septiembre 23, 2026

Cuando investigar también significa aprender a contar

Cómo hacer circular conocimiento complejo sin perder aquello que lo hace riguroso

I. Una investigación no termina cuando se publica

Durante mucho tiempo hemos entendido la publicación académica como el momento natural de llegada de una investigación. El artículo entra a una revista, el libro llega a una editorial universitaria, el capítulo forma parte de una compilación y el conocimiento, después de haber atravesado métodos, archivos, entrevistas, hipótesis y discusiones bibliográficas, adquiere finalmente una forma pública. Esa forma cumple funciones irremplazables: permite que una comunidad de especialistas examine los argumentos, siga las fuentes, cuestione los procedimientos y continúe la conversación. La escritura académica no es un obstáculo que debamos superar para que el conocimiento llegue a “la gente”. Es una infraestructura de rigor.

El problema comienza cuando confundimos esa infraestructura con el conocimiento mismo. Una investigación puede haber circulado de manera satisfactoria dentro de su disciplina y, al mismo tiempo, permanecer prácticamente ausente de las conversaciones de docentes, estudiantes de colegio, comunidades, lectores generales o personas interesadas en el problema estudiado. No porque esos públicos sean incapaces de comprenderla, sino porque la forma que necesitó para ser discutida entre pares no necesariamente es la misma que necesita para circular fuera de ese espacio.

La Universidad de los Andes ha convertido esa pregunta en una línea visible de experimentación. Su portal de Conocimiento Abierto se presenta explícitamente como un espacio para integrar investigaciones y proyectos de la Universidad y divulgarlos mediante lenguajes accesibles para públicos diversos. La plataforma reúne formatos que van desde documentales y videos hasta piezas gráficas, archivos digitales y experiencias multimedia, y plantea la apertura del conocimiento como algo más amplio que hacer disponibles unos resultados: implica traducir metodologías, procesos y hallazgos a formas pertinentes para distintos públicos.

Pero algunos de los experimentos más interesantes comenzaron antes de que existiera esa plataforma. En 2013 Ediciones Uniandes publicó El antagonista. Una historia de contrabando y color, una novela gráfica surgida de la investigación histórica de Muriel Laurent. El libro reconstruye un caso de contrabando descubierto en Mompox durante el siglo XIX y sigue la figura de Remigio Márquez dentro de una trama que permite abordar poder, prensa, República y prejuicios raciales. La investigación y los textos estuvieron a cargo de Laurent; Rubén Egea realizó la adaptación y Alberto Vega el dibujo y el color. La propia editorial presenta la obra como un aporte a la historia de Colombia concebido también para un público general.

Lo verdaderamente interesante está en lo que ocurrió durante la transformación. Laurent explicó posteriormente que el proyecto nació de una pregunta muy sencilla: si la academia privilegiaba artículos indexados y libros eruditos, ¿por qué no comunicar además los resultados de una investigación en otro formato? La historia que estudiaba tenía una escala micro, escenas de acción y un potencial visual que hacía plausible la novela gráfica. Pero convertirla en imágenes no consistió simplemente en recortar párrafos, eliminar referencias y añadir dibujos.

La imagen empezó a exigir respuestas nuevas. Un texto histórico puede mencionar un espacio sin reconstruir visualmente cada detalle. Una viñeta no puede hacerlo con la misma facilidad. Hay que decidir cómo luce una calle, qué objetos están presentes, cómo se viste un personaje, qué distancia separa dos cuerpos, qué arquitectura resulta plausible y qué aspectos de la cultura material pueden representarse sin inventar arbitrariamente. De pronto, aquello que parecía una adaptación posterior se convierte en una nueva fase de investigación.

Ahí aparece una primera idea importante para pensar la edición contemporánea del conocimiento: cuando cambia la forma de contar, también cambian algunas de las preguntas que debemos hacerle a aquello que sabemos.

Esto desmonta una oposición demasiado cómoda entre investigación y divulgación. Según esa división, primero ocurriría el verdadero trabajo intelectual y, una vez terminado, alguien se ocuparía de “traducirlo” a una versión más fácil. Sin embargo, proyectos como El antagonista sugieren algo más complejo. La transformación de formato puede obligar a volver a las fuentes, identificar lagunas, resolver detalles, jerarquizar relaciones y preguntarse qué necesita realmente comprender alguien que entra por primera vez al problema.

Algo semejante ocurre en Camino y ruptura. Una historia gráfica de las prácticas jurídicas indígenas en el Cauca a principios del siglo XX, de Karla Luzmer Escobar Hernández, publicada por Ediciones Uniandes en 2024. La obra surge de una investigación doctoral sobre las luchas jurídicas de comunidades indígenas del suroccidente colombiano por sus derechos sobre la tierra a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Pero el resultado no se presenta únicamente como una tesis convertida en libro. Se construye como historia gráfica, con guion de Óscar Pantoja, ilustraciones de Miguel Ángel Vallejo —Gusanillo— e investigación de imagen de María Juliana Vargas, e incorpora además recursos audiovisuales como expansión transmedia.

El problema jurídico que aborda es complejo. Incluye la Ley 89 de 1890, interpretaciones de esa legislación por líderes indígenas y funcionarios estatales, formas de litigio, guerra, ciudadanía y transformaciones históricas de la indigeneidad. Nada de eso deja de ser complejo porque aparezca dentro de una novela gráfica. Lo que cambia es la arquitectura mediante la cual un lector puede entrar en el problema.

Esta distinción resulta fundamental porque todavía asociamos con demasiada facilidad la accesibilidad con la simplificación. Suponemos que aquello que llega a una audiencia amplia necesariamente contiene menos conocimiento, como si el grado de dificultad de la prosa fuera una medida directa de profundidad intelectual. Pero una obra puede reducir barreras de entrada sin reducir aquello que está intentando comprender. Puede utilizar personajes, secuencias, mapas, imágenes o sonido para redistribuir una complejidad que en el artículo académico se encontraba concentrada en otros lugares.

Eso no elimina el riesgo de simplificar. Toda transformación selecciona. Una novela gráfica no puede mostrar simultáneamente todo el archivo. Un documental no puede desarrollar cada discusión bibliográfica. Un pódcast organiza el tiempo de una manera diferente a un libro. Una visualización destaca unas variables y deja otras en segundo plano. El problema no consiste en evitar la selección —eso sería imposible—, sino en hacerla con conciencia editorial.

La pregunta deja entonces de ser “¿cómo hacemos esto más fácil?” y pasa a ser algo bastante más exigente: ¿qué necesita conservarse para que el conocimiento siga siendo intelectualmente responsable cuando cambia de forma?

Ahí empezamos a acercarnos al núcleo de este ensayo. Adaptar conocimiento no consiste únicamente en ampliar su circulación. Consiste en diseñar una relación diferente entre evidencia, forma y audiencia. Y esa tarea es editorial.

II. Adaptar no significa decir menos

Uno de los prejuicios más persistentes alrededor de la divulgación académica es pensarla como una operación de reducción. Tenemos un texto complejo y necesitamos producir una versión más sencilla. Quitamos tecnicismos, reducimos notas al pie, eliminamos matices y convertimos argumentos largos en una secuencia más accesible. A veces esa operación es necesaria. Pero si la concebimos como el modelo general de adaptación, terminamos entendiendo al público amplio como un lector al que debemos darle una versión empobrecida del conocimiento.

Hay otra posibilidad: no reducir la complejidad, sino reorganizarla. La escritura académica deposita una parte considerable de su rigor en mecanismos reconocibles: referencias, discusión bibliográfica, descripción metodológica, citas, aparato crítico, precisión conceptual. Cuando cambiamos de formato, esas funciones no necesariamente desaparecen, pero pueden distribuirse de otra manera. La evidencia puede quedar vinculada a un archivo digital. La metodología puede explicarse en una capa complementaria. Una imagen puede mostrar simultáneamente relaciones espaciales que un texto tendría que describir durante varias páginas. Una voz puede hacer audible algo que una transcripción aplana. Una cartografía puede permitir explorar relaciones territoriales que una tabla vuelve abstractas.

El proyecto Viajeros del Orinoco, dirigido por Natalia Lozada Mendieta, ofrece un ejemplo distinto de esta redistribución. Reúne materiales producidos por 22 viajeros de seis naciones que recorrieron la región del Orinoco entre 1799 y 1920: textos, mapas, grabados, fotografías y otros documentos que antes se encontraban dispersos entre colecciones y bibliotecas. La plataforma no sustituye esos materiales por una narración simplificada. Los reorganiza para que puedan encontrarse, relacionarse y recorrerse desde otro lugar.

Aquí la innovación editorial consiste menos en “traducir” una investigación que en cambiar la arquitectura de acceso a las fuentes. La posibilidad de navegar perfiles, rutas, imágenes y documentos produce una relación distinta con el corpus. Un estudiante puede entrar por un mapa. Un investigador puede rastrear una fuente. Un lector general puede descubrir a un viajero y seguir su recorrido. El mismo universo documental admite entradas distintas sin necesidad de convertirse en universos distintos.

Este principio está también detrás de Antípoda Multimodal, espacio de la revista Antípoda dedicado a formas visuales, experimentales y multimedia de investigación y comunicación antropológica y arqueológica. Allí conviven ensayos visuales, fotografías, dibujos, cómics, videos, archivos interactivos y narrativas digitales. La premisa de la sección es explícita: determinadas experiencias y procesos sociales pueden encontrar posibilidades de investigación y representación que no se agotan en la escritura académica convencional.

La palabra importante es investigación. No estamos hablando solo de comunicación. Una imagen puede ser una fuente; una secuencia visual puede constituir una forma de argumentación; un paisaje sonoro puede registrar una relación territorial; una interfaz puede permitir explorar un archivo de maneras que producen asociaciones diferentes. Cuando esto ocurre, el formato deja de ser el envoltorio final del conocimiento y empieza a participar en la manera de producirlo.

El proyecto El Maikol, desarrollado por la antropóloga Ana María Forero, lleva esta cuestión hacia un territorio todavía más delicado. La propuesta, presentada por la Universidad como novela gráfica en desarrollo, parte de las trayectorias de vida de más de sesenta soldados profesionales entrevistados entre 2014 y 2016. En lugar de convertir cada entrevista en una historia independiente, el proyecto plantea a Maikol como una sinécdoque en la que convergen experiencias de distintos soldados. Los capítulos pueden concentrarse en compañeros, objetos significativos o momentos como el ingreso a la institución, la muerte de un compañero o las experiencias en combate. La referencia explícita a autores como Joe Sacco e Igort indica además una voluntad de trabajar la investigación mediante lenguajes propios de la narrativa gráfica.

Aquí la adaptación nos obliga a enfrentar una pregunta ética y editorial mucho más difícil. Si Maikol condensa decenas de trayectorias, ¿qué clase de verdad representa? No es una persona cuya biografía pueda reconstruirse de principio a fin. Tampoco es un personaje completamente inventado. Es una operación narrativa construida a partir de testimonios reales. Para que esa operación sea intelectualmente responsable, necesitamos saber qué clase de relación mantiene con las fuentes. Esto nos lleva a un concepto central: trazabilidad.

Una obra de conocimiento dirigida a públicos amplios no necesita llevar todo su aparato académico en la superficie. Pero sí debería preservar la posibilidad de reconstruir la genealogía de sus afirmaciones. Qué sabemos. De dónde proviene. Cómo fue obtenido. Qué parte corresponde a evidencia directa. Qué parte es reconstrucción. Qué decisiones narrativas fueron necesarias. Qué interpretación propone el autor y qué incertidumbres continúan abiertas.

La forma puede cambiar. La responsabilidad con la evidencia no. Este principio nos permite evitar dos extremos. El primero es exigir que toda obra de divulgación cargue consigo la misma arquitectura formal de un artículo académico. Si hacemos eso, simplemente reproducimos las barreras de entrada. El segundo es asumir que, como estamos contando una historia, podemos borrar las fronteras entre documentación, interpretación y ficción. Allí se rompe la confianza.

Ortiz, de Ana María Forero Ángel, publicado por Ediciones Uniandes en 2025, resulta particularmente sugerente en este punto. La obra articula las trayectorias de Alicia y Ortiz en una narración atravesada por violencia, memoria, ausencia, guerra y experiencia antropológica. Su autora ha trabajado durante años sobre instituciones militares, narrativas emocionales de soldados profesionales, vida cotidiana militar y materialidades asociadas con las fuerzas armadas. La publicación no puede reducirse a decir que esos trabajos académicos fueron “convertidos” en una historia. Más bien parece mostrar cómo un largo campo de preguntas antropológicas puede producir otra forma narrativa capaz de explorar dimensiones subjetivas que no necesariamente ocupan el mismo lugar en una monografía convencional.

Ese desplazamiento tiene consecuencias. Una investigación puede producir resultados verificables y, al mismo tiempo, dejar experiencias difíciles de capturar dentro de tablas o categorías analíticas: miedo, memoria, silencio, contradicción, afecto, duelo, formas de narrarse a uno mismo. La narrativa gráfica no vuelve esas dimensiones automáticamente verdaderas. Pero puede permitir que aparezcan de otro modo.

Esto explica por qué adaptar conocimiento exige criterio editorial, no solo destreza comunicativa. Cada formato tiene una retórica propia. Una fotografía parece inmediata, pero ha sido encuadrada. Un mapa parece objetivo, pero decide qué incluir y cómo relacionarlo. Una novela gráfica puede producir continuidad donde las fuentes originales estaban fragmentadas. Un pódcast puede otorgar una enorme fuerza a una voz individual que no necesariamente representa estadísticamente a una población.

Por eso, al cambiar de formato debemos preguntarnos también qué puede probar cada forma y qué solamente puede mostrar, sugerir o hacer perceptible. Una entrevista puede mostrar experiencia. No establece prevalencia. Un archivo puede documentar un hecho. No interpreta por sí solo sus causas. Una visualización puede hacer visible un patrón. No elimina las decisiones mediante las cuales ese patrón fue construido. Una historia puede conectar acontecimientos. No debería inventar causalidad para que la narración resulte más satisfactoria.

Esta diferenciación puede parecer una exigencia propia de especialistas, pero es justamente lo que permite ampliar audiencias sin tratarlas con condescendencia. Un lector general no necesita que ocultemos la incertidumbre. Puede comprender perfectamente que una reconstrucción contiene decisiones, que un personaje sintetiza varias trayectorias o que una interpretación histórica compite con otras. De hecho, mostrar esas capas puede hacer el conocimiento más interesante.

Adaptar, entonces, no significa eliminar todos los matices hasta producir una conclusión fácil de recordar. Significa encontrar una forma que permita entrar al problema sin destruir aquello que lo vuelve un problema.

III. De publicar para pares a diseñar públicos

Hay una diferencia importante entre hacer accesible una publicación y diseñar una obra para otra audiencia. Subir un PDF académico a una plataforma abierta elimina una barrera económica. Es importante. Pero el lector que encuentra ese documento todavía debe enfrentarse al lenguaje, las convenciones y las presuposiciones de una conversación diseñada originalmente para especialistas. El acceso material no garantiza acceso intelectual.

La política de Conocimiento Abierto de Uniandes reconoce precisamente esta diferencia. La Universidad plantea que abrir conocimiento implica no solo poner resultados a disposición del público, sino construir lenguajes accesibles, culturalmente pertinentes, colaborar con comunidades y ampliar la circulación más allá del perímetro universitario.

Esta dimensión nos interesa especialmente desde la edición porque obliga a pensar en audiencias progresivas. Una investigación puede tener una primera conversación con su comunidad disciplinar. Después puede transformarse para estudiantes universitarios de otras áreas. Puede adquirir otra forma para docentes y estudiantes de secundaria. Puede llegar a lectores generales interesados en historia, derecho, ciencia o sociedad. Cada expansión introduce preguntas nuevas.

No porque cada audiencia sea intelectualmente “inferior” a la anterior. Porque llega con conocimientos previos diferentes. Un historiador especializado en el siglo XIX colombiano no necesita que le expliquemos ciertos procesos básicos. Un estudiante de grado décimo probablemente sí. Pero ese mismo estudiante puede reconocer de inmediato relaciones con problemas contemporáneos que la discusión especializada da por sentadas o deja fuera de foco. El trabajo editorial consiste en decidir qué contexto ofrecer, qué conceptos introducir, qué relaciones hacer visibles y qué puertas dejar abiertas para profundizar.

El antagonista resulta revelador porque Muriel Laurent formuló desde el origen la cuestión de la audiencia. La novela gráfica buscaba tender un puente hacia lectores que difícilmente llegarían a la investigación mediante un libro académico, sin abandonar la exigencia de producir una obra que pudiera seguir siendo tomada en serio por historiadores.

Ese doble horizonte es mucho más interesante que la fórmula habitual de “divulgación para no expertos”. Obliga a producir una obra que funcione en varios niveles. Un lector general puede entrar por la trama. Un profesor puede utilizarla para abrir una discusión sobre la primera República. Un joven puede encontrarse con conflictos de raza, poder, comercio y autoridad. Un investigador puede reconocer el problema histórico y rastrear las fuentes que lo sostienen.

No todos tienen que leer el mismo libro de la misma manera. Aquí aparece una idea editorial que vale la pena defender con fuerza: ampliar audiencia no significa bajar el nivel; significa multiplicar las formas de entrada.

Una obra puede tener una primera capa narrativa muy accesible y, detrás de ella, ofrecer materiales para quien quiera continuar. Puede incluir referencias, cronologías, mapas, documentos, entrevistas, enlaces, bibliografías o archivos. Lo digital amplía enormemente esas posibilidades porque permite construir profundidades distintas sin obligar a todos los lectores a recorrerlas.

Nuestra Orilla, la serie sonora sobre el Bajo Atrato, muestra de manera especialmente clara cómo esta lógica puede extenderse más allá del libro. El proyecto consta de ocho episodios y construye una historia de la región desde las perspectivas de sus habitantes y la experiencia de Ana Luisa Ramírez Flórez. Los líderes comunitarios participaron como coinvestigadores; el proceso involucró historias de vida, relatos orales, investigación documental, paisajes sonoros, música, ilustración y meses de escritura y revisión de guiones. La página del proyecto incluye, además, versiones expandidas de los episodios con fuentes, mapas, fotografías y otros materiales.

Aquí la ampliación de audiencia no ocurre solamente porque el conocimiento se volvió sonoro. La forma fue elegida también por su capacidad de circular en contextos concretos. El proyecto fue difundido mediante emisoras comunitarias del Chocó, además de plataformas digitales, y sus responsables explican que escogieron el audio para alcanzar tanto públicos urbanos como rurales, con un interés especial en jóvenes.

Esta experiencia obliga a incorporar una dimensión que a veces olvidamos cuando hablamos de comunicación académica: el público no es una categoría abstracta. Tiene condiciones materiales de acceso, prácticas culturales, lenguas, territorios, tiempos y tecnologías disponibles.

Una pieza que funciona bien en una revista puede fracasar en una emisora comunitaria. Un archivo interactivo puede ser extraordinario para un aula conectada y prácticamente inútil donde la conectividad es intermitente. Un libro ilustrado puede ofrecer una permanencia material que una experiencia web no tiene. Un pódcast puede circular mientras una persona trabaja, viaja o realiza otras actividades.

La decisión editorial sobre el formato es también una decisión sobre circulación. Por eso resulta insuficiente pensar que la expansión de audiencia ocurre únicamente al final, cuando llega el momento de “promocionar” una investigación. Si queremos que el conocimiento alcance públicos distintos, esa pregunta tiene que aparecer mucho antes.

¿Quiénes podrían necesitar o querer comprender esto? ¿Qué conocen ya? ¿Qué barreras encuentran? ¿Qué medio utilizan? ¿Qué podríamos mostrar en lugar de explicar? ¿Qué información adicional necesitan para no interpretar mal lo que presentamos? ¿Dónde puede profundizar quien quiera hacerlo? Estas preguntas no pertenecen solo al departamento de comunicaciones. Son preguntas editoriales y, en muchos casos, también preguntas de investigación.

Lo interesante del ecosistema que se empieza a ver en Uniandes es justamente que los experimentos no apuntan todos hacia la misma solución. Viajeros del Orinoco organiza un archivo digital. El antagonista y Camino y ruptura utilizan narrativa gráfica. Nuestra Orilla recurre al sonido y la radio. Antípoda Multimodal abre la investigación hacia formatos visuales, sonoros, interactivos y artísticos. Ortiz explora una forma narrativa ligada a una trayectoria antropológica. El Maikol plantea cómo condensar múltiples historias de vida dentro de un dispositivo gráfico.

No hay un formato ganador. Y eso es precisamente lo importante. La innovación no consiste en afirmar que toda investigación debería convertirse en cómic o en pódcast. Sería tan absurdo como sostener que todo conocimiento necesita convertirse en artículo indexado. La innovación consiste en recuperar una pregunta previa a la forma:

¿qué relación queremos construir entre este conocimiento y sus posibles lectores, oyentes, espectadores o usuarios? A veces la respuesta seguirá siendo un libro académico. Y estará bien. Pero otras veces descubriremos que el artículo puede ser el comienzo de la circulación, no su final.

IV. La forma también piensa

Hay un momento especialmente interesante en cualquier proceso de adaptación: aquel en el que descubrimos que no podemos trasladar exactamente lo mismo de un formato a otro.

Al comienzo puede parecer un problema. Tenemos demasiadas páginas para una narración gráfica. Una explicación no funciona en audio. Un concepto resulta difícil de representar visualmente. Un archivo contiene cientos de documentos que una interfaz no puede mostrar simultáneamente.

Entonces hay que decidir. Y es en esa decisión donde la forma empieza a pensar. Una novela gráfica necesita escenas. Esto obliga a preguntarse qué acontecimientos pueden representarse y qué relaciones necesitamos hacer visibles entre ellos. Un pódcast necesita duración, ritmo y voz. Esto obliga a decidir quién habla y cuánto contexto necesita el oyente. Un archivo digital requiere categorías, rutas de navegación y relaciones entre objetos. Una visualización exige escoger variables y escalas. Un documental necesita cuerpos, espacios, silencios y secuencias.

Cada medio hace unas preguntas especialmente bien. Y deja otras fuera. Eso significa que transformar una investigación no consiste únicamente en transportar información desde un contenedor hacia otro. Es un proceso de interpretación.

En El antagonista, el paso a novela gráfica hizo visible la necesidad de reconstruir detalles materiales que la investigación textual no había necesitado resolver del mismo modo. En Camino y ruptura, una investigación doctoral sobre prácticas jurídicas indígenas adquiere una arquitectura gráfica y transmedia en la que ley, territorio, personajes y conflicto histórico pueden organizarse narrativamente. En Nuestra Orilla, el sonido no funciona simplemente como una versión audible de una investigación escrita: la captura de paisajes sonoros, las voces comunitarias, la música, los guiones y el trabajo con radio hacen parte del modo en que esa historia se construye y circula.

Esto permite plantear una idea un poco más ambiciosa: la transformación editorial puede producir conocimiento. No porque la edición sustituya a la investigación, sino porque obliga a hacer explícitas relaciones que podían permanecer latentes. Pensemos en un mapa. Una investigación puede contener decenas de referencias espaciales. En el momento de cartografiarlas aparecen patrones, distancias y concentraciones que antes no eran evidentes. Pensemos en una cronología. Ordenar acontecimientos puede revelar simultaneidades o vacíos. Pensemos en una secuencia gráfica. Al construir dos escenas consecutivas tenemos que decidir qué ocurrió entre ambas y cuánto puede inferir el lector. Pensemos en una entrevista sonora. La respiración, los silencios y los cambios de tono aparecen como dimensiones que una transcripción elimina.

La edición deja entonces de ser el último paso de embellecimiento de un contenido terminado. Se convierte en una fase en la que preguntamos qué relaciones necesita una forma para ser inteligible. Pero cuanto mayor es la libertad formal, mayor debe ser también nuestra disciplina frente a la evidencia.

Esta tensión se volverá todavía más importante con la inteligencia artificial. Hoy resulta posible resumir, ilustrar, sonorizar, traducir y transformar contenidos con una velocidad que hace pocos años habría resultado impensable. Técnicamente, convertir un texto en diez productos diferentes es cada vez más barato.

Por eso el verdadero problema editorial ya no será si podemos transformar. Será si debemos hacerlo, cómo y bajo qué reglas.

La abundancia de herramientas vuelve más importante la trazabilidad. Si una imagen representa una reconstrucción histórica, conviene que podamos saberlo. Si un personaje sintetiza múltiples testimonios, esa operación debería explicitarse. Si un audio utiliza recreaciones, el lector u oyente debería poder distinguirlas de los documentos originales. Si una herramienta generativa intervino en la producción, tendremos que desarrollar convenciones para comprender qué parte proviene de la fuente y qué parte de una mediación técnica.

Cuanto más fácil resulta transformar el conocimiento, más importante se vuelve preservar su genealogía. Esta idea cambia también el papel del editor. El editor tradicional ha trabajado siempre con decisiones: estructura, lenguaje, orden, aparato crítico, público, diseño, materialidad. Nada de eso desaparece. Pero el repertorio aumenta. Ahora puede tener que decidir si una investigación merece además un archivo navegable, una edición juvenil, un pódcast, una visualización o una novela gráfica. Puede tener que coordinar investigadores, guionistas, ilustradores, diseñadores de interacción, especialistas en datos y productores audiovisuales.

No se trata de convertir al editor en experto técnico de todos los medios. Se trata de reconocer que editar conocimiento significa cada vez más diseñar relaciones entre formas, niveles de profundidad y audiencias. Esta transformación puede ser especialmente importante para la relación entre universidad y escuela. Entre el artículo especializado y el manual escolar existe un territorio enorme que todavía exploramos poco. Una investigación histórica convertida en narración gráfica puede entrar en una clase sin convertirse en texto escolar. Un archivo digital puede permitir que estudiantes trabajen con fuentes primarias. Un pódcast producido desde una investigación social puede abrir conversaciones sobre territorio, memoria o desigualdad. Una visualización puede permitir explorar datos antes de leer las conclusiones del investigador.

El joven deja de recibir únicamente el resultado terminado. Puede entrar parcialmente en el proceso de conocer. Ahí la adaptación adquiere otra potencia. No es solamente difusión. Puede ser también una forma de mediación entre investigación y formación.

Esto no significa que toda producción académica deba dirigirse a adolescentes. Muchas investigaciones necesitan públicos altamente especializados y no ganan nada intentando agradar a todos. La amplitud de audiencia no es en sí misma una medida de valor.

La pregunta es distinta: cuando un conocimiento tiene relevancia pública, educativa, cultural o territorial, ¿hemos pensado suficientemente bien las formas en que podría circular?

El ecosistema de Uniandes resulta interesante precisamente porque no responde con una fórmula única. La apuesta institucional por el conocimiento abierto convive con experimentos editoriales desarrollados desde facultades, revistas, bibliotecas y proyectos específicos. Esa diversidad muestra que la apertura no consiste únicamente en liberar archivos, sino en imaginar formas distintas de relación con aquello que la universidad investiga.

Tal vez allí se encuentre una de las transformaciones más interesantes de la edición universitaria contemporánea. Durante décadas, el problema principal era lograr que una investigación encontrara la forma adecuada para ser validada, archivada y discutida dentro de su disciplina. Ese problema sigue existiendo. Pero ahora aparece otro:

una vez sabemos algo, ¿qué formas necesitamos construir para que ese conocimiento pueda empezar a circular fuera del lugar en el que nació?

La respuesta no siempre será transformar. A veces el artículo será exactamente la forma correcta. A veces necesitaremos un libro. En otras ocasiones una historia gráfica, una serie sonora, una cartografía o un archivo interactivo permitirán que aparezcan relaciones nuevas y que lectores distintos puedan entrar.

El reto está en no confundir accesibilidad con reducción, ni experimentación con licencia para borrar las fuentes. Porque una investigación puede tener muchas vidas sin tener que convertirse en muchas verdades. Si algo muestran El antagonista, Camino y ruptura, Ortiz, El Maikol, Viajeros del Orinoco, Nuestra Orilla y los experimentos multimodales de Uniandes es que existe un territorio editorial amplio entre la publicación especializada y la divulgación entendida como resumen. En ese territorio pueden encontrarse investigación, narración, diseño, imagen, sonido, archivo y mediación.

Lo importante es que la transformación conserve una relación reconocible con aquello que la hizo posible. Por eso quizá debamos añadir una pregunta al trabajo de investigar. No solamente qué descubrimos, ni solamente cómo podemos demostrarlo.

También: ¿cómo necesitamos contarlo para que alguien más pueda entrar? Contar mejor no significa necesariamente decir menos. Puede significar comprender mejor qué sabemos, reconocer qué todavía no sabemos y construir una forma en la que la complejidad pueda llegar más lejos. Si no todo conocimiento entra por la misma puerta, tampoco todo conocimiento tiene por qué salir por la misma.

Referencias

Universidad de los Andes. Acerca del Portal de Conocimiento Abierto.
Es una referencia institucional central para el marco general del ensayo: el portal se propone facilitar la circulación ampliada del conocimiento y divulgar investigaciones en lenguajes accesibles para públicos diversos.

Laurent, Muriel; Egea, Rubén; Vega, Alberto. (2013). El antagonista. Una historia de contrabando y color. Bogotá: Ediciones Uniandes. DOI: 10.7440/2013.38.
La ficha oficial confirma la investigación y textos de Muriel Laurent, la adaptación de Rubén Egea y el dibujo y color de Alberto Vega. La obra aborda un caso de contrabando en Mompox, el ejercicio del poder, la prensa y los prejuicios raciales en los primeros años republicanos, y fue concebida también para un público general.

Laurent, Muriel. “El reto de producir una novela gráfica desde la academia”. Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de los Andes.
Esta entrevista es especialmente importante para el argumento central del ensayo, porque muestra que transformar la investigación histórica en novela gráfica implicó nuevas decisiones de documentación, representación y audiencia, y no simplemente resumir un trabajo académico previo.

Forero, Ana María. (2025). Ortiz. 1.ª ed. Bogotá: Ediciones Uniandes. DOI: 10.51573/Andes.9789587987881.9789587988024.9789587987911.
La ficha editorial documenta la publicación en 2025 y sitúa la obra en el cruce entre violencia, memoria, guerra y la trayectoria antropológica de su autora. También registra sus investigaciones previas sobre fuerzas armadas, soldados profesionales y emociones.

Forero, Ana María. El Maikol. Proyecto de novela gráfica, Universidad de los Andes.
El proyecto se construye a partir de las trayectorias de más de sesenta soldados profesionales entrevistados entre 2014 y 2016. El personaje de Maikol funciona como una sinécdoque que reúne experiencias provenientes de diferentes testimonios, un caso especialmente útil para discutir síntesis narrativa y trazabilidad.

Escobar Hernández, Karla Luzmer. (2024). Camino y ruptura. Una historia gráfica de las prácticas jurídicas indígenas en el Cauca a principios del siglo XX. Bogotá: Ediciones Uniandes. DOI: 10.51573/Andes.9789587986136.9789587986143.
La obra surge de la investigación doctoral de Escobar sobre las luchas jurídicas indígenas por la tierra y transforma ese trabajo en una historia gráfica con expansión transmedia.

Universidad de los Andes, Biblioteca. Viajeros del Orinoco.
Proyecto digital que reúne textos, mapas, grabados, fotografías y otros materiales producidos por 22 viajeros de seis países que recorrieron el Orinoco entre 1799 y 1920. Es una referencia importante para pensar la edición como reorganización y acceso a fuentes, no solamente como resumen de resultados.

Universidad de los Andes. Nuestra Orilla. Portal Conocimiento Abierto.
Serie sonora de ocho episodios sobre el Bajo Atrato construida mediante metodologías colaborativas, historias de vida, investigación documental, paisajes sonoros, música e ilustración. El proyecto incluye materiales expandidos y circulación por radios comunitarias, y fue pensado para llegar tanto a públicos urbanos como rurales, con especial atención a jóvenes.

Antípoda. Revista de Antropología y Arqueología — Universidad de los Andes. Antípoda Multimodal.
Espacio dedicado a formas experimentales, visuales y multimedia de producción y comunicación del conocimiento antropológico y arqueológico. Su planteamiento resulta especialmente pertinente para nuestra tesis: la investigación no tiene por qué limitarse a la escritura académica convencional.

Revistas Uniandes. Multimedia.
Plataforma que reúne contenidos de divulgación académica en formatos textuales y multimedia dirigidos a públicos diversos, entre ellos académicos, comunidades, docentes, estudiantes y responsables de política pública.