septiembre 2, 2026

¿Qué significa formar lectores hoy?

I. Ya no basta con poner un libro en las manos

Durante décadas, buena parte de la conversación sobre formación de lectores estuvo atravesada por una preocupación elemental: conseguir que los libros llegaran hasta quienes no los tenían. Había razones de sobra para que fuera así. En muchos hogares los libros eran escasos; numerosas escuelas contaban con bibliotecas pequeñas o inexistentes; buena parte de la oferta editorial se concentraba en las grandes ciudades y el acceso a la lectura estaba condicionado por el ingreso, la ubicación geográfica y las posibilidades educativas de cada familia. Frente a ese panorama, ampliar bibliotecas, fortalecer colecciones, distribuir libros y crear planes lectores no solo tenía sentido: era una tarea indispensable de democratización cultural.

Esa tarea sigue lejos de estar terminada. En Colombia todavía existen enormes diferencias en las posibilidades que tiene un niño de encontrarse cotidianamente con libros según el lugar donde nace, la escuela a la que asiste o los recursos culturales disponibles en su entorno. Sería absurdo, por tanto, declarar superado el problema del acceso. Sin libros no hay política de lectura posible y una biblioteca bien construida continúa siendo una de las infraestructuras educativas más poderosas que puede tener una comunidad. Lo que sí necesitamos reconocer es que disponer de libros y formar lectores son dos cosas relacionadas, pero no equivalentes. Entre una y otra existe un espacio enorme en el que intervienen la escuela, la familia, los mediadores, los compañeros, las experiencias culturales y, cada vez con mayor fuerza, el entorno digital.

Quizá esa sea una de las primeras dificultades que encontramos cuando hablamos de formar lectores hoy. Durante mucho tiempo pudimos imaginar el problema principalmente en términos de oferta: si faltaban lectores, había que poner más libros en circulación; si una escuela quería fortalecer sus procesos de lectura, debía construir un plan lector; si queríamos comprobar que el esfuerzo estaba dando resultados, podíamos contar los títulos leídos durante el año. Esa lógica produjo avances importantes, pero también terminó instalando una cierta equivalencia entre lectura y consumo de libros. Todavía es habitual escuchar que un estudiante “leyó diez libros” durante el año como si esa cifra permitiera comprender realmente qué ocurrió entre ese estudiante y esos textos.

No lo permite. Dos personas pueden haber terminado exactamente la misma novela y haber vivido experiencias intelectuales completamente diferentes. Una puede haber pasado por sus páginas con la urgencia de completar una tarea, encontrar respuestas para un cuestionario y prepararse para una evaluación. Otra puede haber discutido con los personajes, subrayado una frase, preguntado por una palabra desconocida, buscado información sobre el lugar donde ocurre la historia, conversado con alguien acerca del final y recordado el libro varios meses después. En ambos casos podemos registrar que se leyó un título, pero aquello que nos interesa cuando hablamos de formación lectora sucedió de una manera radicalmente distinta.

Por eso conviene preguntarnos qué queremos decir realmente cuando afirmamos que deseamos formar lectores. Si la respuesta consiste únicamente en conseguir que niños y jóvenes terminen cierto número de libros, estaremos diseñando inevitablemente nuestras estrategias alrededor del cumplimiento. Si, en cambio, aspiramos a que las personas construyan una relación autónoma, crítica, placentera y duradera con la lectura, tendremos que observar procesos mucho más complejos. Nos importará qué preguntas aparecen durante una lectura, qué conversaciones produce, qué conexiones establece el lector con otras experiencias, qué capacidad desarrolla para permanecer dentro de un argumento y qué hace con aquello que acaba de comprender.

Aquí aparece un cambio importante. Formar lectores no significa únicamente enseñar a leer ni garantizar que haya algo para leer. Significa crear las condiciones para que la lectura pueda convertirse progresivamente en una herramienta para comprender el mundo, imaginar otros mundos, organizar el pensamiento y relacionarse con los demás. La alfabetización inicial es, por supuesto, indispensable, pero aprender a descifrar un texto es apenas el comienzo de una trayectoria que puede desarrollarse durante toda la vida. Un lector experimentado no es solamente alguien que reconoce palabras con rapidez. Es alguien capaz de entrar en un texto, formular hipótesis, detectar tensiones, identificar aquello que no comprende, comparar versiones, recordar información relevante y modificar su interpretación cuando aparecen nuevos elementos.

Esta distinción resulta especialmente importante en el presente porque el entorno cultural en el que leemos ha cambiado profundamente. Nunca habíamos tenido acceso a semejante cantidad de información. Un teléfono que cabe en el bolsillo permite consultar bibliotecas, periódicos, diccionarios, archivos, videos, cursos, conversaciones y millones de páginas producidas en cualquier lugar del planeta. Desde el punto de vista del acceso al texto, vivimos una situación extraordinaria. Sin embargo, la abundancia introduce un problema diferente: cuando prácticamente todo está disponible, la dificultad ya no consiste solamente en encontrar algo para leer, sino en decidir qué merece nuestra atención, cuánto tiempo estamos dispuestos a dedicarle y qué hacemos con aquello que encontramos.

Es fácil describir esta transformación como una batalla entre los libros y las pantallas, pero hacerlo así empobrece el problema. Las pantallas también albergan libros, revistas, bibliotecas y espacios de creación. Un lector puede descubrir un autor a través de un video, escuchar una conversación sobre una novela, consultar el significado de una palabra mientras lee o compartir una interpretación con personas que están a cientos de kilómetros de distancia. La tecnología no es necesariamente enemiga de la lectura. La cuestión más profunda tiene que ver con las formas de atención que cultivamos dentro de ese entorno y con nuestra capacidad para movernos entre experiencias de lectura muy diferentes.

Una parte significativa de nuestra vida digital está organizada alrededor de la interrupción. Las plataformas disputan segundos de atención y aprenden rápidamente qué puede conseguir que permanezcamos mirando. El siguiente contenido está siempre disponible antes de que terminemos de procesar el anterior. La lectura prolongada funciona de otra manera. Una novela puede exigir que recordemos algo ocurrido muchas páginas atrás; un ensayo necesita que sigamos una idea durante varios párrafos; un poema puede obligarnos a regresar sobre una misma frase; un texto informativo requiere distinguir entre datos centrales y accesorios. Leer bien supone aceptar que el sentido no siempre aparece de inmediato.

Por eso la atención debe ocupar un lugar central en cualquier reflexión contemporánea sobre formación de lectores. No podemos tratarla simplemente como una condición que los estudiantes deberían traer resuelta antes de abrir el libro. Aprender a permanecer, releer, demorarse, hacer conexiones y resistir la tentación de abandonar inmediatamente aquello que exige un esfuerzo forma parte del propio aprendizaje de la lectura. No se trata de idealizar la concentración ni de convertir cada libro en una prueba de resistencia. También hay libros que se abandonan con toda legitimidad. Se trata de que el lector disponga de un repertorio suficientemente amplio de formas de atención como para poder elegir cuándo una experiencia merece tiempo y profundidad.

Esta transformación obliga también a revisar el papel de la escuela. Durante mucho tiempo el plan lector funcionó como una de las respuestas institucionales más visibles al desafío de promover la lectura. Elegir varios libros para cada grado, distribuirlos a lo largo del calendario escolar y diseñar actividades alrededor de ellos permitió garantizar que muchos estudiantes tuvieran encuentros que quizá no habrían ocurrido de otra manera. El problema comienza cuando el plan lector deja de ser una herramienta y se convierte en el objetivo mismo. Entonces la preocupación principal puede desplazarse desde la experiencia de leer hacia la necesidad de demostrar que el libro fue trabajado.

Es allí donde aparecen algunas prácticas que conocemos bien: cuestionarios orientados principalmente a verificar si el estudiante leyó, resúmenes utilizados como prueba de cumplimiento, actividades idénticas para todos los libros o evaluaciones que terminan transformando una experiencia narrativa en una sucesión de datos que hay que recordar. Ninguna de estas herramientas es necesariamente inútil. Preguntar por un texto puede ser una excelente manera de leerlo mejor. El problema surge cuando la conversación desaparece y la pregunta se convierte exclusivamente en un mecanismo de vigilancia. Si el mensaje implícito es que lo importante de terminar una novela consiste en poder demostrar que efectivamente fue terminada, estamos enseñando también una determinada idea de lo que significa leer.

Los lectores se forman, en cambio, cuando encuentran razones para regresar a los textos. Y muchas de esas razones aparecen gracias a otras personas. Un adulto que lee en voz alta, una profesora capaz de formular una pregunta que no tiene una única respuesta, un compañero que interpreta de otro modo una escena, una bibliotecaria que recomienda un libro inesperado o una familia que convierte la conversación sobre historias en algo cotidiano pueden tener tanta influencia sobre una trayectoria lectora como la propia disponibilidad de los libros. Leer tiene una dimensión profundamente personal, pero rara vez se aprende completamente a solas.

Esta constatación permite revisar otra imagen muy arraigada: la del lector ideal como una persona aislada y silenciosa frente a un libro. Esa escena existe, desde luego, y puede ser una de las experiencias más valiosas de la lectura. Pero para llegar hasta ella han debido ocurrir muchas otras cosas. Alguien enseñó a esa persona a leer, alguien puso ciertos libros a su alcance, alguien nombró determinados autores, alguna conversación despertó una curiosidad. Incluso el lector más solitario participa de una comunidad cultural construida mediante palabras compartidas.

Cuando una lectura se conversa, además, sucede algo decisivo. Las interpretaciones dejan de parecer evidentes. Lo que para un lector constituye el centro de una historia puede haber pasado prácticamente inadvertido para otro. Una decisión de un personaje puede parecer justificable para alguien y profundamente equivocada para otra persona. Una misma frase puede despertar asociaciones completamente distintas. La conversación obliga entonces a regresar al texto, buscar evidencias, explicar una intuición y escuchar argumentos ajenos. De ese modo, leer se vuelve también una práctica de pensamiento.

Y es justamente aquí donde comienza a desdibujarse una separación que la escuela suele establecer con demasiada rigidez. Leer, escribir, hablar y escuchar aparecen con frecuencia como competencias distintas, distribuidas entre actividades, momentos o indicadores diferentes. En la experiencia real, sin embargo, se alimentan permanentemente entre sí. Leemos y queremos contar algo. Escuchamos una interpretación y descubrimos que habíamos pasado por alto un detalle. Escribimos para ordenar lo que pensamos. Buscamos información porque una lectura abrió una pregunta. Intentamos explicar una idea y advertimos que todavía no la comprendemos del todo.

Por eso, hablar de formación de lectores hoy conduce necesariamente a un territorio más amplio: el de la lectura, la escritura, la oralidad y la gestión del conocimiento. No se trata de agrupar conceptos educativos bajo una etiqueta más extensa. Se trata de reconocer el modo en que realmente construimos sentido. Un lector contemporáneo necesita comprender textos, pero también navegar entre fuentes, distinguir información relevante, relacionar aquello que encuentra, expresar sus ideas, escuchar a otros y producir nuevas preguntas. En un entorno saturado de información, leer no es solamente recibir contenidos. Es aprender a trabajar con ellos.

Esta perspectiva cambia también lo que esperamos de un libro dentro de una experiencia educativa. El libro deja de ser necesariamente el punto de llegada de una actividad para convertirse muchas veces en su punto de partida. Una novela puede abrir una discusión sobre la amistad, el miedo, el territorio o la justicia. Un libro álbum puede conducir a observar con mayor atención la relación entre imágenes y palabras. Un relato puede provocar una investigación histórica. Una conversación puede desembocar en un texto escrito por los estudiantes. Una pregunta nacida durante la lectura puede llevar hacia otras fuentes y regresar después al libro original con una mirada distinta.

No significa convertir toda lectura en una tarea ni exigir que cada libro produzca una secuencia de actividades. También debemos defender la lectura que no necesita justificarse inmediatamente por aquello que viene después. Leer por placer, por curiosidad o simplemente porque una historia nos atrapa es una experiencia completa en sí misma. La formación de lectores requiere precisamente preservar ese espacio. Pero proteger el placer de leer no implica imaginar la lectura como una experiencia aislada de las demás formas mediante las cuales comprendemos y compartimos el mundo.

El desafío, entonces, ya no puede formularse simplemente como “hacer que los niños lean más”. Esa expresión puede ocultar preguntas mucho más interesantes: ¿cómo ayudamos a que encuentren libros que les importen?, ¿cómo construimos espacios donde puedan hablar sobre ellos?, ¿cómo acompañamos a quien todavía no ha descubierto qué le interesa leer?, ¿cómo evitamos que la evaluación convierta cada encuentro con un libro en una obligación?, ¿cómo aprovechamos las posibilidades digitales sin entregar completamente la experiencia a la lógica de la distracción?, ¿cómo conectamos la lectura con la escritura, la conversación, la investigación y la creación?

Responder esas preguntas exige ampliar nuestra idea de formación lectora. Los libros siguen estando en el centro, pero ya no pueden estar solos. Alrededor de ellos necesitamos construir mediaciones, conversaciones, tiempos, herramientas, comunidades y experiencias capaces de acompañar diferentes maneras de leer. La discusión contemporánea sobre el plan lector debería comenzar precisamente allí: no preguntando únicamente cuáles libros van a leer los estudiantes durante el año, sino qué clase de relación queremos ayudarles a construir con la lectura.

Porque el verdadero objetivo no es conseguir que una persona termine los libros que nosotros hemos escogido para ella. Es ayudar a que llegue un momento en el que pueda elegir, buscar, leer, preguntar, conversar, abandonar, volver, recomendar y descubrir por sí misma. En otras palabras, formar lectores supone trabajar para que el libro deje progresivamente de necesitar nuestra obligación y pueda empezar a contar con su deseo.

II. Leer ocurre entre muchas cosas

Si aceptamos que formar lectores no consiste únicamente en conseguir que alguien termine determinado número de libros, entonces la siguiente pregunta es inevitable: ¿qué ocurre realmente alrededor de una lectura que consigue volverse significativa? La respuesta rara vez cabe dentro del libro mismo. Leer puede empezar en una página, pero se prolonga en la conversación que aparece después, en una pregunta que obliga a buscar otra fuente, en una frase que alguien decide copiar, en una discusión entre compañeros, en una experiencia personal que repentinamente encuentra palabras para ser nombrada. La lectura, cuando logra instalarse de verdad en la vida de una persona, suele comportarse menos como una actividad cerrada que como un punto desde el cual empiezan a ocurrir otras cosas.

Esta manera de entenderla cambia profundamente la tarea de quienes acompañan procesos lectores. Durante mucho tiempo la mediación pudo concebirse principalmente como el gesto de acercar una obra a un lector: seleccionar un buen libro, ponerlo a su alcance, despertar el interés suficiente para que comenzara a leer. Todo eso sigue siendo fundamental, pero la mediación contemporánea necesita ocuparse también de lo que sucede mientras se lee y de aquello que puede suceder después. No para controlar la experiencia ni para convertir cualquier lectura en una secuencia didáctica obligatoria, sino porque una parte importante de nuestro aprendizaje ocurre precisamente cuando podemos elaborar lo que hemos leído.

El mediador, en ese sentido, no es alguien que conoce la interpretación correcta de un libro y debe transmitírsela a los demás. Es, más bien, quien ayuda a crear las condiciones para que las interpretaciones puedan aparecer. A veces lo hará mediante una pregunta; otras, recomendando un segundo texto, guardando silencio durante unos minutos, leyendo en voz alta o poniendo en contacto a lectores que probablemente vean cosas distintas. Su trabajo consiste menos en explicar el sentido que en abrir un espacio en el que ese sentido pueda construirse.

Esta diferencia es importante porque muchas prácticas escolares, incluso aquellas que nacen de las mejores intenciones, terminan reduciendo la lectura a la búsqueda de una respuesta esperada. ¿Cuál es el tema principal? ¿Qué quiso decir el autor? ¿Cuál es la enseñanza del cuento? Las preguntas no son necesariamente malas; el problema aparece cuando todo el grupo sabe que existe una respuesta que el adulto ya posee y que la tarea consiste en descubrirla. La conversación se convierte entonces en un examen oral disfrazado de diálogo.

Una conversación genuina alrededor de un libro funciona de otra manera. Puede empezar con una pregunta sencilla —qué llamó la atención, qué incomodó, qué no se entendió— y desplazarse hacia lugares que el mediador no había previsto. Un lector observa una decisión aparentemente secundaria de un personaje. Otro recuerda algo parecido que ocurrió en su familia. Alguien encuentra una contradicción. Otra persona defiende aquello que los demás condenan. De repente, el libro comienza a funcionar como un objeto común alrededor del cual es posible pensar juntos.

Ese “juntos” tiene una importancia especial. Una sociedad democrática necesita personas capaces de formular sus propias interpretaciones, pero también capaces de escuchar las interpretaciones de los demás. Leer en comunidad ofrece un pequeño laboratorio para ejercitar esa convivencia intelectual. Allí aprendemos que comprender no significa necesariamente coincidir y que una interpretación puede ser distinta sin ser arbitraria. Podemos pedirle al otro que explique por qué piensa así, regresar a una página para encontrar una evidencia, modificar nuestra posición o conservarla después de escuchar argumentos diferentes. En apariencia seguimos hablando de literatura; en realidad estamos aprendiendo formas de participación.

La oralidad ocupa por eso un lugar que suele ser subestimado en los programas de lectura. A veces se la trata como una competencia paralela: por un lado se lee, por otro se habla. Pero hablar sobre lo leído es una de las maneras más poderosas de comprender. Cuando intentamos contar a otra persona qué ocurrió en una historia, explicar por qué una idea nos convence o describir qué no entendimos, debemos ordenar aquello que hasta entonces podía existir solamente como una impresión. El lenguaje oral obliga a hacer visible el pensamiento.

Lo mismo ocurre con la escucha. Una persona puede leer perfectamente un texto y, sin embargo, tener enormes dificultades para escuchar una posición que contradice la suya. Formar lectores implica también trabajar sobre esa disposición. La lectura no debería convertirnos solamente en mejores receptores de textos, sino en participantes más atentos de conversaciones. Escuchar permite descubrir sentidos que nuestra propia experiencia no había producido. En un grupo diverso, además, una misma historia puede funcionar como un prisma: cada lector ilumina una dimensión distinta.

La lectura en voz alta muestra con especial claridad esa relación entre leer y escuchar. Se suele asociar principalmente con la primera infancia, como si fuera una práctica que debiera desaparecer cuando los niños adquieren autonomía lectora. Sin embargo, escuchar un texto leído por otra persona puede seguir siendo una experiencia poderosa durante toda la escolaridad y mucho después. La voz introduce ritmo, pausa, énfasis y presencia. Permite compartir simultáneamente un mismo fragmento y construir un tiempo común alrededor de él. También abre posibilidades para quienes todavía encuentran dificultades en la lectura autónoma sin obligarlos a quedar fuera de la experiencia del texto.

Algo parecido ocurre con la escritura. Con demasiada frecuencia pedimos escribir después de leer únicamente para verificar comprensión. El resumen, la ficha bibliográfica o el cuestionario pueden cumplir una función, pero representan apenas una pequeña parte de las posibilidades que aparecen cuando lectura y escritura entran en diálogo. Se puede escribir para responderle a un personaje, continuar una escena, reconstruir la voz de alguien que no aparece en la historia, discutir con el autor, registrar preguntas, comparar dos textos o contar una experiencia que la lectura ayudó a recordar.

Escribir después de leer permite hacer algo todavía más importante: apropiarse del lenguaje. Cada lector entra en contacto, a través de los libros, con estructuras, palabras, ritmos y formas de organizar el mundo que no necesariamente pertenecían a su repertorio. Parte de ese encuentro permanece silencioso, pero otra parte puede transformarse en producción propia. La lectura alimenta la escritura porque ofrece modelos y posibilidades; la escritura, a su vez, modifica la manera de leer. Quien ha intentado construir una escena empieza a observar de otro modo cómo una novela administra la información. Quien ha tratado de argumentar una idea reconoce con mayor facilidad las decisiones de un ensayista.

Por eso existe una relación profunda entre formar lectores y formar personas capaces de producir sentido. No queremos lectores condenados a ocupar siempre el lugar de receptores. Queremos personas que puedan entrar en una conversación cultural y eventualmente intervenir en ella. Leer un poema y escribir otro; escuchar una historia familiar y convertirla en relato; consultar varias fuentes y elaborar una explicación propia; discutir un problema y registrar las conclusiones del grupo son distintas expresiones de un mismo proceso: recibir lenguaje, transformarlo y devolverlo al mundo.

Esta perspectiva adquiere una importancia adicional en un momento en el que producir textos resulta técnicamente más fácil que nunca. Hoy cualquiera puede publicar una opinión, compartir una fotografía, grabar un audio, editar un video o producir en segundos textos que antes requerían mucho más tiempo. Las herramientas de inteligencia artificial han acelerado todavía más ese proceso. La abundancia ya no afecta solamente aquello que podemos consumir; también transforma nuestra capacidad para producir.

Frente a esta realidad, la educación puede cometer un error si responde únicamente intentando impedir o controlar esas herramientas. El verdadero desafío es más amplio: enseñar a distinguir entre producir información y construir conocimiento. Podemos generar cientos de palabras sin haber comprendido un problema. Podemos copiar datos correctos sin saber cómo se relacionan. Podemos recibir una respuesta perfectamente escrita sin tener criterios suficientes para saber si es confiable. En este nuevo escenario, la lectura crítica se vuelve todavía más importante porque necesitamos evaluar aquello que encontramos antes de poder utilizarlo.

Aquí aparece con claridad la idea de gestión del conocimiento. El término puede sonar lejano a la experiencia cotidiana de un niño o un adolescente, pero describe algo que hacen constantemente. Surge una pregunta; buscan información; encuentran varias respuestas; deciden cuál parece confiable; guardan algo; descartan otra cosa; relacionan lo nuevo con lo que ya sabían; intentan explicárselo a alguien. Todo ese recorrido forma parte de aprender.

La escuela ha enseñado tradicionalmente muchas de esas operaciones, aunque a menudo de manera separada. Hay una clase para buscar información, otra para escribir, otra para leer, otra para exponer. Lo que necesitamos fortalecer ahora es la relación entre ellas. Gestionar conocimiento implica poder transitar de una práctica a otra con algún propósito. Leer para responder una pregunta. Escuchar para comparar una perspectiva. Escribir para organizar información. Conversar para someter una idea a discusión. Regresar a una fuente cuando descubrimos que algo no encaja.

Un proyecto contemporáneo de lectura debería permitir que esos desplazamientos ocurran de manera natural. Pensemos, por ejemplo, en una novela situada alrededor de un río. La experiencia puede quedarse perfectamente en la lectura literaria, y no habría nada insuficiente en ello. Pero también podría despertar preguntas sobre el territorio, la contaminación, las comunidades que viven en sus orillas, los animales que lo habitan o las historias que se han contado alrededor de él. Un grupo puede decidir investigar alguna de esas preguntas, entrevistar a una persona, escuchar un testimonio, consultar un mapa, escribir una crónica o producir una conversación grabada. El libro no ha sido abandonado; ha empezado a conectarse con el mundo.

Esa capacidad de conexión es probablemente una de las señales más interesantes de una formación lectora sólida. Un lector avanzado no guarda cada texto en un compartimento independiente. Relaciona. Una historia recuerda otra historia. Un concepto aparece de nuevo en otra asignatura. Una noticia contradice algo leído anteriormente. Una experiencia cotidiana ilumina una escena literaria. Poco a poco se construye una red.

La posibilidad de construir esas redes es también una respuesta frente a uno de los problemas de la abundancia informativa contemporánea: la fragmentación. Podemos pasar horas recibiendo contenidos y terminar el día con la sensación de haber visto muchas cosas sin haber construido ninguna relación entre ellas. Informarse no equivale automáticamente a comprender. La comprensión exige algún trabajo de selección, jerarquización y conexión.

La lectura prolongada ofrece una escuela privilegiada para ese trabajo porque obliga a sostener relaciones a través del tiempo. Para comprender una novela debemos recordar personajes y acontecimientos; para seguir un ensayo necesitamos mantener presente el argumento; para interpretar un libro álbum debemos observar las relaciones entre lo dicho y lo mostrado. El lector aprende progresivamente que ninguna información existe completamente sola. Cada elemento adquiere sentido dentro de una estructura.

Pero tampoco deberíamos idealizar el libro como la única forma capaz de producir profundidad. Un buen podcast, un documental, una conversación extensa o una experiencia interactiva pueden exigir formas complejas de atención y comprensión. Lo relevante es la calidad de la relación que establecemos con el contenido y la capacidad de integrarlo dentro de un proceso de pensamiento. Esta es una razón adicional para que una propuesta de formación lectora contemporánea no deba construirse como una fortaleza defensiva contra el ecosistema digital.

Los niños y jóvenes ya viven dentro de ese ecosistema. La pregunta no es si queremos que entren, porque ya están allí, sino qué capacidades necesitan para habitarlo mejor. Necesitan aprender cuándo una fuente merece confianza, reconocer cuándo una información busca persuadirlos, distinguir evidencia de opinión, identificar aquello que todavía no saben y desarrollar criterios para decidir qué merece su tiempo. Todo esto pertenece también a la formación de lectores.

De allí que resulte insuficiente medir un programa únicamente por la cantidad de libros puestos en circulación. También deberíamos preguntarnos qué conversaciones está produciendo, qué oportunidades tienen los estudiantes para elegir, qué lugar ocupa la escritura, qué tipo de preguntas aparecen, cómo se acompaña la búsqueda de información, qué papel tienen docentes y familias y hasta qué punto el proceso consigue generar autonomía.

La autonomía es quizá el criterio decisivo. Toda mediación lectora contiene una pequeña paradoja: acompañamos para que algún día nuestra presencia sea menos necesaria. Recomendamos libros para que el lector aprenda progresivamente a encontrarlos. Hacemos preguntas para que empiece a formular las suyas. Organizamos conversaciones para que descubra el valor de conversar. Ofrecemos estrategias para que pueda utilizarlas después sin que alguien tenga que recordárselas.

Esto exige aceptar que los lectores no recorrerán siempre los caminos que nosotros habíamos imaginado. Algunos se interesarán por géneros que la escuela tradicionalmente ha mirado con sospecha. Otros leerán por temporadas. Habrá quienes prefieran novelas gráficas, poesía, divulgación científica, fantasía, biografías o textos informativos. La formación lectora no debería consistir en producir lectores idénticos, sino en ampliar las posibilidades para que cada persona encuentre maneras cada vez más ricas de relacionarse con los textos.

También implica reconocer que los ritmos son diferentes. Una comunidad de lectores no es un grupo en el que todos leen lo mismo, al mismo tiempo y de la misma manera. Puede ser precisamente lo contrario: un espacio donde las diferencias se vuelven productivas. Quien lee mucho recomienda. Quien lee lentamente observa detalles que otros pasan por alto. Quien todavía encuentra dificultades puede participar mediante la escucha y la conversación. Quien abandona un libro puede explicar por qué y recibir otra recomendación. La comunidad no elimina las trayectorias individuales; les ofrece un lugar donde encontrarse.

Por eso la familia también tiene un papel que va mucho más allá de vigilar cuánto leyó un niño. Una casa puede contribuir enormemente a la formación lectora aunque no posea una biblioteca gigantesca. Preguntar qué está leyendo alguien, escuchar una historia, compartir una noticia, contar una anécdota familiar, visitar una biblioteca o permitir que los libros formen parte de las conversaciones ordinarias construye una cierta normalidad alrededor de la lectura. El mensaje más poderoso quizá no sea “debes leer”, sino “aquí leemos, contamos, preguntamos y escuchamos porque esas cosas forman parte de nuestra vida”.

Algo parecido ocurre con el docente. El profesor no necesita convertirse en especialista en literatura para ser mediador de lectura. Necesita, sobre todo, poder mostrar que los textos tienen consecuencias: hacen pensar, permiten preguntar, pueden discutirse y relacionarse con otros conocimientos. La formación de lectores no pertenece exclusivamente al área de lenguaje. Un profesor de ciencias que enseña a leer una explicación con cuidado, una profesora de historia que compara fuentes o alguien que ayuda a interpretar un gráfico también está formando lectores.

Vista desde esta perspectiva, la lectura deja de ser una competencia encerrada en una asignatura y se convierte en una infraestructura del aprendizaje. Leemos para aprender matemáticas, ciencias, historia y filosofía; para comprender una instrucción; para interpretar una noticia; para conocer nuestros derechos; para decidir qué pensamos sobre un problema. Formar lectores no es entonces una tarea periférica del sistema educativo. Es una de las condiciones que permiten que muchas otras formas de aprendizaje ocurran.

Eso explica por qué necesitamos empezar a pensar menos en actividades aisladas y más en ecosistemas lectores. Un ecosistema supone libros, desde luego, pero también personas, tiempos, espacios, conversaciones, tecnologías y posibilidades de creación. Ninguno de esos componentes basta por sí solo. Una plataforma digital sin mediación puede convertirse simplemente en otro repositorio. Una biblioteca extraordinaria sin tiempo para explorarla puede permanecer intacta. Un docente entusiasta sin materiales suficientes encuentra límites evidentes. Una familia interesada necesita orientaciones y oportunidades.

La pregunta estratégica deja entonces de ser cuántos libros podemos poner frente a un estudiante y empieza a ser qué condiciones podemos construir alrededor suyo para que leer tenga sentido. Esa modificación parece pequeña, pero reorganiza todo lo demás. Nos obliga a pensar simultáneamente en el libro y en aquello que ocurre después de cerrarlo; en la lectura individual y en la conversación; en el papel y en las posibilidades digitales; en la escuela y en la familia; en comprender lo que otros han escrito y en aprender a producir una voz propia.

Formar lectores hoy significa, en buena medida, ayudar a construir ese entramado. Y si aceptamos esa definición, el viejo plan lector comienza a mostrarse como una pieza necesaria, pero insuficiente, de algo mucho más amplio. La pregunta que queda abierta ya no es solamente cómo elegir mejores libros. Es cómo hacer que libros, mediadores, tecnologías, conversaciones y experiencias educativas trabajen juntos. Allí empieza a tomar forma otra posibilidad: pasar del plan lector al ecosistema lector.

III. Del plan lector al ecosistema lector

Si formar lectores significa construir condiciones para que una persona pueda leer con atención, conversar, escribir, escuchar, relacionar información y desarrollar autonomía, entonces también necesitamos cambiar la escala desde la cual pensamos nuestras estrategias. El plan lector sigue siendo útil, pero ya no puede funcionar como la arquitectura completa. Es, en el mejor de los casos, una de las piezas de un sistema más amplio. La pregunta no es únicamente qué libros leerán los estudiantes durante el año, sino qué experiencias permitirán que esos libros permanezcan, se conecten con otras prácticas y formen parte de una comunidad.

Este cambio de enfoque importa porque durante mucho tiempo hemos diseñado los programas de lectura como secuencias cerradas. Elegimos una obra, asignamos un tiempo para leerla, proponemos algunas actividades y avanzamos hacia la siguiente. La lógica funciona bien para organizar calendarios, pero no necesariamente para acompañar procesos. Los lectores reales no se comportan de manera tan ordenada. Vuelven sobre libros antiguos, abandonan algunos, descubren otros por recomendación, establecen asociaciones inesperadas y atraviesan temporadas de mayor o menor intensidad. Una política o un programa serio de formación lectora debería ser capaz de reconocer esa irregularidad sin confundirla con fracaso.

Hablar de un ecosistema lector permite justamente pensar esas relaciones. En un ecosistema, ningún elemento funciona completamente solo. Los libros necesitan circular; los lectores necesitan tiempo; los docentes requieren herramientas; las familias pueden convertirse en aliadas; las bibliotecas ofrecen espacios de exploración; las tecnologías pueden ampliar el acceso, conectar contenidos y sostener procesos; la escritura permite reelaborar lo leído; la conversación convierte la experiencia individual en una construcción compartida. Cuando alguna de estas piezas desaparece, las demás continúan existiendo, pero pierden parte de su potencia.

También cambia la manera de evaluar el éxito. Un programa lector no debería medirse únicamente por el número de ejemplares entregados o por la cantidad de títulos incluidos en una lista. Esos datos siguen siendo importantes, pero necesitan convivir con preguntas distintas. ¿Los estudiantes eligen lecturas por iniciativa propia? ¿Recomiendan libros entre ellos? ¿Aparecen conversaciones espontáneas? ¿Se amplía la diversidad de géneros y temas que exploran? ¿Los docentes disponen de recursos para acompañar sin convertir toda lectura en una evaluación? ¿Las familias entienden qué papel pueden desempeñar? ¿Las experiencias de lectura generan escritura, curiosidad y nuevas preguntas?

No todas estas dimensiones son fáciles de convertir en indicadores. Tampoco deberían serlo. Una parte del problema aparece precisamente cuando intentamos reducir procesos culturales complejos a métricas demasiado simples. Eso no significa renunciar al seguimiento, sino aprender a observar de una manera más inteligente. Podemos registrar avances, recorridos, intereses y participación sin convertir la lectura en una carrera. Podemos reconocer trayectorias sin clasificar permanentemente a los lectores. Podemos ofrecer información útil a docentes y familias sin transformar cada interacción en una calificación.

Esta distinción es especialmente importante cuando incorporamos tecnologías digitales. Una plataforma puede saber cuándo una persona abrió un contenido, cuánto avanzó o qué actividades realizó. Esa información puede ser valiosa para acompañar procesos, pero resulta peligrosa si confundimos lo medible con lo importante. Haber permanecido cuarenta minutos frente a un texto no demuestra que una persona haya construido una relación significativa con él. Del mismo modo, leer rápidamente no significa necesariamente leer mal. La tecnología puede ayudarnos a mirar mejor, siempre que recordemos que los datos son señales y no sustitutos de la interpretación pedagógica.

Desde Chibalete hemos venido trabajando precisamente sobre esa pregunta: cómo construir un entorno en el que los libros sigan siendo centrales, pero puedan relacionarse de manera orgánica con otras experiencias de lectura, escritura, oralidad y gestión del conocimiento. Esa es la lógica que sostiene nuestro Programa Integral de Lectura, Escritura, Oralidad y Gestión del Conocimiento y también el desarrollo de Chibalete+. No partimos de la idea de reemplazar el libro físico por una plataforma. Partimos de una convicción distinta: el libro puede tener más vida cuando forma parte de un sistema capaz de acompañar lo que sucede antes, durante y después de leerlo.

Eso significa que una experiencia puede comenzar en un libro impreso y continuar en una conversación guiada, en un audio, en una lectura complementaria o en un ejercicio de escritura. También puede ocurrir a la inversa: una pregunta puede aparecer primero en una experiencia digital y conducir posteriormente hacia un libro. Lo importante no es cuál soporte ocupa el primer lugar, sino que cada uno haga aquello que sabe hacer mejor y que todos formen parte de un mismo recorrido.

El libro físico conserva cualidades difíciles de sustituir. Tiene presencia material, permite una relación espacial con el texto, circula entre personas y puede permanecer durante años en una biblioteca familiar o escolar. Una plataforma digital, por su parte, puede ampliar el acceso, acompañar distintas rutas, integrar formatos diversos y permitir que ciertos materiales estén disponibles cuando el lector los necesita. La oralidad introduce voz y conversación; la escritura transforma al lector en productor; la mediación humana ofrece contexto y criterio. El objetivo no debería ser decidir cuál de estos elementos reemplazará a los demás, sino conseguir que se fortalezcan mutuamente.

Esa complementariedad resulta especialmente importante para los docentes. Si queremos que la lectura atraviese realmente la vida escolar, no podemos descansar toda la responsabilidad sobre el entusiasmo individual de unos pocos profesores. Necesitamos ofrecer estructuras que faciliten el trabajo sin rigidizarlo. Un buen programa debería permitir que un docente encuentre orientaciones, preguntas, lecturas complementarias y posibilidades de actividad, pero conserve al mismo tiempo suficiente autonomía para adaptarlas a su grupo.

La mediación no puede convertirse en un guion obligatorio. Una clase de primero de primaria en Bogotá y un grupo de adolescentes en una escuela rural pueden leer el mismo libro y necesitar experiencias completamente distintas. El contexto modifica la lectura. También lo hacen la edad, los intereses, las conversaciones previas y las características de cada comunidad. Por eso resulta mucho más fértil proporcionar repertorios de posibilidades que secuencias inflexibles.

La familia necesita una lógica parecida. Muchas veces hablamos de la participación familiar en la lectura como si todos los hogares pudieran reproducir una pequeña versión de la escuela. No es realista ni deseable. Una madre o un padre no necesita diseñar cuestionarios para acompañar una lectura. Puede preguntar qué está pasando en una historia, escuchar una recomendación, compartir un recuerdo, ayudar a buscar una palabra o sencillamente permitir que exista un tiempo para leer. Acompañar no significa convertirse en profesor.

Cuando estas dimensiones empiezan a conectarse, el programa lector deja de ser una lista de títulos y comienza a convertirse en una infraestructura cultural. Los libros siguen ofreciendo el territorio común, pero alrededor de ellos aparecen caminos. Algunos llevan hacia otras lecturas; otros hacia la conversación; otros hacia la escritura o la investigación. Cada lector puede recorrerlos de manera diferente y el trabajo de la institución consiste en ampliar las posibilidades, no en imponer una única ruta.

Este enfoque también permite entender mejor el lugar de herramientas como la inteligencia artificial. Su valor educativo no está en reemplazar al mediador ni en producir automáticamente las respuestas que antes pedíamos al estudiante. Utilizada de ese modo, la tecnología puede incluso empobrecer el proceso. Su verdadero potencial aparece cuando ayuda a formular mejores preguntas, encontrar relaciones, ofrecer apoyos diferenciados, explorar alternativas o acompañar una búsqueda sin apropiarse del pensamiento del lector.

En Chibalete+ hemos llamado Leo al asistente que acompaña parte de estas experiencias. Su función, dentro de nuestra concepción pedagógica, no es decirle al estudiante qué debe pensar sobre un texto ni calificar su interpretación. Queremos que ayude a mantener abierta la conversación: que pueda orientar una búsqueda, ofrecer pistas, formular preguntas o ayudar a organizar información. La decisión pedagógica continúa estando en manos de docentes, mediadores y comunidades educativas.

Esta diferencia puede parecer técnica, pero en realidad expresa una posición sobre qué significa aprender. Si una plataforma pretende resolver la lectura por el estudiante, entonces termina sustituyendo justamente aquello que queremos desarrollar. Si, en cambio, ayuda a que el lector formule una pregunta más precisa, encuentre una relación que no había visto o descubra una nueva ruta para seguir investigando, la tecnología puede ampliar la mediación sin desplazarla.

La misma lógica vale para las experiencias que estamos desarrollando alrededor de los libros. Algunos contenidos necesitan silencio y lectura sostenida. Otros se enriquecen cuando incorporan una voz. Algunos invitan a escribir. Otros funcionan mejor como conversaciones. En ciertos casos, una pieza breve puede abrir la puerta hacia una obra más extensa. No existe un formato privilegiado para todo. Lo decisivo es que exista una intención clara detrás de cada recurso y que el conjunto no compita por la atención del lector, sino que la acompañe.

Esto nos devuelve a una cuestión fundamental: formar lectores requiere tiempo. No solo minutos asignados dentro de un horario, sino continuidad. Una institución puede organizar una excelente semana de la lectura y producir una experiencia memorable, pero una cultura lectora se construye durante meses y años. Necesita repetición, descubrimiento, libertad, conversación y también una cierta familiaridad. Los libros deben dejar de aparecer como acontecimientos excepcionales para convertirse en habitantes habituales de la vida escolar y familiar.

Por eso preferimos hablar de programa integral y no simplemente de plan lector. La palabra integral no pretende sugerir que todo deba ocurrir al mismo tiempo ni que cada libro tenga que activar todas las dimensiones posibles. Significa que entendemos esas dimensiones como partes de un mismo proceso. Leer puede conducir a escribir; escuchar puede modificar una interpretación; conversar puede llevar a investigar; una búsqueda puede devolvernos a la lectura. La gestión del conocimiento aparece cuando aprendemos a movernos conscientemente dentro de esas relaciones.

También significa que la formación lectora no termina cuando el estudiante abandona el aula. Si logramos hacer bien nuestro trabajo, algo de ese ecosistema empieza a trasladarse con él. Aparece cuando busca voluntariamente un libro, cuando pregunta por un tema que desconoce, cuando duda de una información antes de compartirla, cuando escucha una opinión distinta, cuando recomienda una historia o cuando descubre que escribir puede ayudarle a entender lo que piensa.

En ese punto ocurre algo importante. La formación deja de depender exclusivamente de nuestra intervención. El lector empieza a construir sus propios recorridos.

Quizá esa sea la mejor manera de responder a la pregunta que abrió este ensayo. Formar lectores hoy no significa conseguir que alguien complete una lista de libros. Tampoco consiste en enfrentar el papel contra las pantallas ni en encontrar una tecnología que resuelva por sí sola los problemas de la lectura. Significa construir las condiciones para que las personas puedan relacionarse de manera cada vez más autónoma, crítica, profunda y placentera con los textos y con las ideas que circulan a través de ellos.

Para lograrlo seguimos necesitando libros. Muchos, diversos y buenos libros. Pero necesitamos también conversación, escucha, escritura, curiosidad, mediación, tiempo, herramientas y comunidad. Necesitamos escuelas capaces de entender la lectura como una responsabilidad compartida y familias que puedan acompañarla sin convertirla en una obligación más. Necesitamos tecnologías diseñadas para ampliar las posibilidades del lector, no para reemplazar su pensamiento.

El desafío contemporáneo de la formación lectora comienza justamente allí. No se trata de abandonar aquello que hemos construido durante décadas, sino de llevarlo un paso más lejos: pasar de entregar libros a construir relaciones con ellos; de completar planes lectores a sostener comunidades; de medir páginas a observar procesos; de pensar la lectura como una actividad aislada a comprenderla como una manera de participar del conocimiento.

Porque formar lectores, finalmente, no es enseñar a vivir dentro de los libros. Es ayudar a que los libros, las palabras, las preguntas y las conversaciones se vuelvan herramientas para vivir mejor dentro del mundo.

Del ecosistema lector a un programa integral

Esta manera de entender la formación lectora es la que orienta el Programa Integral de Lectura, Escritura, Oralidad y Gestión del Conocimiento de Chibalete. La propuesta parte de una idea sencilla: una institución educativa necesita algo más que una selección anual de buenos libros si quiere construir una cultura de lectura capaz de sostenerse en el tiempo. Necesita articular esos libros con mediación docente, conversación, escritura, experiencias de oralidad, participación de las familias y oportunidades para que los estudiantes relacionen aquello que leen con nuevas preguntas y conocimientos. El programa no busca reemplazar el plan lector, sino ampliarlo: convertir una secuencia de títulos en un proceso continuo de formación.

Dentro de ese ecosistema, Chibalete+ cumple una función específica. No pretende sustituir el libro físico ni trasladar a una pantalla aquello que ya ocurre bien sobre el papel. La plataforma permite extender la experiencia: acceder a una biblioteca digital, encontrar materiales complementarios, desarrollar experiencias de lectura y escritura, escuchar contenidos, acompañar determinados recorridos y ofrecer a docentes y familias información que pueda ayudarles a comprender mejor cómo participan los lectores. La tecnología cobra sentido precisamente cuando deja de ser un destino y se convierte en una herramienta para conectar experiencias que antes podían permanecer separadas.

Esa combinación entre libros, mediación y herramientas digitales también permite pensar la formación lectora como un proceso que continúa más allá de una actividad o de una asignatura. Un estudiante puede encontrar una historia en un libro impreso, conversar sobre ella en el aula, continuar explorando una pregunta a través de Chibalete+, escribir a partir de lo leído y regresar después al libro con otra mirada. El valor no está en conseguir que utilice todos esos recursos, sino en que disponga de diferentes caminos para construir una relación cada vez más autónoma con la lectura. Por eso, cuando hablamos de un programa integral, no estamos proponiendo hacer más actividades alrededor de cada libro. Estamos intentando construir mejores condiciones para que leer, escribir, escuchar, conversar y aprender formen parte de una misma experiencia.


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Chibalete+ es nuestro programa de lectura, escritura y oralidad; los planes están en Suscripciones.