las discusiones anuales quedan atrapadas entre la impresión del visitante y la celebración del organizador.
Corferias respondió al día siguiente. Su carta reconoce que la geografía se modifica por crecimiento o contracción del sector, necesidades de comercialización, requisitos logísticos, normas y coyunturas del recinto. Menciona el crecimiento internacional e independiente, la creación del Pabellón Colombia y reacomodos específicos de 2026. Después incluye la frase central: «no tenemos sistematizado los cambios que año tras año ha tenido la geografía de la FILBo». [10] La entidad que administra el espacio puede explicar por qué este cambia, pero no dispone de una historia organizada de esos cambios.
La Cámara contestó doce días después que coordina y ejecuta la programación cultural. «En consecuencia», afirmó, no produce, administra, consolida ni custodia información técnica, comercial, logística, estadística o documental sobre expositores, estands, distribución espacial, infraestructura, bases comerciales, ocupación o contratos. [11] La respuesta delimitó una competencia; también dejó el problema entre dos instituciones. Corferias no sistematizó la serie y remite lo sectorial a la Cámara. La Cámara declara que los datos espaciales y comerciales no están en su órbita.
No debemos convertir esas cartas en prueba de una conspiración. Una feria de treinta y ocho ediciones atraviesa cambios de personal, sistemas y formatos; reconstruir una base homogénea puede ser difícil. Los contratos individuales contienen información reservada. Las ubicaciones responden a negociaciones y restricciones técnicas que no caben enteras en un directorio público. La respuesta rigurosa no consiste en afirmar que la información se oculta porque mostrarla revelaría una injusticia. Consiste en señalar que la falta de memoria impide comprobar tanto la acusación como la defensa.
El argumento de los datos personales tampoco agota la solicitud. Chibalete pidió razones sociales y nombres comerciales de expositores que participaron públicamente, pero también solicitó estadísticas agregadas, superficies por categoría, definiciones, planos y metodologías. [9] Ninguna protección de datos impide publicar que cierta proporción del recinto correspondió a editoriales independientes, conglomerados, universidades, zonas artísticas o comercio complementario. La anonimización y la agregación son herramientas ordinarias. La confidencialidad de un contrato no exige que la feria carezca de cartografía estadística.
Los planos anuales ayudan, pero no sustituyen esa memoria. El de 2026 permite identificar grandes destinaciones: Panamericana en los pabellones 1 y 7; Penguin Random House en el 5; Grupo Planeta en una franja señalada; editoriales independientes y pabellón internacional en el 17; material para escritura, educativo y didáctico en los pabellones 18 a 20; libros infantiles en el conjunto 11 a 16; programación en el Gran Salón. [12] Es un instrumento de orientación. No informa metros asignados, número de expositores dentro de cada zona, precios, criterios de ubicación ni variaciones respecto del año anterior.
La geografía de una feria no es un detalle logístico. Decide qué se encuentra primero, qué requiere una búsqueda deliberada, dónde se producen cuellos de botella, qué marcas se vuelven puntos de referencia y qué actores comparten identidad. También distribuye proximidad a entradas, auditorios, comida, rutas escolares y zonas de firma. La ubicación puede convertir un catálogo en descubrimiento o volverlo invisible. Conservar la serie espacial permitiría estudiar la arquitectura económica de la atención.
La ausencia de datos tiene otra consecuencia: hace imposible medir la supuesta expansión no editorial con seriedad. Un editor puede recordar que antes había menos objetos; la organización puede responder que el libro sigue ocupando la mayoría del recinto. Ambas afirmaciones pueden ser sinceras y ambas carecer de una base común. Sin categorías estables no sabemos si una agenda plantable cuenta como papelería, arte, sostenibilidad o mediación de escritura; sin metros, no sabemos si su presencia es marginal o estructural; sin series, no sabemos si creció.
La solución comienza con una línea de base, no con diez años de perfección retrospectiva. Cada edición debería publicar un directorio descargable con nombre comercial, categoría primaria y secundaria, pabellón, estand, modalidad individual o colectiva, territorio y rango de área. El plano debería existir en formato abierto y conservar versiones. Un diccionario definiría categorías; un informe explicaría reubicaciones y proporciones. Los contratos y ventas podrían permanecer reservados mientras los agregados permiten control público.
Reconstruir 2016–2025 sigue siendo posible mediante directorios, planos, facturación, archivos web y memorias de organizadores. Es un trabajo costoso porque no se hizo a tiempo; precisamente por eso conviene empezarlo. Una feria que se presenta como principal infraestructura del sector editorial colombiano no debería perder la historia de cómo distribuyó su propio espacio.
La geografía que nadie conserva es, en realidad, una forma de gobierno que nadie puede evaluar. Cada año se decide quién se mueve, quién crece, quién se agrupa y qué nueva zona entra, pero esas decisiones desaparecen tras el desmontaje. Sin memoria, la discusión vuelve a cero en cada abril. El primer paso para saber si el libro perdió el centro es tan prosaico como indispensable: guardar el plano, definir sus categorías y medirlo.
IV. La arquitectura de las jerarquías
El plano general de la FILBo 2026 organiza el recinto con una claridad que permite leer algo más que rutas. El pabellón 1, situado junto al acceso del arco y cerca del Hilton, aparece asignado en su primer nivel a Panamericana. El pabellón 7, al otro extremo del eje central, vuelve a llevar el nombre de Panamericana. El pabellón 5 corresponde a Penguin Random House Grupo Editorial. Grupo Planeta ocupa un espacio señalado entre los grandes pabellones centrales. El pabellón 17, en la franja larga próxima a la entrada sur, reúne «Editoriales Independientes» y «Pabellón Internacional». [12]
Un mapa promocional de Panamericana confirma y amplía esa presencia: invita a encontrar la marca en los pabellones 1, 3, 6, 7, 11 y 12, con estands general, institucional, de libros en inglés, promociones e infantil. [13] No todo espacio marcado equivale a la ocupación completa del pabellón; algunas son posiciones específicas. El plano general sí reserva a la empresa dos rótulos de pabellón. La diferencia es importante: no debemos inflar áreas que no conocemos, pero tampoco ignorar que una sola marca puede convertirse en infraestructura de orientación dentro de la feria.
La escala tiene explicaciones legítimas. Panamericana combina librería, distribución, papelería y capacidad comercial; Penguin Random House y Planeta reúnen numerosos sellos, autores y novedades; sus espacios atienden grandes flujos y contribuyen a financiar el evento. Un pabellón amplio no prueba por sí mismo favoritismo. Puede resultar de contratos, demanda de público, necesidades de inventario y años de participación. La crítica no consiste en que los grandes sean visibles. Consiste en que la feria no publica información suficiente para evaluar cómo esa visibilidad convive con sus compromisos de diversidad.
La arquitectura no es neutral porque transforma escala económica en escala perceptiva. Una empresa que puede ocupar un pabellón instala fachada, programación, zonas de firma, personal especializado y señalización propia. Se vuelve destino: el visitante dice «nos vemos en Panamericana» o «voy al pabellón de Penguin». Una editorial con una mesa dentro de un estand colectivo depende de que el público llegue primero al pabellón, entienda su lógica y recorra decenas de ofertas. Ambas participaron formalmente en la misma feria; no habitaron el mismo tipo de acontecimiento.
El Pabellón 17 es una conquista que debe leerse en esa tensión. Una crónica de la Secretaría de Cultura recuerda que las editoriales independientes, antes dispersas, crearon hacia 2012 o 2013 una Ruta de la Independencia para poder ser localizadas; en 2018 nació el pabellón que las agrupó. [14] La concentración dio identidad, cooperación y visibilidad a catálogos que de otra manera podían perderse. No fue un gueto impuesto sin agencia, sino una respuesta colectiva y un reconocimiento ferial.
Pero el refugio también puede convertirse en borde. Agrupar independientes facilita encontrarlos a quienes ya los buscan; no garantiza que el flujo general los descubra. Compartir el Pabellón 17 con la zona internacional puede producir cruces valiosos; también mezcla categorías con capacidades muy diferentes. Sin conteos de circulación, permanencia, ventas y metros no sabemos si el pabellón corrige la desigualdad espacial o la administra. La pregunta no descalifica el logro: pide medirlo para que su celebración no reemplace la evaluación.
Otros espacios colectivos —País de Libros, FILBo Emprende, pabellones regionales e institucionales— cumplen funciones parecidas. Reducen costos, llevan territorios y permiten que proyectos pequeños entren en el mapa. Sin ellos la concentración sería mayor. Sin embargo, la participación mediada también limita autonomía: el editor puede no escoger ubicación, diseño, metraje, turno o forma de venta. En FILBo Emprende, nueve proyectos formados en 2025 compartieron un estand en el Pabellón 3 durante la edición siguiente. [15] Es una puerta valiosa; no equivale a las condiciones de quien contrata directamente una superficie amplia.
La jerarquía espacial se vuelve política cuando los organizadores presentan la feria como representación del ecosistema. Si el plano fuera solo el mapa de un centro comercial privado, el criterio podría ser capacidad de pago. Pero la FILBo recibe inversión pública, programas de bibliodiversidad, delegaciones territoriales y convocatorias que buscan corregir desigualdades. Además, su misión afirma que lo cultural y lo comercial dan forma conjunta al evento. [16] El espacio debería expresar ese equilibrio y ofrecer evidencia de que no se agotó en la lógica del mejor postor.
Eso no exige repartir metros idénticos. La igualdad geométrica sería absurda: un distribuidor con miles de títulos necesita otra operación que un sello artesanal; un país invitado requiere exposición, auditorios y hospitalidad; un pabellón infantil organiza públicos específicos. Una arquitectura equitativa combina escalas distintas con mecanismos de compensación: ubicaciones rotativas, señalización común, rutas de descubrimiento, fondos de movilidad, zonas de programación cerca de colectivos, medición de tráfico y criterios publicados para asignar espacios destacados.
También necesita distinguir presencia de centralidad. Puede haber cientos de sellos independientes y, aun así, concentrarse la capacidad de producir destinos en tres marcas. Puede haber una gran zona de libros y, al mismo tiempo, relegar la edición menos comercial a recorridos especializados. La bibliodiversidad no se mide contando logotipos, sino observando qué tan encontrables son los catálogos y qué oportunidades obtienen después de ser encontrados.
El plano de 2026 no demuestra una injusticia contractual. Demuestra una jerarquía arquitectónica: hay actores que funcionan como pabellones y otros que caben dentro de una categoría de pabellón. Esa diferencia puede ser inevitable; no debería ser invisible. La FILBo reúne a grandes y pequeños, nacionales e internacionales, comerciales e institucionales. Su desafío no es fingir que llegan con el mismo poder, sino diseñar un espacio donde la escala económica no determine completamente la escala cultural. Para hacerlo, debe empezar por medir la geografía que hoy solo podemos contemplar.
V. El problema no es el objeto, sino el criterio
Si una planta no basta para probar la pérdida del centro y un libro no garantiza por sí solo una experiencia lectora, la discusión necesita categorías mejores que «cultural» y «no cultural». La FILBo podría publicar una clasificación de seis niveles que sirviera para seleccionar, ubicar y medir expositores. No sería una policía del gusto. Sería una gramática común para explicar por qué cada actividad comercial forma parte del acontecimiento.
El primer nivel es el núcleo editorial: editoriales, librerías, distribuidoras, revistas, publicaciones comunitarias y agentes que producen o circulan libros en distintos soportes. Aquí están también audiolibros y ediciones digitales cuando la actividad principal es editorial. Es el centro económico y bibliográfico que justifica el nombre de la feria. No todo actor del núcleo merece el mismo espacio ni representa idénticos valores, pero su relación con el libro es directa y verificable mediante catálogos, ISBN, publicaciones y funciones en la cadena.
El segundo es la cadena ampliada: papel, impresión, tipografía, encuadernación, traducción, corrección, ilustración, diseño, software editorial, accesibilidad y tecnologías de distribución. Estos oficios no siempre venden libros terminados, pero hacen posible que existan y circulen. Su presencia profesional puede enseñar al público cómo se produce una obra y permitir que los editores encuentren proveedores. Una demostración de tipos móviles o de encuadernación no distrae necesariamente del libro; puede devolverle su espesor material.
El tercero corresponde a la mediación cultural: bibliotecas, promoción de lectura, escritura, oralidad, investigación, formación docente, clubes y proyectos comunitarios. Su producto principal no es un ejemplar, sino la relación entre personas y textos. Una feria que solo vende y no media sería un mercado empobrecido. Este nivel debe contar con espacios y métricas propias: usuarios orientados, rutas realizadas, préstamos, conversaciones, inscripciones o continuidad posterior, no únicamente ventas.
El cuarto reúne extensiones narrativas: cómic, cine, series, pódcast, animación, juegos narrativos, licencias y adaptaciones. El criterio es que exista una relación demostrable con creación, lectura o circulación de historias. Un juego puede pertenecer aquí si su mecánica produce relato, adapta una obra o se articula con un catálogo; no por el solo hecho de entretener. Esta zona reconoce que las historias atraviesan medios sin concluir que todo entretenimiento forma parte de la cadena del libro.
El quinto es el comercio cultural relacionado: láminas, pines, camisetas, marcapáginas, figuras u objetos derivados de obras, personajes, ilustradores o catálogos. Su vínculo puede ser legítimo y económicamente importante para los creadores. Sin embargo, conviene identificarlo como derivación, publicar qué obra o propiedad lo sustenta y limitar su proporción dentro de estands y zonas editoriales. El objeto no reemplaza el libro; prolonga un universo reconocible.
El sexto es el comercio genérico: bienes que no muestran una relación con edición, lectura, escritura, mediación o narrativa. No son inferiores ni incultos. Pueden tener gran calidad artesanal y merecer otras ferias, mercados o zonas complementarias. La cuestión es si deben competir, bajo la misma identidad y sin límites, por el espacio y el gasto en la FILBo. Si la organización decide admitirlos por razones financieras o de servicio, debería nombrarlos, separarlos y publicar la regla.
Esta clasificación no es una fantasía ajena a la institucionalidad. Idartes trazó en 2026 una frontera precisa para su estand de cómic y narrativa gráfica: solo podrían comercializarse publicaciones editoriales y «no estará permitida la venta de ropa, accesorios, artículos de merchandising» u otros productos fuera de ese ámbito. [17] La regla no criminaliza el merchandising; lo considera impropio de una convocatoria específica cuyo propósito es ampliar la circulación de publicaciones independientes. Demuestra que establecer límites es administrativa y culturalmente posible.
En el mismo año, la convocatoria de la Zona de Arte y Emprendimiento utilizó el criterio más amplio de «productos, obras o bienes» de iniciativas artísticas y culturales. [7] FILBo Emprende, en cambio, se ha definido como fortalecimiento de la cadena del libro y en 2024 exigió que los emprendimientos fueran editoriales, librerías o distribuidoras. [18] Tres programas públicos o aliados de la misma feria operan, entonces, con tres perímetros distintos: editorial estricto, artístico-cultural amplio y cadena comercial del libro. El problema no es que difieran. Es que esas diferencias no se integren en un mapa general accesible para el visitante y el expositor.
Las condiciones generales de Corferias regulan reserva, pago, credenciales, mercancías, seguridad y operación de estands. El contrato estándar define la participación como exhibición o comercialización de los bienes y servicios del expositor. [19] [26] Ese marco es necesario para administrar el recinto, pero no sustituye una política curatorial específica de la FILBo. Un contrato ferial puede decir cómo ingresa una mercancía; los organizadores del libro deben explicar por qué esa mercancía pertenece a esta feria.
La clasificación debería admitir dobles categorías. Una editorial que vende libros y pines figuraría en núcleo editorial y comercio relacionado; un taller de risografía, en cadena ampliada y arte gráfico; una institución con librería y mediación, en núcleo y mediación. Lo importante es evitar el cajón residual de «otros» y publicar proporciones por categoría principal y secundaria. Así podrían establecerse una cuota mínima de superficie para el núcleo, límites para comercio relacionado dentro de ciertos estands y una zona diferenciada para oferta genérica.
También haría más justa la selección. Los criterios podrían ponderar relación editorial, calidad, diversidad territorial, sostenibilidad, accesibilidad y trayectoria sin reducirlo todo a capacidad de pago. Un comité mixto —organización, editores, libreros, mediadores, creadores y público— revisaría el marco cada año. Las decisiones comerciales seguirían existiendo, pero dentro de una política conocida.
Preguntar por el criterio es más exigente que burlarse de una planta. Obliga a mirar el libro como cadena, práctica y lenguaje; permite incluir más mundos sin perder orientación; y hace posible medir cambios. Una feria madura no necesita que todos sus objetos sean libros. Necesita que su organización pueda explicar, categoría por categoría, qué relación guardan con ellos y qué lugar proporcional merecen.
VI. Una feria con varias ferias adentro
La sobresaturación de la FILBo no proviene solo de la cantidad de actividades y productos. Proviene de superponer, durante catorce días y en un mismo recinto, al menos cinco acontecimientos con necesidades distintas. La organización los reúne bajo una marca y los balances suman sus públicos. El visitante, el expositor y el estudiante deben resolver sobre la marcha las fricciones que esa unidad administrativa oculta.
La primera feria es comercial y abierta al público. Su objetivo inmediato es vender ejemplares, descubrir catálogos, firmar libros y producir un acontecimiento popular. Necesita circulación amplia, precios visibles, bodegas, reposición, descanso, información y tiempos que permitan hojear. Su indicador no puede ser solo entrada: importan ventas por rangos, diversidad de compras, satisfacción, descubrimiento y capacidad de orientación.
La segunda es el encuentro profesional de la industria. Allí se negocian derechos, distribución, exportaciones, servicios y adquisiciones; se forman libreros, editores y bibliotecarios. Requiere agendas previas, directorios, espacios silenciosos, traducción, conectividad, seguimiento y compradores con mandatos claros. La FILBo ya reconoce esta función. El Salón Internacional de Negocios de 2026 se realizó durante dos días en el Hotel Hilton, con perfiles seleccionados y citas de treinta minutos; las Jornadas Profesionales incluyeron foros y encuentros especializados. [20] [28] La diferenciación existe, pero no estructura el conjunto del calendario.
La tercera es un festival literario y cultural. Autores, conversaciones, homenajes, exposiciones y debates generan valor aun cuando no produzcan una venta inmediata. Necesita curaduría, auditorios, comunicación, mediación y una programación que acepte renunciar a la inflación. Sus indicadores son ocupación, diversidad, calidad percibida, acceso, conversación pública y permanencia posterior. Cuando esta feria se confunde con la comercial, cada estand siente que debe programar; cuando se confunde con la profesional, una celebridad puede absorber la atención de quienes intentan negociar.
La cuarta es una excursión pedagógica. Miles de estudiantes llegan en grupos, con tiempos, permisos y responsabilidades de cuidado. Requieren rutas preparadas, actividades por edades, zonas de encuentro, materiales previos y posteriores, capacidad de elección y recursos para acceder a libros. Su éxito no se mide como el de una familia que compra ni como el de un profesional que agenda citas. Contar el ingreso escolar dentro del total sin evaluar mediación convierte una función educativa en tráfico.
La quinta es una feria de emprendimiento y entretenimiento familiar. Incluye arte, diseño, gastronomía, juegos, espectáculos, objetos y espacios de descanso. Puede hacer más amable la visita y sostener economías creativas. Necesita criterios de relación, zonas legibles, límites comerciales e indicadores propios. Si se distribuye sin diferenciación, compite con la venta editorial por atención y gasto; si se diseña como componente complementario, puede ampliar públicos y ofrecer pausas sin desplazar el centro.
Ninguna de las cinco debe desaparecer. El error es exigirles los mismos horarios, el mismo espacio y una cifra común de éxito. Un miércoles tranquilo puede ser excelente para derechos y malo para venta masiva; un sábado lleno puede ser extraordinario para público y desastroso para una reunión profesional. Una ruta escolar debe evitar el tumulto que una firma famosa celebra. Una zona de juego necesita sonido y movimiento que una mesa de negociación no soporta. La mezcla sin arquitectura produce exactamente la feria cansada que el primer ensayo de esta serie describió.
Los modelos internacionales muestran que la diferenciación no implica una única fórmula. La Feria Internacional del Libro de Guadalajara se define como «una feria para profesionales donde el público es bienvenido» y combina negocio editorial con un festival cultural de gran escala. [21] La frase establece una prioridad sin expulsar al lector. Bolonia se presenta como tres eventos simultáneos: feria profesional del libro infantil, extensión para edición general y feria de licencias; su lenguaje y sus centros de derechos identifican con precisión el intercambio profesional. [22] Fráncfort separa por tiempo y espacio: en 2026 los profesionales pueden asistir los cinco días, mientras el público general entra de viernes a domingo; además, el nuevo plano concentra negocio y redes en niveles superiores y el programa público en plantas bajas. [23] [29]
No se trata de copiar. Bogotá tiene una vocación popular, una relación escolar y una estructura editorial distintas. Reservar días enteros exclusivamente a profesionales podría aumentar barreras y reducir ventas de actores dependientes de la taquilla diaria. Separar pisos no funciona igual en todos los pabellones. La lección comparativa es más modesta: una feria puede reconocer que sus funciones generan ritmos incompatibles y diseñar transiciones, credenciales, zonas y métricas específicas.
Una arquitectura temporal posible reservaría las mañanas iniciales de ciertos días para colegios con rutas concertadas; crearía dos jornadas profesionales de acceso amplio pero acreditado, con mercado institucional nacional; mantendría tardes y fines de semana para el público; y extendería parte del festival por la ciudad. La arquitectura espacial agruparía negociación, formación, mediación escolar, programación literaria y comercio complementario sin encerrarlos. Los cruces serían deliberados: compradores recorrerían pabellones; estudiantes conversarían con editores; artistas mostrarían oficios del libro.
La diferenciación debe evitar una nueva forma de clasismo. «Profesional» no puede significar élite cerrada ni «público» multitud sin derechos. Libreros pequeños, bibliotecas comunitarias, docentes, traductores, autoeditores y proyectos nuevos necesitan rutas de acreditación y preparación. El objetivo no es crear una feria importante escondida de otra popular, sino asegurar que cada participante sepa en qué evento está, qué puede esperar y cómo pasar de uno a otro.
La FILBo ya contiene varias ferias. Mientras no las nombre, la programación seguirá tratando la suma como coherencia y el visitante seguirá viviendo la mezcla como desorientación. Reconocerlas permitiría que el libro opere como vínculo entre funciones distintas: objeto de venta, derecho negociado, obra discutida, experiencia pedagógica y fuente de extensiones creativas. La unidad no se recupera haciendo todo igual, sino organizando las diferencias alrededor de un centro común.
VII. Una arquitectura posible para la próxima FILBo
Recuperar el centro no exige reducir la FILBo a un salón de librerías ni expulsar actividades que ya encontraron público. Exige convertir su expansión en una política explícita. La próxima edición podría empezar con cuatro capas de reforma —tiempo, espacio, mercado y conocimiento— que reúnen las propuestas de esta serie y permiten evaluar resultados desde el primer año.
La primera capa es el tiempo. Dos jornadas profesionales deberían articular derechos internacionales con compras nacionales, formación y recorridos de catálogos. No necesariamente tendrían que cerrar todo el recinto al público; podrían reservar franjas de mañana, zonas y servicios acreditados. Los colegios llegarían en horarios escalonados con rutas seleccionadas antes de la visita. La programación cultural tendría un límite y una curaduría que combine presentaciones aisladas en conversaciones mayores. Los fines de semana conservarían su vocación popular, con información de aforo y recorridos que reduzcan cuellos de botella.
La segunda es el espacio. La feria publicaría la clasificación de expositores propuesta en la sección anterior y reservaría una proporción mínima del área comercial al núcleo editorial. No fijamos aquí un porcentaje porque primero se necesita la línea de base que Corferias no conserva. [10] El primer año serviría para medir; el segundo, para establecer una cuota discutida con el sector. El comercio genérico, si se admite, tendría zonas identificadas y límites. El comercio derivado podría permanecer junto a su obra o catálogo con proporciones claras. La ubicación de pabellones colectivos rotaría o recibiría mecanismos de compensación según tráfico.
El plano sería público, abierto y acumulativo. Incluiría categorías, expositores, modalidades colectivas, rangos de metraje, servicios y rutas accesibles. Cada nueva edición se añadiría a un repositorio histórico descargable. Sensores o conteos muestrales estimarían flujos por zonas sin identificar personas. Así podríamos saber si el Pabellón 17 recibe circulación comparable, si las rutas escolares concentran ciertos corredores y si los emprendimientos artísticos complementan o desvían la visita editorial.
La tercera capa es el mercado. El Salón Internacional de Negocios debe continuar y publicar el seguimiento de operaciones, no solo expectativas. [20] A su lado hace falta una misión de compradores colombianos: bibliotecas públicas y comunitarias, redes escolares, universidades, cajas de compensación, fundaciones, librerías y secretarías territoriales. No sería una adjudicación improvisada en la feria. Sería un espacio transparente para presentar necesidades, conocer catálogos, solicitar muestras, formar compradores y preparar procesos compatibles con la contratación pública.
El manual de buenas prácticas publicado por el Cerlalc propone que las compras públicas incrementen, transparenten y desconcentren la presencia de autores y editores locales, y recomienda evitar barreras que excluyan a empresas pequeñas y medianas. [24] La FILBo ofrece una infraestructura excepcional para aplicar esos principios: directorios previos, citas por categorías, criterios de bibliodiversidad y datos posteriores sobre adquisiciones. El comprador internacional no desaparecería; dejaría de ser la única figura profesional celebrada.
La cuarta capa es el conocimiento. Cámara y Corferias deberían firmar un protocolo de datos con las entidades públicas aliadas. Un informe anual distinguiría expositores, sellos, estands y participantes; publicaría superficies por categoría, ocupación de actividades, satisfacción, accesibilidad, representación territorial, ventas en rangos anonimizados, negocios inmediatos, expectativas y operaciones seguidas a seis y doce meses. Las respuestas a los derechos de petición muestran que hoy cada entidad conoce una parte y ninguna conserva la imagen completa. [10] [11]
La bibliodiversidad necesita indicadores materiales: número y área de editoriales por tamaño; territorios representados; lenguas; géneros; proporción de actores independientes; acceso a programación y compradores; continuidad de los proyectos apoyados. La acción 2.23 del CONPES 4129 ordena diseñar una estrategia de fomento, fortalecimiento y sostenibilidad de editoriales y librerías independientes en los territorios. [25] La feria puede convertirse en uno de sus laboratorios principales si sigue a los participantes durante varios años y pregunta si ganaron distribución, clientes y estabilidad, no solo si obtuvieron un estand.
La experiencia del visitante también debe medirse sin reducirla a consumo. Encuestas breves y observación muestral pueden registrar orientación, cansancio, descubrimientos, relación con los objetos, uso de programación, barreras y compras. A los estudiantes se les ofrecerían materiales previos, elección entre rutas y una evaluación posterior con docentes. Los auditorios publicarían capacidad y ocupación por rangos. Un evento pequeño no sería castigado automáticamente: su organizador podría reportar profundidad, continuidad o público especializado.
Finalmente, la feria necesita duración cultural más allá del recinto. Parte de la programación podría circular durante el año por librerías, bibliotecas, colegios y regiones; los catálogos descubiertos en abril tendrían rutas de compra y préstamo posteriores; las conversaciones grabadas se ordenarían por temas. Esto aliviaría la inflación de dos semanas y convertiría la inversión excepcional en infraestructura permanente. La FILBo Ciudad ya demuestra que el acontecimiento puede salir de Corferias; el siguiente paso es que no desaparezca en mayo. [27]
Estas reformas requieren recursos y negociación. Clasificar puede crear controversias; medir tráfico cuesta; los compradores públicos operan bajo normas; limitar actividades frustra expectativas; una cuota editorial afecta ingresos comerciales. Ninguna dificultad justifica seguir sin criterios. Un piloto puede empezar con dos pabellones, una muestra de auditorios, un directorio profesional y un informe de categorías. La transparencia no necesita esperar a que el sistema sea perfecto.
La arquitectura propuesta no elige entre feria popular y profesional, cultura y negocio, grandes empresas y pequeños catálogos. Hace visibles sus relaciones y distribuye responsabilidades. Una feria puede crecer si sabe qué está haciendo crecer. Puede alojar objetos diversos si conserva proporción, clasificación y propósito. Puede celebrar multitudes si mide lo que ocurre dentro de ellas.
La próxima FILBo no necesita anunciar más pabellones para demostrar transformación. Necesita publicar un plano que sea también una política: este es el núcleo editorial; estas son sus extensiones; aquí se negocia; aquí se aprende; aquí se juega; estos criterios explican quién entra; estos datos muestran quién se beneficia. Cuando la arquitectura puede leerse, el centro deja de depender de la nostalgia y vuelve a convertirse en una decisión colectiva.
Epílogo. Salvar la feria de su propio éxito
La planta sigue junto al libro. Después de recorrer la geografía, ya no parece una provocación ni una anécdota suficiente. Puede ser soporte de escritura, experimento sostenible, obra de diseño, mercancía complementaria o simple aprovechamiento del tráfico. El objeto no nos entrega por sí solo la respuesta. Nos obliga a mirar la regla que lo ubicó allí, la categoría que lo nombra y el espacio que comparte.
La FILBo no está perdiendo el centro porque una persona compre un pin. Lo pierde cuando no puede explicar qué relación guarda su expansión con la edición y la lectura; cuando el lenguaje de «trascender» convierte todo límite en atraso; cuando el plano anual se desmonta sin dejar memoria; cuando la escala de las marcas se vuelve escala de orientación y la bibliodiversidad se celebra sin medir su superficie; cuando cinco ferias distintas se suman como si persiguieran el mismo resultado.
Nada de esto describe una feria vacía. Describe una feria tan exitosa en convocar, programar y atraer aliados que corre el riesgo de confundir crecimiento con propósito. Más de medio millón de visitas hacen de Corferias un espacio comercial extraordinario. Precisamente por eso los límites importan. Cuando la atención colectiva adquiere tanto valor, cada sector cultural encuentra razones para pedir una parte y cada expositor tiene incentivos para ofrecer lo que rota más rápido. Sin una política, el centro no desaparece de golpe: se diluye en cientos de decisiones rentables por separado.
Salvar la feria de su éxito no significa hacerla pequeña, solemne o homogénea. Una FILBo viva debe tener niños, cómic, comida, música, ilustración, tecnologías, juegos, derechos, debates, artes y objetos. La lectura no ocurre en una cámara esterilizada. Puede comenzar con una imagen, un disfraz, una película, una conversación o una pegatina. El desafío es que esas puertas no terminen conduciendo a un centro comercial culturalmente tematizado donde el libro aporta el nombre y otros productos capturan el movimiento.
El centro que este ensayo propone tampoco es una supremacía moral del lector. Es una función organizadora. El libro puede ser obra, mercancía, tecnología, archivo, derecho, herramienta pedagógica y punto de encuentro. Colocarlo en el centro significa que el plano, el calendario, las convocatorias, los mercados y la evaluación se diseñan desde esas relaciones. No significa que cada visitante deba comprar ni que cada objeto contenga páginas. Significa que cada componente pueda explicar qué hace por la creación, producción, circulación, mediación o transformación de las historias y los saberes escritos.
Esa explicación debe ser pública porque la feria no pertenece simbólicamente solo a sus organizadores. Corferias y la Cámara la producen; editores y libreros asumen riesgos; el Estado invierte; autores y mediadores generan contenido; estudiantes y familias aportan la multitud; Bogotá soporta y disfruta el acontecimiento. La identidad de la FILBo es un bien colectivo aunque sus contratos sean privados. Quienes deciden la mezcla tienen la obligación de volverla legible para quienes la hacen posible.
Los derechos de petición revelaron una paradoja. Corferias reconoce que la geografía cambia con el sector, pero no conserva sistemáticamente su evolución. La Cámara coordina cultura, pero declara no custodiar la información espacial y comercial solicitada. [10] [11] La feria puede levantar y desmontar una ciudad completa cada año sin producir todavía un archivo común de cómo la habitó. Antes de decidir si hay demasiadas plantas, necesitamos saber cuántos metros fueron libros, quién se movió, qué categorías entraron y qué recorridos cambiaron.
Ese conocimiento no debe llegar para clausurar la sorpresa. Una feria demasiado reglada también podría perder vitalidad. Las categorías propuestas necesitan zonas de experimentación y revisión. Un objeto nuevo quizá no encaje; una tecnología puede transformar la lectura de maneras imprevistas; un cruce entre artes puede abrir un catálogo. La curaduría no es una muralla, sino la práctica de formular relaciones, probarlas y rendir cuentas sobre sus efectos.
La pregunta «¿todavía es una feria del libro?» no busca una respuesta nostálgica. Sí, todavía lo es: los libros ocupan sus pabellones, convocan a la multitud, sostienen su historia y organizan gran parte de sus negocios y conversaciones. Pero ese «sí» no es un derecho adquirido. Debe renovarse en cada plano, cada convocatoria y cada decisión sobre qué se vende bajo la marca FILBo. Una institución puede conservar el nombre mientras transforma silenciosamente su principio.
En la entrada, el visitante no necesita recibir un tratado de categorías. Necesita un mapa claro, rutas posibles, zonas respirables y la confianza de que la diversidad que encuentra fue pensada. El editor necesita saber que no compite en un mercado ilimitado disfrazado de cultura. El artista necesita comprender cómo su trabajo dialoga con el acontecimiento y no ser usado como prueba decorativa de innovación. El Estado necesita evidencia de que su inversión amplía bibliodiversidad y acceso.
Salvar la FILBo consiste, al final, en devolverle la capacidad de decir no y de explicar sus síes. No a todo producto que solo busca aprovechar la multitud. Sí a las extensiones que enriquecen la experiencia, con proporción y sentido. No a una jerarquía espacial incuestionable. Sí a escalas distintas compensadas por información y rutas. No a cinco ferias confundidas. Sí a funciones diferenciadas que se encuentren alrededor del libro.
La planta puede quedarse. También la pegatina, el juego y la comida. Pero ya no como prueba de que la feria trascendió el libro ni como mercancías protegidas por la vaguedad de la palabra cultura. Que se queden porque existe una relación que podemos nombrar, una zona que podemos comprender y un límite que podemos discutir. Recuperar el centro no es expulsar la periferia. Es conseguir que la FILBo vuelva a saber por qué cada cosa está dentro.
Notas y fuentes
Las fuentes institucionales no enlazadas corresponden al archivo de investigación de Chibalete Editores y se identifican por entidad, fecha y radicado.
[1] Notas de observación directa y testimonios informales reunidos por Chibalete Editores para la investigación sobre la FILBo. La cuantificación sistemática de productos, categorías y superficies queda planteada como fase de trabajo de campo.
[2] Instituto Distrital de las Artes, Idartes en FILBo 2025, kit de prensa, abril de 2025, p. 4. https://www.idartes.gov.co/sites/default/files/kit-prensa/2025-04/Idartes-en-FILBo-2025.pdf
[3] Feria Internacional del Libro de Bogotá, presentación institucional: «reúne a todos los actores de la cadena del libro», consulta realizada el 15 de julio de 2026. https://www.feriadellibro.com/
[4] Radio Nacional de Colombia, «FILBo 2024: encuentra emprendimientos sostenibles de arte y cómics», 19 de abril de 2024. https://www.radionacional.co/cultura/arte/feria-del-libro-de-bogota-emprendimientos-donde-encontrarlos-filbo
[5] Instituto Distrital de las Artes, «Idartes participa en la FILBo 2024 con las ZAE», 19 de abril de 2024. https://www.idartes.gov.co/es/noticias/idartes-participa-en-la-filbo-2024-con-las-zae
[6] Instituto Distrital de las Artes, «Zonas de Emprendimiento», descripción de la Línea de Sostenibilidad del Ecosistema Artístico, consulta realizada el 15 de julio de 2026. https://www.idartes.gov.co/es/lineas-estrategicas/sostenibilidad-ecosistema-artistico/zonas-emprendimiento
[7] Instituto Distrital de las Artes, «Idartes abre convocatoria para la Zona de Arte y Emprendimiento en la FILBo 2026», 12 de febrero de 2026. https://www.idartes.gov.co/es/noticias/idartes-abre-convocatoria-para-la-zona-de-arte-y-emprendimiento-en-la-filbo-2026
[8] Véanse las comparaciones institucionales de Guadalajara, Bolonia y Fráncfort en las notas [21], [22] y [23].
[9] Chibalete Editores, derecho de petición a Corferias y la Cámara Colombiana del Libro sobre participación editorial, distribución espacial y estructura de expositores de la FILBo 2016–2025, 13 de mayo de 2026. Archivo de investigación de Chibalete Editores.
[10] Corferias, respuesta al derecho de petición de Chibalete Editores, 14 de mayo de 2026. Archivo de investigación de Chibalete Editores.
[11] Cámara Colombiana del Libro, respuesta al derecho de petición de Chibalete Editores, 26 de mayo de 2026. Archivo de investigación de Chibalete Editores.
[12] Feria Internacional del Libro de Bogotá, Plano general FILBo 2026, versión del 20 de abril de 2026, difundida durante la edición. https://img.lalr.co/cms/2026/04/20105247/Plano-Filbo.pdf
[13] Panamericana, ¡Encuéntranos en la feria! Mapa FILBo 2026, abril de 2026. https://panamericana.vtexassets.com/arquivos/Panamericana-mapa-FILBO-abril-2026.pdf
[14] Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte, «Editoriales independientes encontraron refugio y visibilidad en la FILBo 2025», 11 de mayo de 2025. https://www.culturarecreacionydeporte.gov.co/es/filbo/noticias/Voces-independietes-pabellon-17
[15] Cámara Colombiana del Libro, «FILBo Emprende: emprendimientos que se forman y participan en la Feria Internacional del Libro de Bogotá», 6 de mayo de 2026. https://camlibro.com.co/filbo-emprende-emprendimientos-que-se-forman-y-participan-en-la-feria-internacional-del-libro-de-bogota/
[16] Cámara Colombiana del Libro, «La FILBo», misión y presentación institucional, consulta realizada el 15 de julio de 2026. https://camlibro.com.co/la-filbo/
[17] Instituto Distrital de las Artes, «Idartes abre convocatoria para participar en el Estand de cómic y narrativa gráfica en la FILBo 2026», 10 de marzo de 2026. https://www.idartes.gov.co/es/noticias/idartes-abre-convocatoria-para-participar-en-el-estand-de-comic-y-narrativa-grafica-en-la
[18] Cámara Colombiana del Libro, «La FILBo se complace en anunciar los emprendimientos elegidos en el programa FILBo Emprende», 8 de abril de 2024. https://camlibro.com.co/la-filbo-se-complace-en-anunciar-los-emprendimientos-elegidos-en-el-programa-filbo-emprende/
[19] Corferias, Condiciones de participación para expositores, consulta realizada el 15 de julio de 2026. https://corferias.com/pdf/condiciones-participacion-expositores-corferias.pdf
[20] Cámara Colombiana del Libro, «Salón Internacional de Negocios — FILBo 2026», consulta realizada el 15 de julio de 2026. https://camlibro.com.co/salon-internacional-negocios/
[21] Feria Internacional del Libro de Guadalajara, presentación institucional, consulta realizada el 15 de julio de 2026. https://www.fil.com.mx/
[22] Bologna Children’s Book Fair, presentación institucional de BCBF, BolognaBookPlus y Bologna Licensing Trade Fair/Kids, consulta realizada el 15 de julio de 2026. https://www.bolognachildrensbookfair.com/en/home/878.html
[23] Frankfurter Buchmesse, información de entradas y días para profesionales y público general en 2026, consulta realizada el 15 de julio de 2026. https://www.buchmesse.de/en/visit/tickets
[24] Alianza Internacional de Editores Independientes, Breve Manual de buenas prácticas para las compras públicas de libros (impreso y digital), publicado por Cerlalc, 2023, pp. 4–6, 15 y 19–24. https://cerlalc.org/wp-content/uploads/2023/11/RED-H_COMPRAS-PUBLICAS_Manual-buenas-practicas.pdf
[25] Departamento Nacional de Planeación, Documento CONPES 4129: Política Nacional de Reindustrialización, 2023, acción 2.23 del Plan de Acción y Seguimiento; Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, respuesta a Chibalete Editores, radicado MC26297E2026 / respuesta MC24061S2026, 16 de junio de 2026. https://colaboracion.dnp.gov.co/CDT/Conpes/Econ%C3%B3micos/4129.pdf
[26] Corferias, contrato estándar de participación ferial, cláusula primera, consulta realizada el 15 de julio de 2026. https://extranet.corferias.com/servicio/res_stn/Imagesclient/Contrato_stand_Corferias.pdf
[27] Instituto Distrital de las Artes, «Con Idartes, la FILBo se descentraliza y llega a diferentes escenarios de Bogotá», abril de 2025. https://www.idartes.gov.co/es/noticias/con-idartes-la-filbo-se-descentraliza-y-llega-diferentes-escenarios-de-bogota
[28] Cámara Colombiana del Libro, Programación Foros del Libro 2026, Jornadas Profesionales, marzo de 2026. https://camlibro.com.co/wp-content/uploads/2026/03/0313_ProgramacionForosLibro2026-2.pdf
[29] Frankfurter Buchmesse, «New paths for Frankfurt Book Fair», nuevo concepto espacial de 2026, consulta realizada el 15 de julio de 2026. https://www.buchmesse.de/en/fbm-next