septiembre 26, 2026

Cuando investigar también significa aprender a contar

Cómo hacer circular conocimiento complejo sin perder aquello que lo hace riguroso

I. Una investigación no termina cuando se publica el artículo

Durante mucho tiempo aceptamos casi sin discutir una equivalencia: investigar era producir conocimiento y publicar era convertir ese conocimiento en un artículo, un libro académico, una ponencia o algún otro formato reconocible dentro de la universidad. Esa equivalencia sigue teniendo sentido en muchos contextos. El artículo científico cumple funciones que ningún otro formato reemplaza fácilmente: deja registro del método, explicita antecedentes, organiza evidencia, discute resultados, reconoce límites y permite que otros investigadores revisen, cuestionen o continúen el trabajo. El problema aparece cuando confundimos esa forma de circulación con el conocimiento mismo. Una investigación puede estar muy bien hecha, ser relevante y ofrecer hallazgos significativos, y aun así quedar confinada a una comunidad especializada que comparte códigos, vocabularios y hábitos de lectura muy específicos.

La Universidad de los Andes acaba de plantear de manera especialmente visible esa discusión con el lanzamiento de Conocimiento Abierto, una plataforma que reúne investigaciones y proyectos desarrollados dentro de la universidad y busca presentarlos mediante videos, documentales, piezas gráficas y otros formatos digitales dirigidos también a públicos no académicos. Lo interesante no es solamente que exista un nuevo portal. La decisión importante está detrás: asumir que investigar y hacer circular lo investigado son dos trabajos relacionados, pero distintos, y que el segundo también requiere diseño, edición y criterio. La propia plataforma intenta hacer visibles no solo los resultados, sino también qué investigan los equipos, cómo trabajan, qué metodologías utilizan y hasta dónde pueden llegar sus hallazgos.

Esa diferencia importa porque un artículo no está mal escrito por estar dirigido a especialistas. La precisión disciplinar necesita términos que permiten comprimir discusiones complejas y hablar con interlocutores que conocen un campo. En física, antropología, historia, economía o epidemiología, muchas palabras contienen debates completos que sería imposible reconstruir en cada página. El problema no es la especialización. El problema es suponer que una forma diseñada para esa conversación particular debe servir también para cualquier otro público. Si queremos que una investigación llegue a una comunidad, a un colegio, a un funcionario público o simplemente a alguien cuya vida está relacionada con el problema estudiado, quizá necesitemos construir otra puerta de entrada.

Un ejemplo muy claro aparece dentro del propio portal. La historiadora Natalia Lozada Mendieta, profesora de la Facultad de Artes y Humanidades, desarrolló Viajeros del Orinoco, un proyecto que reúne textos, grabados, mapas, fotografías y otros materiales producidos por veintidós viajeros de seis países que recorrieron la región entre 1799 y 1920. Buena parte de esas fuentes estaban dispersas en bibliotecas de distintos lugares del mundo y, en algunos casos, en idiomas diferentes. Reunirlas, traducir algunas de ellas y permitir que puedan recorrerse conjuntamente no significa convertir una investigación histórica en una versión más ligera. Cambia la arquitectura de acceso al problema. El lector puede observar documentos que antes estaban separados, comparar representaciones, reconocer continuidades y advertir diferencias que quizá serían mucho más difíciles de percibir si toda la investigación estuviera encapsulada en una exposición lineal.

Ese tipo de trabajo muestra por qué comunicar conocimiento no debería entenderse como una operación posterior, casi cosmética, en la que alguien toma un resultado terminado y lo “hace bonito” para redes sociales. La forma puede intervenir mucho antes. Cuando decidimos reunir mapas, organizar un archivo, construir una cronología o poner en relación fotografías tomadas en diferentes momentos, también estamos pensando. Elegimos qué comparar, qué secuencia revelar y qué relaciones hacer visibles. La forma de contar no es solamente el envase del resultado; puede convertirse en una herramienta para interrogarlo.

La antropología lleva tiempo explorando esta posibilidad. Antípoda. Revista de Antropología y Arqueología, también de la Universidad de los Andes, ha desarrollado un espacio multimodal que parte explícitamente de la idea de que la investigación no tiene por qué limitarse a la escritura académica convencional. Allí conviven ensayos visuales, pódcast, videos y archivos interactivos que combinan documentos, mapas, fotografías, audios y líneas de tiempo. La apuesta es significativa porque no presenta esos materiales únicamente como suplementos del artículo escrito: los reconoce como lenguajes capaces de producir y comunicar conocimiento antropológico y arqueológico por derecho propio.

Esto resulta especialmente fácil de comprender cuando pensamos en disciplinas cuyo objeto incluye experiencia, voz, espacio o memoria. Un antropólogo puede transcribir durante páginas una entrevista y producir un análisis riguroso de su contenido, pero escuchar la voz de quien habla conserva información que la transcripción necesariamente pierde: pausas, énfasis, silencios, vacilaciones, respiración. Una investigación urbana puede describir con precisión la transformación de un territorio, pero un mapa permite reconocer relaciones espaciales que una explicación verbal necesita muchas páginas para reconstruir. Una serie fotográfica puede hacer perceptible una transformación material. Un archivo interactivo permite que el lector explore documentos en un orden que no necesariamente coincide con el argumento lineal del investigador. Ninguna de esas formas reemplaza automáticamente a las otras. Cada una hace visible algo distinto.

Por eso resulta tan interesante Nuestra Orilla, una serie sonora de ocho episodios sobre la historia del Bajo Atrato, en Chocó. La narración se construye desde las perspectivas de sus habitantes y a través de la experiencia de Ana Luisa Ramírez Flórez, su narradora. El proyecto cuestiona relatos del conflicto que comienzan exclusivamente en las décadas recientes y busca construir una mirada histórica de más larga duración sobre las formas de violencia, exclusión, resistencia y vida territorial en la región. Lo decisivo es que el formato sonoro no fue escogido solamente al final para divulgar resultados previamente cerrados. Formó parte del método y de la relación construida con el territorio.

En la investigación participaron líderes comunitarios como coinvestigadores y no simplemente como informantes. El proceso incluyó historias de vida, historias orales, investigación documental, captura de paisajes sonoros, transcripción, análisis, escritura de guiones, música, ilustración y varias rondas de posproducción. La página que acompaña el pódcast incorpora fuentes primarias y secundarias, mapas, fotografías y otros materiales. Incluso la circulación fue pensada de acuerdo con los públicos: además de las plataformas digitales, la serie fue difundida en emisoras comunitarias del Chocó y dio lugar a talleres colaborativos en torno a la producción radial.

Ese caso nos obliga a ampliar la pregunta. ¿Dónde termina allí la investigación y dónde empieza la narración? Quizá la frontera sea menos clara de lo que suponíamos. Las entrevistas son fuente, pero también voz. El paisaje sonoro documenta un territorio y, al mismo tiempo, construye una experiencia de escucha. El guion organiza evidencia y también crea ritmo. La selección de una historia individual permite entrar a una estructura histórica más amplia. Cada decisión narrativa modifica la relación del público con el conocimiento, pero también obliga a los investigadores a preguntarse qué están afirmando y desde dónde lo hacen.

La serie documental Visionarios, estrenada por Uniandes en 2025, parte de otra pregunta: cómo contar la investigación a través de las historias de quienes la realizan. Su creador, Andrés Ruiz Zuluaga, escogió el documental para explorar las motivaciones personales y los recorridos que condujeron a distintos profesores e investigadores hacia sus proyectos. En uno de los planteamientos que acompañaron el lanzamiento, el antropólogo Alejandro Castillejo insistía en que la vida intelectual no está separada de la dimensión subjetiva de quien investiga. Esa perspectiva no reemplaza la evidencia de las investigaciones presentadas, pero sí introduce algo que el artículo académico suele mantener deliberadamente en segundo plano: la biografía de las preguntas.

Esto también es conocimiento, aunque sea de otra clase. Saber qué halló una investigación es distinto de comprender por qué alguien decidió formular la pregunta, qué encuentro modificó el proyecto o qué experiencia hizo visible un problema. En la escritura científica muchas de esas dimensiones se eliminan porque el género exige concentrarse en método y resultado. El documental puede recuperarlas. Lo importante es no confundir los planos: la historia personal explica un recorrido intelectual, pero no sustituye la demostración científica. Ambos pueden coexistir si tenemos claro qué función cumple cada uno.

Algo parecido ocurre cuando una investigación produce una visualización de datos. Un gráfico puede hacer visible en segundos una tendencia que necesitaríamos varios párrafos para describir. Pero también obliga a decidir qué variables aparecen, cuál es la escala, qué periodo se representa y qué comparación se vuelve central. Visualizar no es simplemente decorar números. Es argumentar mediante una forma espacial. Por eso una mala visualización puede distorsionar tanto como una mala frase, mientras que una buena puede permitir que un público comprenda la estructura de un problema sin renunciar a la complejidad de los datos.

El punto común en todos estos ejemplos no es la novedad tecnológica. Mapas, fotografías, sonido, imágenes y narración existían mucho antes de cualquier portal digital. La transformación está en comenzar a considerarlos parte del repertorio legítimo mediante el cual una investigación puede circular y, en algunos casos, también construirse. El paso importante consiste en dejar de pensar que existe una forma principal del conocimiento y una serie de productos secundarios destinados a hacerlo atractivo.

Una investigación puede dar lugar a un artículo y a una base de datos porque cada uno responde preguntas distintas. Puede producir un archivo porque las fuentes merecen quedar disponibles para futuros investigadores. Puede convertirse en documental porque existe un proceso social que necesita ser visto y escuchado. Puede generar un mapa porque el espacio es parte del argumento. Puede producir un pódcast porque las voces y los paisajes sonoros contienen dimensiones que desaparecerían al ser reducidas a texto. Puede convertirse en una exposición porque la relación física entre objetos, imágenes y recorridos también puede construir comprensión.

Ninguna de esas decisiones garantiza por sí sola una mejor comunicación. Un pódcast puede ser confuso, un documental puede abusar de la emoción y una visualización puede ocultar incertidumbre. Tampoco todo proyecto necesita desplegarse en seis formatos. La multiplicación indiscriminada de productos puede dispersar el conocimiento tanto como la especialización excesiva puede encerrarlo. Lo que necesitamos es criterio para reconocer qué forma puede hacer mejor qué trabajo.

Ahí vuelve a aparecer el oficio editorial. Si investigar consiste en producir conocimiento mediante métodos que permiten sostener una afirmación, comunicarlo exige decidir qué estructura permite que otros comprendan ese proceso. Esto implica jerarquizar, contextualizar, seleccionar ejemplos, construir secuencias y reconocer qué debe permanecer visible para no perder rigor. En otras palabras, exige editar.

La comunicación pública de la investigación se vuelve especialmente valiosa cuando no oculta el camino que conduce al resultado. Podemos contar una historia atractiva y, al mismo tiempo, permitir que el lector sepa de dónde vienen los datos. Podemos producir una visualización y conservar acceso a la base que la alimenta. Podemos construir un documental y señalar qué investigación sustenta sus afirmaciones. Podemos convertir un archivo disperso en una experiencia navegable sin borrar la procedencia de cada documento. La transformación de formato no tiene por qué romper la trazabilidad.

Tal vez por eso el lanzamiento de Conocimiento Abierto resulta interesante más allá de Uniandes. No porque resuelva de una vez la relación entre universidad y sociedad, sino porque hace visible una discusión que cada vez será más importante: el conocimiento no termina cuando ha superado la evaluación de pares y aparece publicado. Para muchas investigaciones, allí comienza una segunda tarea.

Hay que decidir quién necesita encontrarlas. Qué necesita saber para comprenderlas. Qué lenguaje puede abrir la conversación. Qué formato puede hacer visible aquello que el artículo conserva de otra manera. Y, sobre todo, qué no podemos perder durante la transformación.

Cambiar la forma de contar un conocimiento no implica rebajar aquello que sabemos. Puede exigir justamente lo contrario: comprender con mayor precisión qué sabemos, cómo llegamos a saberlo y qué queremos que otra persona pueda hacer con ello. Cuando esa pregunta se toma en serio, divulgar deja de ser una operación de simplificación y empieza a parecerse a algo mucho más interesante: una segunda etapa del trabajo intelectual.

II. Contar distinto sin decir menos

Si una investigación puede circular en formatos distintos, el problema más delicado aparece de inmediato: cómo cambiar la forma sin traicionar el contenido. La preocupación es legítima. Toda traducción entre lenguajes implica selección, jerarquía y pérdida potencial. Un artículo permite desarrollar antecedentes, método, discusión, límites y bibliografía con una extensión que difícilmente cabe en una pieza sonora de quince minutos. Una visualización puede hacer visible una tendencia, pero no siempre muestra con igual claridad la incertidumbre que acompaña los datos. Un documental puede construir una experiencia poderosa, aunque necesariamente deja fuera una parte enorme del material recogido durante meses o años de trabajo. El desafío no consiste, entonces, en fingir que todos los formatos pueden decir exactamente lo mismo, sino en saber qué puede decir cada uno y qué debemos hacer para que aquello que omite no se convierta en distorsión.

Ese punto permite separar dos operaciones que muchas veces confundimos. Simplificar puede ser necesario; simplificar en exceso es otra cosa. Toda comunicación realiza algún grado de reducción porque ningún texto, gráfico o audiovisual puede contener simultáneamente todas las fuentes, matices y debates de una investigación. Incluso el artículo académico selecciona. El problema aparece cuando esa reducción altera la naturaleza de lo que sabemos: cuando una correlación empieza a presentarse como causa, una hipótesis como certeza, una muestra pequeña como representación de toda una población o un testimonio como prueba suficiente de un fenómeno general. La divulgación falla no porque use un lenguaje accesible, sino cuando el cambio de lenguaje modifica la fuerza real de la evidencia.

Por eso una de las palabras más útiles para pensar esta transición es trazabilidad. Un conocimiento que cambia de forma debería conservar, en la medida en que el formato lo permita, un camino reconocible hacia las fuentes, el método y los límites de aquello que afirma. No significa que cada pódcast tenga que convertirse en una bibliografía hablada ni que una exposición deba reproducir un aparato crítico completo en cada pared. Significa que el lector, oyente o visitante debería poder distinguir qué proviene directamente de la investigación, qué es interpretación, qué es una decisión narrativa y dónde puede profundizar si quiere reconstruir el argumento con mayor detalle.

Esta distinción es particularmente importante porque los formatos públicos suelen producir una impresión de evidencia muy diferente a la de un texto académico. Una voz grabada genera cercanía. Una fotografía produce una sensación de presencia. Un mapa parece ofrecer una representación objetiva del espacio. Un gráfico da la impresión de ordenar los datos de manera inequívoca. Un documental construye continuidad entre hechos que, en la investigación original, quizá estaban separados por vacíos o incertidumbres. Ninguna de estas formas es engañosa por naturaleza, pero todas tienen una capacidad persuasiva específica que exige responsabilidad editorial.

Un mapa, por ejemplo, parece mostrarnos el territorio de manera inmediata. Sin embargo, todo mapa decide qué aparece y qué desaparece. Escoge escala, límites, categorías, nombres, símbolos y relaciones. Si una investigación sobre movilidad urbana representa únicamente las rutas principales, puede invisibilizar recorridos informales que resultan decisivos para entender cómo se desplaza realmente una población. Si una investigación ambiental colorea ciertas zonas como homogéneas, puede borrar variaciones locales importantes. El mapa ayuda a pensar espacialmente, pero necesita una edición que recuerde que la representación no es idéntica al territorio.

Lo mismo ocurre con las visualizaciones de datos. Un gráfico puede comprimir cientos de observaciones en una forma que se entiende en pocos segundos, y esa capacidad es extraordinariamente valiosa. Pero la elección de una escala puede exagerar o reducir diferencias; una línea continua puede sugerir precisión en periodos donde los datos son escasos; un promedio puede ocultar desigualdades internas y una categoría amplia puede reunir grupos cuyos comportamientos son muy distintos. La visualización no viene después de la interpretación. Forma parte de ella.

Por eso aprender a contar una investigación exige aprender también a reconocer la retórica de cada medio. Un artículo tiene convenciones que orientan al lector especializado y permiten reconocer qué pertenece al método, qué corresponde a resultados y qué entra en la discusión. Un documental trabaja con montaje, encuadre, música, voz y duración. Un pódcast depende del ritmo, de la selección de voces y del orden de la narración. Una exposición utiliza el espacio para crear relaciones. Una base de datos ofrece otra clase de libertad: permite explorar, filtrar y combinar, pero deja parte del trabajo interpretativo en manos del usuario. Cada formato organiza la atención y, por lo tanto, organiza también el conocimiento.

La pregunta editorial debería ser entonces menos ambiciosa y más precisa que “¿cómo contamos toda la investigación?”. Probablemente no podemos hacerlo. La pregunta adecuada es qué dimensión de la investigación queremos hacer visible mediante esta forma y qué necesitamos conservar para que siga siendo intelectualmente honesta. Un pódcast puede ser excelente para trabajar con memoria oral, pero quizá deba estar acompañado por notas que permitan consultar documentos. Una visualización puede revelar una tendencia, pero puede necesitar un acceso claro a metodología y fuentes. Un documental puede hacer visible una experiencia humana, siempre que no convierta una historia singular en representación automática de un grupo entero.

El proyecto Nuestra Orilla, al que nos referíamos en la primera parte, resulta ilustrativo precisamente porque el sonido no aparece como una decoración posterior. La oralidad, las historias de vida y los paisajes sonoros forman parte de la manera en que el territorio puede ser conocido. Escuchar a alguien narrar una experiencia no produce el mismo tipo de conocimiento que leer una síntesis de esa experiencia elaborada por un investigador. La voz aporta textura, temporalidad y posición. Pero el hecho de que resulte más cercana no la vuelve automáticamente más representativa. Allí sigue siendo necesario distinguir entre una historia, una interpretación y una afirmación general sobre un proceso histórico.

Esa diferencia parece pequeña, pero está en el centro de la confianza. Cuando una pieza pública exagera lo que los datos permiten concluir para producir un titular más fuerte, quizá consiga más atención durante un momento, pero debilita la relación entre conocimiento y audiencia. Lo mismo ocurre cuando las incertidumbres desaparecen porque resultan difíciles de narrar. La investigación seria está llena de frases incómodas: “los datos sugieren”, “no podemos establecer causalidad”, “la muestra tiene estas limitaciones”, “se requieren nuevas observaciones”. La comunicación pública necesita encontrar maneras de conservar esas precauciones sin convertirse en un lenguaje defensivo e ilegible.

Esto no exige llenar cada pieza de advertencias. Exige desarrollar un lenguaje capaz de comunicar grados de certeza. Podemos decir que una investigación encuentra una asociación sin afirmar que ha identificado una causa. Podemos explicar que ciertos resultados aparecen en una población específica sin convertirlos en una ley universal. Podemos señalar que existen hipótesis en competencia. Aprender a contar mejor incluye aprender a decir con claridad qué todavía no sabemos.

Esa capacidad resulta especialmente valiosa en un momento en el que buena parte del conocimiento circula fuera de los contextos donde fue producido. Un hallazgo académico puede convertirse rápidamente en una noticia, después en un video corto, una publicación en redes y finalmente en una afirmación que ya no conserva casi ningún vínculo con el estudio original. En cada transformación se pierde contexto. Algunas pérdidas son inevitables; otras pueden prevenirse mediante mejores prácticas editoriales.

Aquí aparece una responsabilidad compartida. El investigador conoce las condiciones bajo las cuales se produjo el conocimiento. El comunicador entiende las formas mediante las cuales puede llegar a distintos públicos. El editor puede funcionar como puente entre ambos, preguntando qué afirmaciones deben protegerse, qué contexto es indispensable y qué formato puede expresar mejor una dimensión particular. Esa mediación no consiste en convertir al investigador en un personaje más entretenido ni en pedirle que abandone la precisión. Consiste en construir una segunda forma de legibilidad.

Podemos pensar, por ejemplo, en el trabajo de Hans Rosling, médico y estadístico sueco que se volvió ampliamente conocido por utilizar visualizaciones dinámicas para explicar cambios demográficos, económicos y sanitarios a escala global. Parte de la eficacia de sus presentaciones provenía de algo elemental: mostraba datos que normalmente encontrábamos en tablas estáticas como movimientos a través del tiempo. Países que parecían ocupar posiciones fijas comenzaban a desplazarse. La visualización no reemplazaba los datos; permitía observar relaciones temporales que una tabla hacía menos evidentes. Su éxito también mostró, sin embargo, que una visualización clara puede llevar al público a aceptar con demasiada rapidez la interpretación de quien la presenta. La transparencia sobre fuentes, categorías y decisiones sigue siendo imprescindible.

Otro caso clásico es el de Florence Nightingale, que no solo trabajó con estadísticas sanitarias sino que entendió que la forma de representarlas podía modificar su impacto público y político. Sus conocidos diagramas sobre mortalidad permitieron hacer visible la proporción de muertes asociadas a enfermedades prevenibles durante la Guerra de Crimea. Allí el diseño no fue un añadido estético: formó parte de la argumentación. Convertir números en una forma visual hizo posible que una relación difícil de captar en largas tablas pudiera ser reconocida con rapidez. El rigor seguía dependiendo de la calidad de los datos, pero la circulación del conocimiento dependió también de la forma.

En otro registro, W. E. B. Du Bois produjo, junto con su equipo, extraordinarias visualizaciones para la Exposición de París de 1900 sobre la vida de la población afroamericana en Estados Unidos. Diagramas sobre educación, propiedad, ocupación y demografía convirtieron información estadística en una argumentación visual contra representaciones racistas dominantes. Hoy esas piezas son estudiadas tanto por su valor histórico como por su diseño. Nos recuerdan que visualizar datos nunca es únicamente una cuestión técnica: implica decidir qué realidad merece aparecer y bajo qué relaciones.

Estos ejemplos ayudan a romper una idea todavía bastante extendida: que el rigor pertenece al texto y que los demás formatos pertenecen a la divulgación. Un gráfico puede ser riguroso o engañoso. Un artículo puede ser minucioso o tendencioso. Un documental puede trabajar con enorme disciplina documental y un texto puede ocultar supuestos decisivos detrás de un lenguaje especializado. La forma no determina por sí sola la calidad epistemológica. Lo que importa es la relación entre evidencia, método, interpretación y presentación.

La literatura de no ficción ofrece otra frontera interesante. Autores como Svetlana Alexiévich han construido obras a partir de testimonios que circulan entre periodismo, historia oral y literatura. Sus libros no son papers académicos ni pretenden serlo, pero muestran cómo la selección y el montaje de voces pueden construir una comprensión poderosa de acontecimientos históricos. Al mismo tiempo, dejan claro por qué necesitamos distinguir géneros. Una obra testimonial puede revelar experiencias que una estadística no captura y, sin embargo, no debe utilizarse como sustituto de una investigación cuantitativa cuando la pregunta exige medir frecuencia o prevalencia. Cada forma responde mejor a ciertas preguntas.

Ese principio debería convertirse en una regla fundamental de la comunicación de conocimiento: no pedirle a un formato que demuestre aquello para lo que no está diseñado. Una entrevista puede mostrar cómo una persona experimentó un fenómeno, pero no cuánto se repite esa experiencia en toda una población. Una encuesta puede medir patrones generales, pero no siempre explica qué significado atribuyen las personas a aquello que respondieron. Un archivo puede preservar evidencias, aunque requiere interpretación para producir un argumento. Una narración puede conectar elementos dispersos, pero debe tener cuidado de no crear causalidades que las fuentes no sostienen.

La riqueza aparece cuando estas formas pueden dialogar. Una investigación histórica puede producir un ensayo interpretativo y, al mismo tiempo, abrir un archivo de documentos. Una investigación social puede combinar datos cuantitativos con testimonios, siempre que haga explícito qué aporta cada tipo de evidencia. Un proyecto ambiental puede utilizar sensores, imágenes satelitales, recorridos de campo y relatos comunitarios porque cada uno permite observar una dimensión diferente del territorio. Contar mejor no significa escoger una única forma perfecta. Puede significar construir una arquitectura en la que distintas formas se complementen.

Pero esa arquitectura necesita jerarquía. Si todo se presenta al mismo nivel, el público puede no distinguir qué constituye evidencia principal, qué es contexto y qué funciona como ilustración. Una buena edición ayuda a establecer esas relaciones. Puede decir, sin necesidad de convertir la experiencia en una clase de metodología, de dónde viene una cifra, qué representa una imagen o por qué una voz ha sido incluida. La claridad sobre la procedencia de los materiales es una de las formas más sencillas de proteger la confianza.

Aquí la tecnología ofrece posibilidades especialmente interesantes. Una pieza digital puede trabajar por capas. La primera ofrece una experiencia clara y accesible; quien quiera profundizar puede abrir metodología, consultar fuentes o explorar datos. No todas las personas necesitan atravesar el mismo nivel de detalle, pero la información puede permanecer disponible. Esa estructura evita la falsa elección entre una comunicación incomprensible por exceso de tecnicismo y otra que oculta el proceso de producción del conocimiento.

La publicación académica tradicional ya funciona en parte de esa manera. Un artículo tiene resumen, texto completo, referencias, anexos y, cada vez con mayor frecuencia, conjuntos de datos o materiales suplementarios. La comunicación pública puede aprender de esa lógica sin copiar su forma. Un documental puede conducir a una página con fuentes. Un pódcast puede enlazar documentos. Una visualización puede permitir descargar datos. Una exposición puede incorporar un archivo digital. La experiencia principal no necesita cargar con toda la evidencia, pero debería dejar abierto el camino hacia ella.

Esto nos lleva otra vez al caso de Viajeros del Orinoco. Cuando una investigación organiza mapas, grabados, fotografías y textos procedentes de diferentes archivos, la experiencia digital permite que un público se acerque a fuentes que normalmente requerirían viajar, conocer catálogos especializados o manejar otros idiomas. Esa apertura tiene un enorme valor, pero también exige conservar la procedencia. Un grabado deja de ser simplemente una imagen atractiva cuando sabemos quién lo produjo, en qué momento, dentro de qué viaje y con qué convenciones culturales. El contexto no reduce la potencia visual; la vuelve intelectualmente más significativa.

La misma pregunta aparece con la inteligencia artificial. Hoy podemos resumir, traducir, generar visualizaciones, reconstruir voces y producir imágenes con una facilidad inédita. Eso multiplica las posibilidades de comunicación, pero también vuelve más urgente distinguir entre documento, reconstrucción y generación. Si utilizamos una imagen producida con IA para representar un escenario histórico, necesitamos señalar que no se trata de una fuente. Si una herramienta resume un conjunto de documentos, debemos poder verificar que no haya inventado conexiones. Si traduce un testimonio, conviene mantener acceso al original cuando sea relevante. La capacidad de transformar formatos aumenta la necesidad de conservar huellas sobre el origen de la información.

En este punto podemos formular una idea sencilla: cuanto más fácil resulta transformar el conocimiento, más importante se vuelve preservar su genealogía. Saber de dónde viene algo, cómo fue producido y qué transformaciones atravesó será una habilidad editorial cada vez más importante.

Eso no debería conducirnos a una cultura de desconfianza permanente ni a llenar toda experiencia de metadatos visibles. La buena edición precisamente hace ese trabajo para que el público no tenga que reconstruirlo desde cero. Verifica, organiza, diferencia y ofrece caminos de profundidad. El lector puede disfrutar una narración sin consultar cada referencia, pero confía en que existe un proceso detrás de aquello que está leyendo.

La confianza, finalmente, es uno de los bienes centrales que se juegan en esta discusión. Si queremos que el conocimiento académico circule más ampliamente, necesitamos que pueda abandonar ciertas formas sin perder las señales que permiten reconocerlo como conocimiento. Esas señales no son el vocabulario difícil ni la extensión de las notas al pie. Son la relación transparente con la evidencia, la posibilidad de revisar fuentes, la distinción entre afirmación e interpretación y la disposición a reconocer límites.

Contar distinto sin decir menos no significa conservar todas las palabras del artículo original. Significa conservar aquello que hace que una afirmación pueda sostenerse. Podemos cambiar el vocabulario. Podemos cambiar la secuencia. Podemos cambiar el soporte. Podemos pasar de texto a imagen, de dato a mapa, de entrevista a sonido, de archivo a exposición.

Pero necesitamos cuidar la estructura de confianza que une aquello que afirmamos con aquello que sabemos. Cuando esa estructura se mantiene, la transformación de formato no empobrece necesariamente la investigación. Puede hacer algo mucho más valioso: permitir que públicos distintos accedan a dimensiones diferentes de un mismo problema y, en algunos casos, descubran relaciones que la forma original dejaba menos visibles.

La tarea, por tanto, no consiste en hacer que una investigación parezca sencilla. Consiste en hacer que pueda ser comprendida sin fingir que el mundo que estudia lo es. Esa diferencia separa la divulgación cuidadosa de la simplificación y convierte la comunicación del conocimiento en una tarea intelectual por derecho propio.

III. Del conocimiento publicado al conocimiento que circula

Si las dos primeras partes de esta entrada han insistido en que investigar y contar son trabajos distintos pero inseparables, la consecuencia más importante aparece cuando pensamos en la vida social del conocimiento. Una investigación puede cumplir plenamente con los estándares de su disciplina, ser publicada en una revista reconocida y conversar de manera fructífera con otros especialistas. Pero eso no garantiza que sus hallazgos entren en circulación más allá de ese entorno. Y en muchos casos, especialmente cuando se investigan asuntos relacionados con territorio, educación, desigualdad, memoria, ambiente, cultura o políticas públicas, la posibilidad de circular fuera de la academia no es un lujo adicional: puede ser parte de la responsabilidad misma del proyecto.

Esto no significa que todo investigador tenga que convertirse en divulgador, ni que cada artículo deba transformarse en documental, pódcast o exposición. Sería una exigencia poco razonable y, además, confundiría funciones distintas. Hay investigaciones cuya conversación principal debe seguir ocurriendo dentro de una comunidad especializada porque allí se encuentran las preguntas, métodos y debates que les dan sentido. Lo importante es reconocer que existen otros casos en los que el conocimiento producido tiene razones claras para construir públicos diferentes y, cuando eso ocurre, la tarea de comunicar no debería improvisarse al final.

En ese punto, la edición aparece como una práctica decisiva. Editar conocimiento no significa solamente corregir la forma en que una investigación está escrita. Significa construir las condiciones para que aquello que se sabe pueda circular sin perder el vínculo con la evidencia, el método y los límites que le dan sustento. El trabajo puede consistir en decidir qué necesita contexto, qué puede visualizarse, qué merece una voz, qué conviene convertir en relato, qué debe permanecer técnico y qué materiales deberían acompañar la experiencia principal para que quien quiera profundizar pueda hacerlo.

Ese tipo de mediación es especialmente importante cuando una investigación entra en conversación con públicos que no comparten el mismo vocabulario disciplinar. Un equipo puede haber trabajado durante años con categorías que son naturales dentro de su campo, pero opacas para quienes llegan desde afuera. Traducir no significa borrar esas categorías, sino construir un recorrido para que puedan ser comprendidas. A veces bastará con una buena explicación. En otros casos, una imagen, un mapa o una historia concreta puede permitir que el concepto deje de ser abstracto y encuentre un lugar en la experiencia del lector.

La investigación sobre territorio ofrece muchos ejemplos de esto. Un artículo puede describir cambios demográficos, transformaciones del uso del suelo o conflictos por el agua con gran precisión. Pero una visualización cartográfica puede permitir que una comunidad reconozca inmediatamente dónde se concentran ciertos procesos y cómo se relacionan con caminos, ríos, barrios o zonas de expansión. El conocimiento no cambia de naturaleza por aparecer en un mapa, pero sí cambia su capacidad de ser apropiado por personas que quizá nunca leerían el artículo original.

Lo mismo ocurre con la memoria. Una investigación histórica puede reconstruir un periodo a través de archivos, documentos judiciales, fotografías y testimonios. El libro académico puede organizar un argumento detallado sobre ese material. Sin embargo, una exposición o un archivo digital puede permitir que los propios documentos se conviertan en parte de la experiencia pública. Esa apertura modifica la relación entre investigador y lector porque este último ya no recibe solamente una interpretación terminada: puede entrar en contacto con las huellas a partir de las cuales fue construida.

Aquí conviene volver al caso de Uniandes porque muestra bien ese cambio de lógica. Lo interesante de proyectos como Viajeros del Orinoco, Nuestra Orilla o los formatos reunidos en Conocimiento Abierto no es únicamente que una universidad produzca piezas atractivas. Lo relevante es que reconocen que el conocimiento puede requerir diferentes arquitecturas de circulación. En unas, el archivo ocupa el centro. En otras, la voz. En otras, la visualización o la experiencia audiovisual. Esa diversidad no disminuye la importancia de la publicación académica; la sitúa dentro de un ecosistema más amplio.

Ese ecosistema puede tener además efectos sobre la propia investigación. Cuando un proyecto se prepara para salir de su comunidad especializada, el equipo tiene que hacerse preguntas que quizá antes no estaban formuladas con suficiente claridad. ¿Cuál es el hallazgo principal? ¿Qué parte del argumento depende de una condición específica? ¿Qué conceptos necesitan explicación? ¿Qué ejemplos hacen visible el problema sin distorsionarlo? ¿Qué imágenes representan realmente el fenómeno y cuáles solo lo ilustran superficialmente? Comunicar obliga a jerarquizar y, en ese proceso, también puede mejorar la comprensión que los propios investigadores tienen de su trabajo.

Por eso resulta insuficiente pensar la divulgación como una etapa posterior y subordinada. En algunos casos, puede formar parte del diseño mismo del proyecto. Si sabemos desde el comienzo que una investigación busca dialogar con comunidades, escuelas, instituciones públicas o audiencias amplias, podemos construir mecanismos para que esas voces, preguntas y necesidades estén presentes antes de llegar al resultado final. La comunicación deja entonces de ser una campaña y se convierte en una dimensión del proyecto.

Eso modifica incluso la relación con quienes han participado en la investigación. Durante mucho tiempo, muchas comunidades aparecieron en estudios como fuentes de información y recibieron muy poco de vuelta. Una circulación más cuidadosa puede ayudar a cerrar ese desequilibrio. Si un proyecto produjo conocimiento a partir de entrevistas, archivos locales o participación comunitaria, tiene sentido pensar en formas mediante las cuales ese conocimiento regrese a quienes ayudaron a construirlo. Un pódcast difundido en emisoras locales, un archivo accesible, un mapa útil para organizaciones comunitarias o una publicación escrita en un lenguaje cercano pueden formar parte de esa devolución.

No siempre será posible hacerlo de la misma manera ni todo formato será adecuado para todos los contextos. Pero el principio es importante: la circulación del conocimiento no debería entenderse solamente como una estrategia para conseguir más audiencia. También puede ser una forma de responsabilidad con los públicos implicados.

Esto nos lleva a una pregunta más amplia sobre para qué investigamos. La respuesta no puede ser única. Hay investigación básica cuyo valor está precisamente en ampliar el conocimiento sin una aplicación inmediata. Hay proyectos que buscan resolver problemas concretos. Hay trabajos históricos, artísticos o filosóficos cuya importancia no depende de una utilidad instrumental. Pero incluso dentro de esa diversidad, muchas investigaciones tienen algo que ofrecer a conversaciones públicas más amplias. El problema es que a menudo sus formas de circulación no están diseñadas para encontrarlas.

La edición puede ayudar a corregir esa distancia. No para reemplazar el trabajo académico, sino para construir puentes entre formas de conocimiento y formas de lectura. Puede decidir que un resultado necesita un libro breve además del informe técnico. Puede convertir una base de datos en una visualización sin perder acceso al original. Puede construir un archivo navegable, un pódcast, una serie documental o una pieza interactiva. Puede también decidir que ninguna de esas formas es necesaria y que el artículo, tal como está, cumple mejor su función.

Esa última posibilidad es importante porque nos devuelve al criterio. La innovación no consiste en transformar todo. Consiste en saber cuándo una transformación tiene sentido. Una investigación no se vuelve más relevante por acumular formatos. De hecho, puede diluirse si produce demasiadas piezas desconectadas. La circulación necesita una arquitectura, no una multiplicación indiscriminada.

En este sentido, el caso de Uniandes funciona bien como demostración de una tendencia más amplia. Universidades, centros de investigación, museos, archivos y medios especializados están empezando a asumir que el conocimiento necesita también diseño editorial. Ya no basta con producir un hallazgo y esperar que el público llegue hasta él. Hay que pensar en las formas que permiten que ese encuentro ocurra.

La cuestión no es hacer la investigación “más entretenida”. Ese lenguaje suele empobrecer el problema porque supone que el conocimiento es, por naturaleza, una sustancia pesada que necesita adornos para ser consumida. La tarea es más interesante: reconocer que diferentes formas hacen visibles diferentes dimensiones y que comunicar bien exige escoger la forma adecuada para aquello que queremos mostrar.

Un mapa puede hacer visible una distribución. Una voz puede hacer perceptible una experiencia. Un archivo puede conservar memoria. Un documental puede mostrar procesos. Una base de datos puede permitir explorar relaciones. Un libro puede desarrollar un argumento sostenido. Y una experiencia interactiva puede permitir que el lector construya recorridos propios.

Ninguna de esas formas debería presentarse como sustituto universal de las demás. El valor aparece en la relación entre ellas y en la claridad con la que sabemos qué trabajo está haciendo cada una.

Ahí se encuentra también una conexión profunda con lo que hemos venido planteando en esta edición de Sopa de letras. Primero dijimos que no todo conocimiento entra por la misma puerta. Después planteamos que el libro puede ser el comienzo y no necesariamente el final. Luego vimos que editar para lectores que viven entre múltiples formatos exige decidir qué forma necesita cada obra. Ahora podemos extender esa misma idea hacia la investigación: el conocimiento tampoco está obligado a permanecer para siempre en la forma en que fue producido.

Puede cambiar de soporte, de lenguaje y de público. Pero debe conservar una relación reconocible con aquello que sabemos y con la manera en que llegamos a saberlo.

Esa es la condición que hace posible que una investigación se transforme sin volverse irreconocible. La forma puede cambiar mucho; la responsabilidad con la evidencia no.

Quizá por eso comunicar conocimiento sea una tarea editorial mucho más profunda de lo que solemos admitir. No consiste simplemente en resumir. Consiste en decidir qué conservar, qué traducir, qué abrir, qué contextualizar y qué dejar visible para que el público pueda seguir el hilo de confianza que conecta una afirmación con sus fuentes.

Cuando ese trabajo está bien hecho, la circulación no debilita la investigación. La expande.

Permite que una persona que nunca leería un artículo académico pueda entrar a una pregunta; que una comunidad reconozca un problema propio en los resultados; que un estudiante descubra un campo de conocimiento; que un funcionario entienda una evidencia que puede afectar una decisión; que una investigación vuelva al territorio del que salió; y también que el conocimiento encuentre nuevas preguntas en el camino.

Tal vez ahí esté una de las razones más importantes para aprender a contar. No porque toda investigación necesite convertirse en historia, sino porque todo conocimiento que quiere circular necesita una forma. Y elegir esa forma con cuidado puede ser parte del mismo compromiso intelectual con el que comenzó la investigación.

IV. Cuando la investigación cambia de forma, cambia también su manera de encontrarnos

Hasta aquí hemos hablado de circulación, trazabilidad, formatos y públicos, pero el caso de la Universidad de los Andes permite llevar la discusión un poco más lejos. Allí no estamos viendo solamente una institución que intenta hacer más visibles sus investigaciones. Estamos viendo algo más interesante: una universidad y una editorial universitaria que, desde distintos frentes, han comenzado a preguntarse qué ocurre cuando el conocimiento producido mediante investigación cambia de lenguaje sin abandonar la disciplina que le dio origen. El resultado no es una única fórmula. Hay archivos digitales, pódcast, proyectos multimodales y documentales, pero también novelas gráficas y libros en los que la investigación antropológica entra en diálogo con la ilustración y la narración. La pregunta de fondo empieza entonces a parecerse mucho a la que venimos formulando a lo largo de esta edición: ¿qué forma permite que una dimensión del conocimiento haga mejor su trabajo?

Esa pregunta puede verse con especial claridad en el catálogo de Ediciones Uniandes. El antagonista. Una historia de contrabando y color, publicado originalmente en 2013, es uno de los ejemplos más tempranos y reveladores. La historiadora Muriel Laurent, cuya investigación académica se ha concentrado durante años en el contrabando colombiano del siglo XIX, llevó junto con Rubén Egea y Alberto Vega uno de esos episodios históricos al lenguaje de la novela gráfica. El caso ocurre en Mompox y gira alrededor de Remigio Márquez, un funcionario republicano mulato involucrado en un conflicto por contrabando, poder estatal, prensa y prejuicios raciales durante los primeros años de la República. Ediciones Uniandes lo presenta explícitamente como una propuesta de historia gráfica que trabaja a partir de esa investigación histórica.

Lo interesante no es solamente que una investigación sobre contrabando haya terminado convertida en cómic. Sería demasiado superficial leer el ejercicio de esa manera. Lo que cambia es la relación que el público puede establecer con el problema histórico. El trabajo académico de Laurent sobre contrabando reconstruye estructuras económicas, administrativas, judiciales, regionales y sociales del siglo XIX; la novela gráfica, en cambio, puede concentrar esas tensiones en personajes, escenas, espacios y conflictos visibles. El lector puede observar cómo operan el prestigio, el color de piel, la burocracia, los intereses comerciales y el ejercicio del poder dentro de una situación concreta. La investigación no desaparece. Cambia la escala desde la cual puede ser percibida.

Ese cambio implica una ganancia, pero también una responsabilidad. Una novela gráfica debe seleccionar escenas, condensar tiempos, construir diálogos y decidir qué puede representarse visualmente. Todo eso supone interpretación. Precisamente por ello resulta tan importante que el nuevo objeto mantenga un vínculo reconocible con la investigación que lo sostiene. El valor del ejercicio no está en haber vuelto “entretenido” un problema histórico. Está en haber encontrado una forma narrativa capaz de hacer visible una dimensión distinta del mismo problema sin fingir que esa forma reemplaza al trabajo historiográfico que la hizo posible.

Más de una década después, el catálogo vuelve a abrir una pregunta semejante con Ortiz, de la antropóloga Ana María Forero Ángel. El libro, publicado por Ediciones Uniandes en 2025, se mueve entre violencia, memoria, experiencia militar y ausencia. Forero, filósofa y antropóloga, ha investigado durante años las instituciones militares, los museos de las fuerzas armadas, las emociones de los soldados profesionales y la vida cotidiana dentro y fuera de los cuarteles. En Ortiz, ese universo de investigación entra en otra arquitectura narrativa: Alicia, convertida en antropóloga, conversa con Ortiz, un soldado atravesado por la guerra; la memoria familiar, el conflicto, la selva, la muerte y las formas de elaborar la pérdida adquieren una dimensión narrativa que no podría ser idéntica a la de una monografía antropológica.

El caso es particularmente fértil porque permite comprender que traducir investigación hacia una obra narrativa no consiste únicamente en tomar “resultados” y convertirlos en una historia. Puede haber algo más profundo. Años de trabajo de campo, conversaciones, archivos, preguntas sobre instituciones y emociones van construyendo una sensibilidad investigativa. Cuando esa experiencia se convierte en narración, no estamos necesariamente ante una versión resumida del paper. Estamos ante otra forma de organizar las preguntas que la investigación dejó abiertas.

Eso modifica también lo que entendemos por rigor. En una monografía antropológica, el rigor puede hacerse visible a través de metodología, referencias, discusión teórica y exposición del trabajo de campo. En una obra narrativa, esas operaciones no pueden aparecer de la misma manera sin destruir su forma. La responsabilidad se desplaza. Importa distinguir qué elementos nacen de la investigación, qué ha sido construido narrativamente, qué tipo de pacto propone la obra y cómo puede el lector volver hacia el contexto del que surgió. La forma cambia, pero la genealogía del conocimiento no debería desaparecer.

Ahí aparece una idea central para esta entrada: el rigor no consiste en obligar a todo conocimiento a conservar siempre la forma académica en la que fue producido. Consiste en preservar la responsabilidad sobre aquello que afirmamos, sobre las fuentes que utilizamos y sobre las transformaciones que introducimos cuando cambiamos de lenguaje.

Ediciones Uniandes ha explorado esa frontera también en trabajos vinculados con el derecho y con formas de comunicación gráfica de problemas jurídicos. Ese terreno resulta especialmente interesante porque el lenguaje legal es uno de los ejemplos más claros de conocimiento especializado cuya precisión es necesaria pero cuya forma puede crear barreras de entrada enormes. Cuando una realidad jurídica compleja se traduce hacia una narración gráfica, el desafío no puede consistir simplemente en eliminar términos difíciles. Hay que decidir qué relaciones jurídicas deben permanecer visibles, qué conflictos permiten comprender el problema y dónde una simplificación empezaría a producir una idea falsa de aquello que la investigación o el análisis jurídico buscaban explicar.

Esa lógica es la que hace valioso pensar proyectos como Camino a la ruptura, vinculado al trabajo sobre prácticas jurídicas indígenas y desarrollado en relación con la Facultad de Derecho. La relevancia no está únicamente en utilizar ilustración o narrativa gráfica. Está en reconocer que la forma jurídica convencional puede no ser la única arquitectura capaz de comunicar una realidad legal compleja. Un proceso, una disputa, una práctica comunitaria o una tensión entre órdenes normativos puede hacerse visible de otra manera cuando existe secuencia, personaje, espacio y representación visual. La imagen no sustituye el derecho; puede ayudar a mostrar cómo el derecho ocurre.

En conjunto, El antagonista, Ortiz y este tipo de experimentación jurídica permiten reconocer algo que sería fácil pasar por alto si miráramos únicamente los formatos: Uniandes está ensayando distintos modos de edición del conocimiento. No todos nacen de la misma disciplina, no todos utilizan las mismas herramientas y no todos persiguen el mismo público. Precisamente allí está su interés. No existe una receta según la cual toda investigación deba convertirse en novela gráfica, documental o pódcast. Lo que existe es una pregunta editorial que se formula de nuevo frente a cada proyecto.

A esa línea se suman los experimentos digitales que mencionábamos antes. Viajeros del Orinoco, de Natalia Lozada Mendieta, construye otra respuesta porque el problema exige reunir y relacionar textos, mapas, grabados, fotografías y materiales producidos por viajeros entre finales del siglo XVIII y comienzos del XX. El conocimiento se vuelve parcialmente navegable porque las fuentes pueden ponerse unas junto a otras y porque el lector puede explorar relaciones que una exposición exclusivamente lineal haría menos visibles. Con Nuestra Orilla, la respuesta vuelve a cambiar: las historias orales, los paisajes sonoros y la participación de habitantes del Bajo Atrato hacen que el audio no sea una decoración posterior, sino una forma profundamente relacionada con aquello que se quiere conocer y contar.

Si ponemos todos estos proyectos sobre la misma mesa, empieza a aparecer una doctrina editorial, incluso aunque la universidad no la formule exactamente con esas palabras. La investigación histórica puede convertirse en narración gráfica. La antropología puede dialogar con ficción, memoria e ilustración. Un archivo puede transformarse en una experiencia digital navegable. La historia territorial puede construirse mediante sonido. Una investigación puede encontrar en el documental una manera de mostrar no solo resultados, sino también las biografías intelectuales de quienes formulan las preguntas. Lo que permanece constante no es el formato. Es la necesidad de encontrar una forma adecuada para cada relación entre conocimiento y público.

Eso permite regresar a una afirmación que atraviesa toda esta edición de Sopa de letras: no todo conocimiento entra por la misma puerta. Pero el caso de Uniandes añade algo más. Tampoco todo conocimiento debe salir por la misma puerta.

Una investigación puede comenzar en un archivo y terminar produciendo un artículo, una novela gráfica y una exposición. Puede comenzar con historias de vida y producir simultáneamente análisis académico, archivo sonoro y pódcast. Puede nacer de una pregunta antropológica y encontrar en una narración ilustrada una manera distinta de interrogar la memoria. Lo importante no es multiplicar productos, sino reconocer que cada forma puede realizar una operación intelectual diferente.

Esta constatación también modifica la figura del editor. En la edición académica tradicional, buena parte del trabajo se concentra en organizar y asegurar la calidad formal de una publicación especializada. En este nuevo escenario, el editor puede entrar mucho antes y plantear preguntas que afectan la arquitectura completa del proyecto: qué materiales posee realmente la investigación, qué dimensión merece hacerse visible, qué público queremos construir, qué necesita explicación, qué puede experimentarse, qué forma puede conservar mejor una voz y cuál puede hacer legible una relación espacial o temporal.

La edición se convierte entonces en una práctica de traducción entre epistemologías y lenguajes, pero esa traducción no debe entenderse como sustitución. Un libro gráfico no reemplaza la investigación histórica. Un pódcast no reemplaza el archivo oral. Una visualización no reemplaza la base de datos. La relación más fecunda es aquella en la que cada forma mantiene su propia potencia y puede conducir hacia las otras.

Por eso el movimiento que empieza a hacerse visible en Uniandes resulta relevante para algo más que la comunicación institucional de una universidad. Nos permite observar una transformación del ecosistema del conocimiento. Durante décadas, una parte importante del prestigio académico estuvo asociada precisamente con formas de circulación altamente especializadas. Esas formas continúan siendo indispensables. Pero cada vez parece menos razonable asumir que deben ser el destino exclusivo de todo aquello que las universidades descubren, reconstruyen o comprenden. La pregunta ya no debería ser cómo hacemos que un paper parezca atractivo.

Debería ser mucho más ambiciosa: qué otras formas intelectualmente legítimas puede adoptar aquello que hemos aprendido.

Ahí hay un campo enorme para las editoriales universitarias. No solamente como productoras de libros, sino como laboratorios capaces de relacionar investigación, escritura, diseño, ilustración, sonido, archivo, datos y tecnologías digitales. Una editorial universitaria puede convertirse precisamente en el lugar donde una disciplina conversa con otros lenguajes sin perder las condiciones que permiten reconocer de dónde proviene el conocimiento.

Esto será todavía más importante con la inteligencia artificial. Muy pronto, transformar un texto en audio, resumen, video, infografía o presentación será prácticamente trivial desde el punto de vista técnico. La dificultad se trasladará por completo al criterio. Habrá que decidir qué forma tiene una razón para existir, qué debe conservar del original, qué necesita verificación y qué se pierde durante la transformación. En un mundo donde producir formatos será cada vez más barato, editar será cada vez menos una cuestión de posibilidad y cada vez más una cuestión de juicio.

Quizá ahí esté la lección más interesante que podemos extraer de estos experimentos de Uniandes. El antagonista no es valioso simplemente porque convirtió historia en cómic. Ortiz no resulta interesante únicamente porque una antropóloga decidió narrar. Nuestra Orilla no importa solo porque existe como pódcast. Viajeros del Orinoco no se vuelve significativo por estar en una plataforma digital. Cada uno interesa porque intenta resolver un problema distinto de circulación del conocimiento mediante una forma distinta.

Eso es aprender a contar. No rebajar. No adornar. No convertir cada investigación en contenido. Significa comprender tan bien aquello que sabemos que podamos reconocer qué otras formas pueden hacerlo visible sin romper la relación con aquello que lo vuelve verdadero, discutible y verificable.

Cuando una universidad empieza a hacer esa pregunta de manera sistemática, la comunicación deja de ser el último paso de la investigación. La edición empieza a participar de la manera en que el conocimiento encuentra mundo.

Y quizá esa sea la intersección más importante entre lo que está ensayando Uniandes y aquello que venimos defendiendo en esta edición de Sopa de letras: cambiar la forma no tiene por qué disminuir la complejidad. Puede ser precisamente la manera de permitir que esa complejidad llegue más lejos.

Epílogo. Hacer circular el conocimiento también es una forma de cuidarlo

A lo largo de esta entrada hemos partido de una pregunta aparentemente sencilla: qué ocurre cuando una investigación sale de la forma académica en la que fue producida y comienza a circular en otros lenguajes. La respuesta, después de recorrer archivos, mapas, pódcast, visualizaciones, novelas gráficas y proyectos editoriales como los que viene desarrollando Uniandes, es que el problema no puede reducirse a la divulgación. Lo que está en juego es algo más amplio: la capacidad de construir nuevas formas de acceso sin perder la relación con la evidencia, el método y los límites de aquello que sabemos.

Esa tensión entre apertura y rigor no es un problema exclusivo de las universidades. Es, en realidad, uno de los grandes problemas editoriales de nuestro tiempo. Tenemos más herramientas que nunca para transformar contenidos, pero cada transformación introduce decisiones. Qué se conserva, qué se resume, qué se vuelve visible, qué se vuelve audible, qué se organiza en una secuencia, qué se deja abierto y qué se explica. La forma nunca es inocente. Puede aclarar, pero también puede simplificar demasiado. Puede abrir una conversación o cerrarla antes de tiempo. Puede permitir que alguien entre en un problema complejo o convertir ese problema en una versión demasiado cómoda de sí mismo.

Por eso la lección más importante no es que debamos producir más formatos. Es que necesitamos más criterio. Una investigación no mejora porque tenga un pódcast, una infografía, una novela gráfica y una experiencia interactiva. Mejora su circulación cuando cada una de esas formas tiene una razón para existir y cuando sabemos qué dimensión del conocimiento permite comprender mejor. Esa diferencia es decisiva.

El caso de Uniandes resulta especialmente interesante porque muestra que este cambio ya no pertenece solamente al terreno de la comunicación institucional. El antagonista, Ortiz, Viajeros del Orinoco, Nuestra Orilla y otros experimentos editoriales y multimodales revelan una voluntad más profunda: explorar cómo una investigación puede encontrar nuevas formas de existencia pública. En algunos casos, la historia se vuelve narración gráfica. En otros, la antropología entra en diálogo con la ficción y la memoria. En otros, el archivo se vuelve navegable o la oralidad se convierte en una pieza central de la experiencia. No hay una receta común. Lo que hay es una misma pregunta formulada varias veces: cuál es la forma adecuada para que este conocimiento pueda encontrarse con otros lectores.

Esa pregunta conecta directamente con todo lo que hemos venido construyendo en esta edición de Sopa de letras. Primero planteamos que no todo conocimiento entra por la misma puerta. Después vimos que el libro puede ser el comienzo y no necesariamente el final de una experiencia. Más adelante propusimos que editar para lectores que viven entre múltiples formatos exige decidir qué forma necesita cada obra. Ahora podemos cerrar el círculo: lo mismo ocurre con la investigación.

El conocimiento no está obligado a permanecer para siempre en la forma en la que fue producido.

Puede abrirse.

Puede traducirse.

Puede recorrer otros lenguajes.

Puede encontrarse con otros públicos.

Pero cada uno de esos movimientos exige responsabilidad.

La trazabilidad se vuelve entonces una palabra central. No porque cada experiencia deba cargar con todo el aparato académico, sino porque debe conservar un camino hacia la fuente. Si una visualización simplifica una relación, necesitamos saber qué datos la sostienen. Si un documental interpreta, debemos distinguir esa interpretación de la evidencia. Si una novela gráfica se construye a partir de investigación histórica, conviene que el lector pueda reconocer de dónde viene esa historia. Si una pieza de audio trabaja con testimonios, necesitamos comprender qué relación guardan con el proceso investigativo.

Ese principio no empobrece la experiencia; la fortalece. Permite que alguien entre por una puerta accesible sin quedar encerrado en una versión superficial. Hace posible que un lector empiece con una historia y, si quiere, llegue después a un archivo, una base de datos o un artículo. La buena circulación del conocimiento no obliga a todos a recorrer el mismo camino, pero mantiene disponibles varios niveles de profundidad.

Ahí la edición cumple una función crucial. El editor contemporáneo no solo organiza textos. También puede organizar relaciones entre formas, públicos y niveles de complejidad. Puede ayudar a decidir qué merece una imagen, qué necesita una voz, qué requiere contexto y qué conviene dejar intacto. Puede evitar que una transformación técnica se convierta en una pérdida intelectual. Y puede recordar algo que, en medio de la abundancia digital, resulta fácil olvidar: no todo lo que podemos convertir en otro formato merece ser convertido.

Ese mismo criterio debería acompañar el uso de inteligencia artificial. Las herramientas capaces de resumir, traducir, visualizar y adaptar conocimiento serán cada vez más poderosas. Pero precisamente por eso será más importante preguntar qué se pierde durante cada transformación. La facilidad de producción no elimina la necesidad de juicio. La hace más urgente.

En el fondo, este epílogo vuelve a una idea sencilla: comunicar conocimiento también es una forma de cuidarlo.

Cuidarlo no significa mantenerlo encerrado.

Significa permitir que circule sin romper el hilo que lo conecta con aquello que lo hace confiable.

Significa aceptar que una investigación puede tener muchas vidas sin convertirse por eso en muchas verdades distintas.

Y significa comprender que contar mejor no consiste en decir menos, sino en encontrar la forma adecuada para que alguien más pueda entrar en lo que sabemos, reconocer cómo lo sabemos y, quizá, formular a partir de allí una nueva pregunta.